Capítulo 2
Savannah supo en el instante en el que se llevó el alma de Dalton Basilius a su territorio que él no sería como los demás. No era un mortal tembloroso que aceptaba su destino sin resistencia.
Era un emperador.
Un jinete de dragón.
Savannah tenía el poder de ver el dol or de todas las almas: sus asuntos pendientes, las grietas que nunca cerraron y las heridas que las habían empujado hasta el limbo donde ahora vagaban.
Pero el dolor de Dalton era una espiral de fuego negro, una llama que no ardía hacia fuera, sino hacia dentro; una magia oscura que se retorcía en su pecho y devoraba todo lo que un día lo sostuvo.
Podía verla moverse bajo su piel, como una bestia hecha de culpa, alimentándose de cada recuerdo.
Tragó saliva. Nunca habría imaginado una magnitud de dolor así dentro de él; al parecer, el emperador sabía disimular aquel vacío mucho mejor de lo que ella creía.
Y entendió que con ese pesar jamás cruzaría el Tártaro.
Por eso estaban allí, atrapados en ese bosque, mientras la Santa Compaña marchaba paciente entre los árboles, a la espera de que Dalton se rindiera, dejara de luchar y se uniera a sus filas.
Pero ella no iba a permitirlo.
El alma de Dalton era suya.
Necesito que desees un lugar, uno que te haga sentir en calma y donde querrías pasar el resto de tus días. No te sacará del Tártaro, pero sí puede esconder tu alma.
No había tiempo para explicaciones, la Santa Compaña se desvanecía entre la niebla… y eso solo podía significar una cosa: los verdaderos cazadores de almas estaban por aparecer.
¿Desear? , le contestó desconcertado.
¿Eda te explicó cómo funciona Bankai?
Él asintió.
Entonces cierra los ojos y concéntrate. Pase lo que pase, oigas lo que oigas…, no los abras. Solo tenemos unos minutos.
Él obedeció, y Savannah se mantuvo pegada a su cuerpo. Miró a ambos lados; podía escucharlos moviéndose entre los árboles, deslizándose como si la tierra les perteneciera. Sus patas de araña crujían contra las raíces en busca de almas perdidas.
Los kholdrath.
«Rápido, rápido, rápido…», rogó para sí misma.
Estaban cada vez más cerca. Savannah los vio deslizarse entre los troncos con una rapidez antinatural. No eran simples arañas gigantes; eran algo mucho peor. Sus cuerpos respondían a un cruce imposible: patas negras y huesudas, torsos humanoides y espinas que sobresalían de sus espaldas.
Habían olido a Dalton.
La cacería había empezado.
Dalton, solo deséalo.
—¡Lo estoy intentando, joder! —gruñó por lo bajo con los dientes apretados y frustrado.
Ella se separó del tronco y giró sobre la tierra con un leve chasquido de tacones. La capa blanca y el vestido rosa se arremolinaron a su alrededor. Al menos había elegido un buen vestido para esa matanza.
—No abras los ojos —le pidió una última vez mientras se desabrochaba la capa y la dejaba caer al suelo.
El deseo ardió en su interior como un latido salvaje, y Bankai respondió.
Un destello se condensó en su palma y apareció una lanza en su mano, formada no por magia, sino por voluntad.
No necesitaba poder. Solo hacía falta lo que a ella siempre le había sobrado: milenios de entrenamiento y una rabia terriblemente afilada.
Visualizó a cinco kholdrath acercándose desde distintos flancos y lo único en lo que pensó fue en no rasgar el vestido, ni en mancharse los tacones con la sangre de esas malditas arañas.
Los kholdrath se lanzaron al unísono desde las ramas, las patas de araña crujieron al impactar contra la tierra, pero Savannah ya se había movido.
Su cuerpo se deslizó hacia atrás, girando sobre un talón como si estuviera en una pasarela y no en una cacería infernal.
La lanza giró con ella, veloz y elegante, y trazó un arco perfecto que cortó el aire…
y luego la carne. Una de las criaturas cayó, rajada desde el cuello hasta el vientre.
La siguiente llegó desde arriba. Savannah alzó la lanza sin mirar, bloqueó las fauces abiertas y clavó el filo en la base del pecho.
Saltó sobre su espalda antes de que el cadáver tocara el suelo, se impulsó hacia las ramas altas y desde allí descendió girando en el aire.
Su vestido rosa se abrió como una flor carnívora y, al caer, la lanza encontró otra garganta.
Cada movimiento suyo dejaba tras de sí un leve rastro de polvo rosa, como si incluso la muerte estuviera perfumada cuando ella la entregaba.
Los kholdrath chillaban y gruñían, pero no podían tocarla.
Al quinto y último lo atravesó con una estocada limpia, certera, directa al corazón. El monstruo se desplomó con un golpe seco y Savannah bajó la lanza y la dejó caer sobre la tierra despreocupada.
Hacía mucho que no luchaba así, con todo su cuerpo recordando lo que era ser un arma. Solo entonces bajó la mirada, inquieta por lo único que de verdad podía arruinarle el día: su vestido.
Una única gota de sangre marcaba el borde del dobladillo.
—Mierda, me he manchado —murmuró apartando la gota viscosa con los dedos.
Ahora sí estaba enfadada de verdad. Y además, no podía entender cómo Dalton no había logrado imaginar otro lugar que aquel bosque de mala muerte.
Cuando Savannah se giró para ver qué demonios estaba haciendo, lo encontró con la boca abierta, sin siquiera pestañear.
—¡Te he dicho que no abrieras los ojos! —le soltó exasperada—. ¡Van a venir más de esas cosas y no llevo puesta la ropa de matar arañas gigantes! ¡Por favor! Quiero largarme de aquí ya.
—Yo… —tartamudeó Dalton—. ¿Cómo…?
Tal vez fue la desorientación o la falta de comprensión del emperador sobre lo que estaba ocurriendo lo que hizo que el bosque comenzara a desdibujarse a su alrededor.
Las sombras se estiraron, se curvaron, y empezaron a moldear el mundo en torno a ellos.
Las raíces dieron paso a estructuras sólidas.
Paredes. Estanterías altas que parecían no tener fin surgieron de la niebla, y libros de todos los tamaños comenzaron a llenar los huecos, uno tras otro.
Estaban en una biblioteca.
Savannah dio un paso hacia atrás, aturdida por el golpe mágico que la arrastró hasta el centro del nuevo escenario.
Un enorme escritorio reinaba la sala, rodeado de sillones, alfombras gruesas…
y en lo alto, en el techo, un cielo estrellado donde brillaba una constelación flotante y auroras que se movían despacio, como si el universo estuviera encerrado allí dentro.
—¿Por qué has deseado este lugar? —Savannah dio una vuelta lenta mientras sus ojos recorrían los estantes.
La recordaba.
Esa biblioteca… Ella ya había estado allí hacía muchos, muchos años.
—Vale —soltó Dalton de golpe, quien no miraba el lugar, sino a ella, y lo hacía con los ojos desorbitados—.
Creo que yo debería empezar con las preguntas, ¿no?
—Alzó un dedo sin esperar respuesta—. Primero: tu nombre.
Segundo: ¿qué demonios eran esas cosas con cuerpo de araña y torso humano?
Tercero: ¿cómo has matado a cinco…, sí, cinco, en menos de un minuto… sin usar ningún poder?
Se pasó la mano por el pelo, aún empapado de sudor, y comenzó a caminar por la biblioteca como una bestia enjaulada.
—Mira, entiendo que estés desorientado, que no tengas ni idea de lo que está pasando, pero deja de exigir como si todo el mundo aquí te debiera algo, cuando lo único que estamos haciendo es intentar ayudarte.
Ese es tu maldito problema. —Dio un paso hacia él—.
Vas a tener que empezar a prestar atención, a entender dónde estás, qué criaturas se arrastran por este lugar y cómo piensan.
Porque, te guste o no, te cruzarás con muchas.
Y si sigues creyendo que el mundo va a inclinarse ante ti como hacía tu imperio, vas a acabar…
Él resopló y apretó los puños. Entonces ella se irguió y gritó:
—¡No, Dalton! ¡Aquí no tienes poder! ¡Aquí no eres nadie!
La frase quedó suspendida en el aire y, un segundo después, Savannah se llevó la mano a la boca arrepentida. Cerró los ojos y se arregló el cabello con dedos tensos.
—Esto no es… —Apretó los labios—. Perdón, esto no es propio de mí.
Dalton guardaba silencio, aún de pie, sin moverse. Savannah, en cambio, se dejó caer en uno de los sillones, alisando su vestido con las manos.
«Contrólate».
—Bankai no tiene reglas —explicó ella—. Lo que deseas se te concede.
Tu alma puede aparecer en cualquier lugar que imagines, incluso en sitios donde jamás estuviste en vida.
Hay ciudades enteras que imitan el imperio, Valdemar…
, cualquier rincón que tu mente sea capaz de construir.
Aquí el tiempo y el espacio no funcionan como deberían.
Puedes desear que un camino se reduzca a unos pasos o estirarlo hasta perderte en él para siempre.
Él asintió y se sentó.
En cuanto Savannah lo vio allí, en aquel sofá frente ella, los dedos de los pies se le encogieron dentro de los tacones, y las palmas de las manos empezaron a picarle. Una reacción inmediata y visceral que no pudo controlar.
—En realidad, ahora que lo recuerdo, Eda me habló de esas criaturas con cuerpo de araña, de aquella grieta donde los acorralaron. ¿Son cazadores de almas, como los zarkass?
Las hembras zarkass —criaturas de piel grisácea, cabellos negros y garras que parecían nacidas para destripar a la mismísima oscuridad— siempre habían sido hermosas de una manera peligrosa, casi hipnótica.
Savannah sabía que aquellas que sobrevivieron a la masacre perpetrada por sus propios machos estaban del lado de Eda y de su hermano, Iron Shadow.
Habían sido aceptadas en el ejército del imperio pese a haber nacido en Bankai porque habían demostrado su valor, su lealtad…
y, como todos en el imperio, querían ver a la Dama caer.