Capítulo 3 #2
Dalton la miraba desde arriba exasperado.
El día anterior la había visto colapsar, gritar, perder los estribos…
y luego alisarse el vestido rosa como si nada hubiera pasado.
La había oído llamarlo por su nombre, incluso mostrarse algo más amable, más humana.
Pero ahora… ahora solo conseguía sacarlo de quicio.
—Además —continuó él—, ayer te vi matar a esas arañas devora almas como si nada. ¿Por qué no sales ahí fuera y acabas con las hilanderas también?
Eso pareció enfadarla, pero a Dalton le daba igual. Le daba igual todo. Lo que sintieran los demás, lo que gritaran, lo que esperaran de él.
—No se puede matar a todas las almas de Bankai —dijo ella cruzándose de brazos—.
No tienen la culpa de haber muerto sintiendo que el mundo les falló, que las personas les fallaron.
Igual que yo no puedo hacer desaparecer a la Santa Compaña, porque esto, Dalton, se llama duelo.
Aquí atraes lo que eres, lo que sientes.
Y no, no es culpa de las hilanderas que estén aquí, tejiendo tu palacio.
Ellas no cazan, no hieren, solo intentan ayudarte.
Porque creen, de algún modo, que si te cosen por dentro…
Dalton explotó.
—¿Y la culpa es mía? ¿De verdad es culpa mía sentirme así?
Llevo siglos castigándome, convenciéndome de que solo merezco desaparecer.
Que no merezco a los amigos que encontré, ni el respeto de mi pueblo, ni el perdón de Eda.
Que no merezco nada. Y cada día, cada maldito día, me lo repito hasta creerlo, hasta que se me mete en los huesos.
Ella se quedó completamente quieta. Y fue entonces cuando se dio cuenta de lo cerca que estaban, de cuánto había cruzado una línea que antes —en otra vida, en otro imperio— jamás se habría permitido atravesar.
Un emperador no suplicaba, no alzaba la voz, no dejaba que el dolor lo desbordara de esa forma.
Había perdido los putos estribos, había dicho todo lo que quemaba por dentro, y lo peor era que no sentía ni un gramo de arrepentimiento.
—Si de verdad crees que no entiendo cómo te sientes, entonces retiro lo que he dicho —respondió ella sin levantar la voz—. Tal vez seas emperador, Dalton Basilius, pero no sabes nada de Bankai. Y me atrevería a decir que tampoco sabes nada del pasado del trono sobre el que te sentaste.
—¿Qué tiene que ver el pasado ahora?
La guadaña, sin apartar la mirada, se llevó otra vez la mano al anillo de diamantes rosados Argyle antes de responder:
—La guerra de las Tres Llamas no solo arrasó el imperio. Quemó las tierras, borró nombres, memorias, legados enteros. Lo poco que conocéis del mundo se construyó sobre cenizas. Nadie sobrevivió para contar lo que vino antes. Yo solo heredé ruinas y silencio.
¿Y si ella sabía lo que él no había conseguido descubrir en siglos? ¿Y si conocía ese pasado que lo perseguía incluso en sueños? ¿Y si entendía lo q ue había ocurrido antes de que la primera llama descendiera y el mundo se deshiciera en fuego?
Si alguien lo sabía…, era ella.
—Nadie sobrevivió —susurró la guadaña—, pero todos aquellos que murieron están aquí. Todos estamos aquí.
Dalton abrió la boca. Con la mente chisporroteando, inquieta y curiosa, por un segundo quiso preguntarlo todo. Quiso sentarse frente a ella, dibujar y anotar cada detalle como había hecho toda su vida. Quiso volver a ser ese emperador obsesionado con entender el mundo.
Pero esa chispa se apagó antes de prender.
Se dejó caer otra vez en la cama y no volvió a mirarla.
Tiró de las sábanas hasta cubrirse casi por completo, intentado esconderse del mundo, de ella…
o de sí mismo. Cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer, no estar allí, ansiando —por primera vez en siglos— una felicidad que nunca había tenido.
—Avísame si Eda o Iron Shadow vuelven a Bankai.
Dalton no supo cuántas horas había pasado allí, encerrado en aquella lúgubre habitación.
En algún momento, sus pies lo arrastraron hasta el sillón junto a la ventana, y allí se quedó, con la mirada fija en el cristal empañado por la humedad del exterior.
Sus ojos no se apartaban de las hilanderas, que seguían tejiendo sin descanso en el exterior.
Los hilos brillantes colgaban como telarañas desde las esquinas del balcón y se estiraban hacia los pilares de mármol que sostenían la fachada opuesta del palacio.
No sentía hambre, ni sed, y el sueño tampoco lo alcanzaba. No había comido, ni dormido, ni sentido el menor cansancio físico. Y eso bastaba para confirmarle que estaba muerto.
Muerto sin remedio.
La guadaña no volvió a aparecer en todo ese tiempo. Si Eda e Iron Shadow habían logrado abrir un portal hacia Bankai después de destruir el Ojo de Nyxar, no tenía forma de saberlo. Había sido el centro del huracán durante la guerra y, ahora, simplemente… no era nadie.
Solo le quedaba el sonido.
El tictac de un reloj solitario sobre la cómoda, marcando segundos que no significaban nada. Sus ojos iban de este a las hilanderas que se hallaban tras la ventana.
Ellas tejían.
Y el reloj hacía tictac.
Tejían.
Y el reloj seguía.
Dalton se puso de pie, harto de ver cómo aquellos seres hacían lo que les venía en gana, harto de dejar que se burlaran de él, de su maldito corazón roto en mil pedazos.
Salió de la habitación sin mirar atrás y siguió el corredor que lo conducía hacia el exterior del palacio.
Aquel espacio que una vez fue su hogar, su imperio, ahora no era más que una cáscara hueca.
Cuando cruzó las puertas, las ruinas que había visto desde la ventana habían desaparecido. En su lugar, una niebla espesa cubría el mundo, tragándoselo todo hasta borrar cada contorno. Entonces, la bruma frente a él se onduló con suavidad.
Las hilanderas se habían acercado.
Bajo los velos blancos, rasgados y flotantes, sus rostros esqueléticos apenas se intuían, pero sus ojos —vacíos y sin párpados— lo miraban con fijeza a través del tejido fino.
—¡Ni un puto paso más u os prendo fuego aquí mismo! —escupió Dalton invocando su fuego. Lo llamó como lo había hecho toda su vida, con la misma autoridad que había obligado a arrodillarse a ejércitos enteros.
Pero no respondió…
La llama idealis no acudió. Se había extinguido.
Uno de aquellos hilos comenzó a separarse del telar y avanzó hacia él, como si reconociera su destino. Dalton bajó la mirada justo cuando el hilo se estiraba, directo al centro de su pecho…, al lugar donde antes latía un corazón y en el que ahora no quedaba más que silencio.
—¿Qué mierda estáis haciendo? —gruñó mientras intentaba atrapar los hilos, detenerlos, destruirlos…, pero sus dedos los atravesaban como si no existieran, como si solo estuvieran en su mente—. ¡He dicho que paréis!
En un parpadeo, Dalton ya estaba cubierto por aquellos filamentos.
Se agitó, forcejeó, trató de arrancárselos del cuerpo…
, pero no sirvió de nada. Lo único que logró fue alzar la vista hacia las hilanderas.
Fue entonces cuando la figura del centro levantó las manos y retiró su velo.
Y, en medio de aquella noche sin estrellas, le dijo:
—Ahora tus ojos estarán en su pasado. Observa qué amores no terminaron, qué vínculos no se cerraron, querido emperador. —Las hebras ascendieron por su cuello, trepando hasta cubrirle los ojos y dejarlo ciego—. El ciclo del Tártaro ha comenzado.