Capítulo 3
Dalton se incorporó sobre su cama; la reconoció por el roce áspero de las sábanas contra su piel, por el olor a papel viejo y polvo.
No sabía cómo había llegado hasta al lí, pero algo en lo más profundo de su alma le susurraba que había sido su propio deseo el que lo había arrastrado de vuelta a su habitación.
Aunque no estaba solo. Una figura espectral brillaba con suavidad en la penumbra.
La guadaña se encontraba allí, de espaldas a él, frente a una gran ventana con las cortinas descorridas.
Su silueta se recortaba contra la luz pálida de la luna, como si fuera una extensión de la noche, aguardando en silencio a que él despertara.
Dalton pudo ver cómo sus dedos acariciaban un collar, algo pequeño y brillante. La luz de la luna atravesó la gema y el reflejo rosado lo cegó.
—¿Cuál era el trato si mi hermano y tú moríais? —preguntó ella sin girarse—. ¿Qué pasaría con Eda? ¿Quién la ayudaría a gobernar el imperio, quién la ayudaría a gobernar Bankai?
Dalton, aún desconcertado por su presencia y por cómo había acabado en aquella cama, se sentó en el borde.
¿Qué había pasado?
Recordaba su muerte, el dolor, el último aliento…, pero, ¿qué había pasado antes de aquello? ¿Cuál había sido su propósito en aquel campo de batalla?
La Dama…, sí, la Dama buscaba algo que el imperio debía destruir…, algo que el propio Iron Shadow debía ayudar a aniquilar.
La guadaña siguió mirando por la ventana mientras hablaba:
—Tú sabías que destruir el Ojo de Nyxar podría acabar también con mi hermano, ¿verdad?
—Soltó un resoplido—. Claro que lo sabías.
Debería haberlo imaginado cuando te vi morir…
Nunca había visto a mi hermano reaccionar así.
Él no habría sentido nada por ti, pero sí lo haría si supiera que tu muerte, de algún modo, iba a perjudicar a Eda.
«Vas a arruinar el maldito plan, Basilius —le había gritado Iron Shadow cuando la Dama lo estaba manipulando, cuando tenía la espada en la mano—. ¡Tú eres el que debe vivir, joder! ¡Tú! ¡Por Eda!».
—Sí, lo sabía —confesó, recordando aquella conversación en el desierto de Arcadia hacía apenas siete días.
«Si destruir el Ojo me exige dar algo de mí, si significa perderla para siempre, quiero que estés ahí. Que la protejas. Que sigas con vida, cueste lo que cueste», le había pedido Iron Shadow.
«¿Qué estás diciendo?», preguntó Dalton desconcertado.
«Bankai pasará a ser suyo y, cuando ocurra, necesitará a alguien a su lado para recordarle que sigue siendo humana».
«No puedes decirlo en serio… —Dalton soltó el aire con rabia—. ¿Acaso es necesario destruir el Ojo? El imperio te necesita, ella te necesita. Si Eda te pierde, podría ser el fin».
«¿El fin? El fin es esa maldita cosa, Basilius —escupió Iron—. Algo tan antiguo y podrido que ha logrado apagar mi magia…, una que ha resistido intacta durante milenios. Y lo hizo con solo un pequeño cristal colgado del cuello de una dama. Imagínate lo que podría hacer un monolito entero».
Aquel día lo recordaba como una bruma espesa, lleno de huecos y escenas sueltas. Solo había una idea que regresaba una y otra vez: tenían que sacar a alguien de la ciudad enterrada bajo el imperio. Allí abajo estaba el Ojo de Nyxar, el monolito capaz de anular la magia…
La guadaña se apartó de la ventana y se giró. El colgante se resbaló entre sus dedos y rebotó contra su pecho. Por primera vez lo vio: era un anillo de diamantes Argyle.
La miró de arriba abajo sin molestarse en disimular.
Su piel atrapaba la luz como la luna sobre el hielo y, aun siendo un espectro, su cuerpo y su rostro se delineaban con claridad.
Dalton sintió cómo los ojos de Savannah también lo recorrían de arriba abajo…
, y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que solo llevaba puestos unos pantalones.
Un maldito escalofrío le subió por la columna traicionándolo. Ella se dio cuenta, porque enseguida desvió la mirada.
—Algo está pasando —comentó inquieta—. Desde hace unas horas, el flujo de magia ha comenzado a debilitarse, el vínculo que me une al poder de mi hermano ya no es tan estable y eso no debería ocurrir, no sin un motivo. Nadie ha abierto todavía un portal hacia Bankai.
—¿Un portal?
—Así es como Eda y mi hermano vuelven aquí. Abren portales. Solo la magia vinculada a este territorio permite hacerlo.
—Y como Eda es su mitad comparte su poder, por eso puede hacer lo mismo que él.
Apretó el colchón con los dedos, notando cómo el tic en su mano regresaba sin piedad. Se pasó la mano por el cabello negro despeinándolo. Ya ni siquiera intentaba disimularlo.
—Has muerto en el campo de batalla. Y sé que, cuando el imperio vuelva a estabilizarse, Eda intentará buscarte, pero no te encontrará.
Ni ella, ni mi hermano, ni nadie. Porque el Tártaro no se abre con poder, ni con amor, ni con magia.
Solo yo puedo entrar…, pero no puedo sacarte de aquí.
—Escuchó en su voz un leve temblor—. Tenemos que esperar, no tardará mucho.
—¿Esperar? ¿A qué?
—A que llegue el momento, sé paciente. —Sus ojos marrones y redondos volvieron a desviarse hacia la ventana.
—¿Qué hay ahí fuera?
La guadaña no respondió, ni siquiera se movió.
Desorientado, Dalton se puso de pie y la esquivó. Apenas la rozó con el hombro, pero ese mínimo contacto bastó para darse cuenta de que su cuerpo no estaba del todo anclado a esa realidad.
Se acercó al ventanal, arrastrando los pies por la alfombra, y lo que vio al otro lado del cristal le cortó el aliento.
El paisaje más allá del ventanal parecía desdibujado por una bruma sobrenatural, teñida de lilas profundos, azul oscuro y sombras que no obedecían a ninguna lógica natural.
No había gravedad. Fragmentos de escaleras, columnas negras y arcos rotos flotaban suspendidos en el aire, como si una ciudad entera se hubiera partido en mil pedazos y aún se negara a derrumbarse del todo.
Algo avanzaba sobre el suelo fracturado, deslizándose entre las ruinas suspendidas.
Eran figuras femeninas, demasiado altas para ser humanas, cuerpos huesudos envueltos en velos blancos desgarrados.
Entre sus dedos largos sostenían hilos de luz, y uno de ellos, más grueso y brillante que el resto, se tensaba directamente hacia la ventana.
Hacia él.
—¿Qué…?
—Se llaman las hilanderas —explicó ella—. Lo que ves en sus manos no es luz, sino memoria hilada.
Dalton entrecerró los ojos. Las figuras envolvían sus hilos alrededor de ruinas flotantes, ramas muertas e incluso columnas partidas. Algunas hilanderas desaparecían tras el palacio, otras se desvanecían sin más en la bruma.
—¿Son como los kholdrath? —Rozó por instinto el cristal de la ventana para comprobar si estaba cerrada.
—No. —Ella giró un poco el rostro hacia él—. Las hilanderas no cazan ni devoran. No tienen hambre, y eso, en Bankai, es lo único que las vuelve inofensivas. —Su mirada se desvió hacia una pared de la habitación—. No suelen acercarse tanto, pero puedo imaginar por qué están aquí.
La guadaña se despegó del ventanal y caminó hacia la pared junto al cabezal de la cama.
Allí, alineados como si nunca se hubieran ido, seguían los retratos.
Decenas de ellos. Dalton los había arrancado en Pramvera, uno por uno, pero en aquel espacio ficticio dentro de Bankai todavía estaban allí, fieles a su memoria.
—¿Dibujabas a Kaiserin? —preguntó la guadaña con un tono difícil de descifrar.
En efecto, la emperatriz estaba por todas partes.
La curva de su boca, la caída del cabello, cada trazo del cuerpo dibujado.
Era insoportable. Nadie —excepto Eda— había visto jamás aquellos retratos, y sin embargo verla ahora pasando los dedos por los dibujos hizo que algo en el interior de Dalton se encogiera. La vergüenza lo mordía por dentro.
Savannah continuó:
—Las hilanderas fueron, alguna vez, almas que amaron.
Amores truncados, traiciones, despedidas que nunca llegaron, muertes.
Solo se acercan a quienes amaron más de lo que pudieron sostener, a los que dejaron corazones abiertos detrás, a quienes nunca encontraron las palabras para decir adiós.
—Tragó saliva—. Cosen el amor que no terminó, los vínculos que jamás se cerraron.
—Pero ¿por qué aparecen ahora? ¿Por qué aquí?
—El amor no correspondido es una maldición más eficaz que cualquier hechizo.
—¿No habías dicho que eran inofensivas?
—Están tejiendo hilos por todo el palacio. En unos días, no podrás mirar por la ventana sin verlas enredándolo todo.
—Pero si el palacio tiene cientos de metros de largaria.
—Pueden ser muy rápidas.
Dalton se estaba cansando de que le hablara con acertijos, de que no le diera respuestas claras, de que al parecer ya nada tuviera lógica.
—¿Vas a explicarme lo que significan o eso también lo tengo que adivinar por mí mismo? —espetó—. Lo estás haciendo a propósito, ¿verdad? ¿Para torturarme? ¿Por lo que le hice a Eda? ¿Por contarle solo la mitad de la historia…?
De una zancada, le arrancó el dibujo de las manos. Ella no se inmutó, se limitó a sonreír entre las sombras, dejando ver sus dientes blancos, perfectos y peligrosos.
—Donde las dan, las toman, querido emperador.
Sabrás de Bankai lo que yo decida contarte, y solo cuando me parezca útil.
Después del numerito de ayer, ha quedado claro que entiendes este lugar mejor que muchas almas que llevan años aquí.
No estás tan perdido como te gusta creer, míralo por el lado bueno.
—¿Que lo mire por el lado bueno? —Se rio con desgana—. ¿De verdad crees que es positivo que unas mujeres espectrales estén ahí fuera, tejiendo mi maldito palacio con hilos, solo porque les parece interesante que yo esté hecho mierda por dentro? ¿Porque el amor me mató?