Los hilos del imperio Capítulo 1 #2
5%

Capítulo 1 #2

Miró a la guadaña, que seguía con la vista clavada en la procesión, y viajó por su mente. Tanteó con cuidado en aquella oscuridad, buscando una puerta, una rendija, algo. Entonces lo vio: un leve brillo rosado titilando detrás de sus ojos, y entró sin esfuerzo.

Las puertas de su mente estaban abiertas.

¿Dónde estamos? ¿Quiénes son esas almas? , preguntó Dalton.

Ella giró despacio la cabeza hacia él con los ojos marrones muy abiertos. Abrió la boca para responder, pero él levantó una mano y negó con la cabeza.

No. Solo pié nsalo y dímelo.

La guadaña apartó por fin la mano de su boca y, sin decir nada, lo empujó con suavidad para ocultarlo mejor tras el árbol.

Sé perfectamente cómo comunicarme con la mente, Dalton Basilius. Lo que estás viendo se llama la Santa Compaña, una procesión de almas estancadas, corruptas y muy violentas.

Dalton no ignoraba con exactitud dónde estaba, pero que la guadaña pareciese inquieta no podía significar nada bueno. Estaba dispuesto a entrar en su consciencia, leerla…

Ni se te ocurra, morenazo. Su mano translúcida voló hacia su codo y lo apretó con fuerza. Sé quién eres, sé lo que haces y sé de lo que eres capaz. No intentes meterte en mi mente ni pasearte por ella. Olvídalo.

Entonces explícame por qué me has traído aquí.

La Santa Compaña dejaba un hedor insoportable a su paso, como la carne que no termina de pudrirse.

Yo no te he traído aquí , le soltó ella sin mirarlo. Ha sido tu alma la que te ha arrastrado hasta este lugar. Yo no decido a dónde va tu cuerpo.

Solo sabes que mi alma te pertenece, ¿no es así? , espetó él, alzando una ceja mientras apretaba la mandíbula por, al menos, la octava vez en lo que iba de día. Con cada siglo que pasaba, se volvía más impaciente, más directo… y mucho más gruñón.

Ella imitó su gesto.

¿Vas a quedarte callada? Cuéntame de una maldita vez qué est á pasando o tendré que hurgar en tu cabeza para averiguar cuál es mi puto destino. ¿Dónde estamos? ¿Por qué he aparecido aquí?

La tierra volvió a temblar bajo ellos.

Cálmate, por favor , le pidió ella. Guarda esa maldita rabia. Si te huelen, estoy atada de pies y manos. Y cré eme, no quieres saber lo que te harán cuando decidan cazarte.

La guadaña puso una mano en su pecho, justo sobre el corazón que ya no debería latir, y Dalton se tensó, pegándose más a la corteza, intentando fundirse con el árbol y alejarse de ese contacto.

Lo habían tocado ahí antes, de esa forma, y no… no había sido Eda. Aquello despertaba algo más sucio, algo que prefería no recordar.

Lo sé, lo siento, es la única forma de distraer tus sentimientos.

Dalton abrió los ojos de golpe. Ella sabía lo que estaba sintiendo, sabía lo jodido que estaba.

N-no… no me pongas las manos encima.

Pero entonces, todo lo que asfixiaba su mente —los recuerdos enterrados, el dolor, las imágenes que lo perseguían— comenzaron a desvanecerse.

Desde la palma que la guadaña mantenía sobre su pecho brotaron finos hilos de energía de un rosa pálido que no ardían, sino, al contrario, conseguían calmarlo.

Aquella magia se estaba deslizando por su interior como si tejiera una red bajo la piel, remendando cada fisura, cada grieta.

Solo déjame unos segundos más , susurró ella. Y te prometo que no volveré a tocarte.

Dalton apoyó la cabeza contra el árbol, sintiendo cómo algo dentro de él se aflojaba por primera vez en siglos.

¿Qué estás…?

Mantén los músculos relajados, no te muevas.

Por el rabillo del ojo vio a una figura arrodillada junto al camino, el alma de una mujer con el rostro hundido entre las manos. Su llanto, agudo y desgarrado, atravesó el bosque.

La procesión, que hasta entonces avanzaba sin detenerse, se paralizó al unísono.

Antes de que Dalton pudiera reaccionar, algo invisible se aferró a la mujer por la espalda, la arrastró hacia la negrura entre los árboles y la engulló sin siquiera un grito final.

Y, unos pasos más atrás, al final de la fila interminable, una nueva silueta encapuchada tomó su lugar sin resistencia, como si siempre hubiera estado destinada a ocupar ese hueco.

La Santa Compaña busca almas como la tuya. Rotas, llenas de ruido, con pensamientos que no cesan. Almas que se odian, que no se perdonan. Son las más fáciles de absorber porque ya no luchan.

Su mano seguía apoyada sobre su pecho y, aunque él no sabía qué le estaba haciendo, sentía una paz que no comprendía del todo. Como cuando ella lo había tomado de la mano para llevárselo.

Pero tú… , continuó ella, eres demasiado importante, y no puedo dejar que te unas a sus filas.

¿Cómo salimos de aquí? , le preguntó Dalton.

No es tan fácil abandonar el Tártaro.

Dalton parpadeó incrédulo. No… no podía ser. Siempre lo había tomado por una fábula, un mito para asustar a los vivos más rotos, a los que crecían en los márgenes, llenos de culpa o miseria.

Los wendigos —como Eda le había explicado— formaban el temido ejército de muertos.

Eran almas condenadas por lo que habían hecho en vida: criminales, asesinos, monstruos con nombres propios y víctimas reales.

No estaban allí por error. Pagaban su precio en el infierno que Iron Shadow había construido especialmente para ellos.

Pero el Tártaro era otra cosa. No juzgaba lo que habías hecho, sino lo que llevabas dentro.

No castigaba actos, castigaba sentimientos.

Era un lugar para los que no podían perdonarse, para los que se volvían contra sí mismos.

No necesitaba cadenas ni barrotes porque las almas llegaban rotas.

Y una vez dentro, el ciclo comenzaba: revivir el mismo dolor, una y otra vez, hasta que dejaras de resistirte.

Por eso no había árboles brillantes ni cielo estrellado…

Estás en el limbo, Dalton Basilius, y ahora solo depende de ti salir de él.