Los hilos del imperio Capítulo 2 #2
8%

Capítulo 2 #2

—Hay muchos tipos de cazadores de almas —explicó ella cruzando una pierna sobre la otra—.

Como hay millones de almas aquí, también hay millones de formas de devorarlas.

Las zarkass, por ejemplo, se alimentaban de ellas porque lo necesitaban; hacerlo les daba energía, fuerza para seguir existiendo, no lo hacían por crueldad, sino por supervivencia.

Los kholdrath, en cambio, son otra historia.

No buscan alimentarse, sino erradicar. Quieren arrasar con todas las almas de estas tierras y reinar sobre lo que quede.

Es un plan grotesco, pero bastante claro.

Aunque, para ser sinceros, son tan estúpidos que no sé si merecen el mérito de haberlo pensado.

Dalton la observaba con atención, pero de pronto se levantó de un salto.

—¿Dónde he dejado mis cosas? —murmuró acercándose al escritorio. Removió unos papeles hasta encontrar una pluma y, sin más, empezó a escribir.

Savannah frunció el ceño desconcertada.

—¿Qué estás haciendo?

—Eda me dijo que los kholdrath llegaban a Bankai a través de fisuras mágicas. Pero si dices que esto es el Tártaro, entonces ellos también pertenecen al limbo, ¿no?

Savannah se encogió aún más en el sofá, con un nudo en la garganta que casi la ahogaba al ver su comportamiento. El temido emperador, ese que había resucitado la magia hacía más de cuatro siglos… en el fondo no era más que un ratón de biblioteca.

Dalton siguió delirando:

—Si lo de las fisuras mágicas es cierto, si esas arañas entran por ahí, entonces no estamos solo en Bankai. Este es un plano diferente, una capa más profunda. Como si dentro del mundo de los muertos existiera otro nivel…, un subsuelo. Y ese sería el Tártaro. —No detuvo su escritura.

—Sí, pero…

—Tú puedes salir, ¿verdad? Puedes moverte entre planos, entre territorios —la interrumpió con brusquedad, alzando por fin la cabeza—. Pero yo no. Yo estoy atrapado. ¿No es así?

La pluma se le resbaló de los dedos. Y fue entonces cuando vio las ojeras marcadas, los ojos desbordados de ansiedad, la mandíbula tensa como si estuviera conteniendo un grito.

El ciclo ya había comenzado.

Dalton estaba atrapado, y el Tártaro empezaba a desgastarlo desde dentro, empujándolo, poco a poco, hacia la ruptura.

No venía a borrarle el pasado ni a calmarle el dolor…

, venía a obligarlo a revivirlo. Una y otra vez.

No le quitaría las ojeras, ni el temblor en la mandíbula, ni el tic nervioso que lo hacía pasarse la mano por el cabello sin parar.

—Solo dime cómo llegar a Bankai… —pidió Dalton—. ¿Eda puede venir aquí? Le dejé todo, mi imperio, mi legado… Sé que tu hermano la ayudará a gobernar, que no estará sola, pero necesito explicarle por qué decidimos hacerlo.

«Decidimos…». Savannah parpadeó confundida.

—¿Tú hablaste con mi hermano? ¿Decidisteis que el imperio terminaría en manos de Eda?

Él no contestó. Había vuelto a coger la pluma y su mano se deslizaba sobre el papel de forma frenética. Savannah se levantó y, al acercarse, vio el dibujo. Eran dos planos: uno superior, bañado de luz, y otro debajo, más sombrío, hecho de trazos oscuros.

Un mundo bajo otro mundo.

Dalton había comprendido la estructura del territorio de la muerte. No solo era Bankai, era un terreno fragmentado, una tierra estratificada con distintos niveles. El emperador ya no estaba especulando, lo estaba viendo. Lo estaba entendiendo.

—Dalton —lo llamó.

—Solo era un trato. Si él moría, yo ayudaría a Eda. Si moría yo, él permanecería a su lado para gobernar. Al final…, de cualquier forma…, ella se quedaba con todo. Lo tenía planeado.

—Dalton.

—Solo necesito salir del Tártaro y hablar con ella. Explicarme.

—El Tártaro no es algo que puedas abandonar así como así.

—¡No quiero romper el ciclo! —estalló él alzando por fin la vista—. No quiero redención ni salvación, solo… explicarme. ¿Tan difícil es eso?

Estaba cada vez más nervioso y Savannah, casi por instinto, quiso calmarlo.

Era normal que las almas llegaran perdidas, desbordadas, con mil emociones cruzadas golpeando al mismo tiempo.

Esa espiral de dolor en su pecho, negra y viva, giraba con más fuerza, más deprisa, alimentándose del miedo y la desesperación. En vez de apagarse, crecía.

Savannah extendió la mano y buscó con suavidad su brazo. Solo quería detener esa espiral negra que giraba con furia en su pecho, pero en cuanto su piel rozó la suya, un latigazo de energía le recorrió el brazo hasta el codo.

Dalton se apartó de golpe, con una fuerza que tiró los papeles al suelo y lo hizo chocar contra el escritorio.

—¡No vuelvas a tocarme! —rugió aferrado al borde de madera. Tenía esa mirada de terror que vio en el bosque—. ¡Por favor, no lo hagas otra vez!

—Solo… solo intento ayudarte. Estás entrando en un bucle. No ves lo que está pasando, pero yo sí. Déjame explicártelo.

Dalton se llevó una mano al pecho, y entonces sus rodillas chocaron contra el suelo junto al escritorio y sus manos subieron hasta cubrirle el rostro. Se apretó las cuencas de los ojos con las palmas.

Savannah dio un paso atrás.

—Volveré más tarde.

Pero justo cuando se giró para marcharse sus tacones se enredaron con el borde de la alfombra y su cuerpo perdió el equilibrio. Cayó hacia atrás como una torpe mortal. Sin embargo, antes de tocar el suelo, unos brazos la sujetaron por los codos, estabilizándola.

El recuerdo la golpeó sin aviso: un lago congelado, dos figuras danzando sobre el hielo y unas manos invisibles rozándole la cintura, tocando su cuerpo joven.

Manos que no deberían existir, pero que estaban allí, tan reales como el hielo que brillaba bajo sus pies, resplandecientes como una aurora atrapada en la superficie.

«Olvídate de eso, Savannah», se ordenó clavándose las uñas en las palmas.

Se volvió con el corazón desbocado, esperando encontrar a alguien detrás de ella. Pero no había nadie.

«Claro que no lo hay».

Muy despacio, miró hacia Dalton, quien la observaba desde el suelo con los ojos rojos y húmedos.

—¿Has sido tú? —preguntó ella en voz baja.

Dalton apartó la vista y giró el rostro hacia un lado, como si la pregunta lo incomodara más que su propio dolor.

Savannah solo quería volver a aquel lago, a ese instante congelado en el tiempo…, pero sabía que era imposible. Habían pasado demasiados años desde que aquellas manos invisibles la tocaron, desde que aquellos labios la besaron.

—Lárgate de aquí —gruñó el emperador.

Sin una palabra más, ella chasqueó los dedos y desapareció de la biblioteca.

Dalton la vio esfumarse con un destello, dejando tras de sí un rastro de brillos rosados que se desvanecieron en el aire.

Ahora estaba sentado con las rodillas recogidas y la cabeza hundida entre ellas, sofocado por una ansiedad que lo oprimía desde dentro.

Palpó su propio pecho a ciegas, buscando un aire que no entraba, un latido que no existía.

Y entonces lo notó. El rasguño en la tela de su uniforme, el que marcaba el lugar donde la espada lo atravesó, ya no estaba.

Pero tampoco lo hacía el corazón que debería latir bajo la piel, ni el leve ascenso de los pulmones.

Nada.

Aun sin respirar, seguía sintiendo aquella opresión en el maldito pecho, la misma que volvió el día que Eda se fue, la que lo desgarró en silencio cuando Iron Shadow se la llevó, y la que se volvió insoportable cuando entendió que ella no quiso regresar.

Que, de algún modo, Eda se había enamorado de otro hombre que no era él.

Dalton sabía que nunca sería la primera elección de nadie.

Había esperado por ella durante siglos, pero aquello nunca significó que él fuera suyo.

Y descubrirlo fue peor que cualquier espada que se clavara en su corazón.

Porque no era solo que Eda hubiera elegido a otro, sino darse cuenta de que él no pertenecía a nadie, que siempre había sido la sombra que acompaña, el que sostiene, el que pierde…

y jamás el hombre por quien alguien regresaría.

Ese vacío que llevaba siglos fingiendo no sentir volvió a golpearlo con brutalidad dentro de aquella biblioteca nacida de su propia mente. Un lugar que había amado, donde pasó incontables horas leyendo, estudiando, y que ahora solo podía devolverle una cosa: el eco punzante del dolor.

No supo cuánto tiempo permaneció allí, encogido en el suelo, con la frente hundida entre las rodillas y la garganta cerrada por un nudo que no sabía deshacer.

Horas, o quizá días; el tiempo carecía de sentido en Bankai.

Pero en esa eternidad, Dalton Basilius entendió por fin lo que jamás se había permitido aceptar: su castigo era recordar, una y otra vez, la misma condena que siempre lo había perseguido.