Los hilos del imperio Capítulo 1
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Capítulo 1

El amor había llevado al emperador de Pramvera a la muerte.

Dalton aún podía sentir el filo de su espada cortándole los músculos, desgarrándole el alma.

Recordaba la voz de la Dama doblegando su voluntad hasta convertirlo en la herramienta de su propia destrucción.

Su espada, envuelta en fuego negro, se alzó una última vez bajo su ma ndo…

y fue su propia mano la que le atravesó el corazón.

La Dama lo había matado, pero fue el amor lo que lo llevó hasta ese lugar, hasta ese momento. Ese mismo amor que durante siglos había guiado su vida terminó arrastrándolo hacia su final.

Dalton murió de la misma forma en que, más de trescientos años atrás, él había dado muerte a su esposa Kaiserin al atravesarla con una espada.

Había sido manipulado igual que entonces.

Alzó el arma una última vez y la historia se repitió.

Aceptó ese final sin resistencia, porque en el fondo siempre creyó que era el único destino que merecía; su castigo por no haber sido capaz de proteger lo que amaba.

Dalton Basilius era un emperador, el último jinete de dragón…, pero también era un maldito cobarde.

«Dalton, no… —dijo aquella mujer a la que amaba. La misma que había resurgido de las cenizas del fénix, con la que se había casado hacía más de trescientos años, a la que había matado—. Este no es el final. ¡Maldita sea!».

Dalton apretó los dientes. No… Kaiserin y Eda no eran la misma persona.

Podían tener idéntico rostro, voz, sonrisa…

, pero no eran iguales. Le había costado mucho aceptar esa verdad.

Kaiserin fue suya durante cien años. Eda, en cambio, no le pertenecía, se había enamorado de otro hombre, de alguien que no era él.

Como pudo, Dalton alzó una mano temblorosa, tomó el rostro de Eda entre sus dedos y, con esfuerzo, acercó sus labios a su frente.

«Lo siento… Siento haber creído que eras otra persona —quiso decirle—. Siento haber pensado que podías llenar el vacío que ella dejó».

«No es una despedida, maldita sea, Dalton… ¡No lo es! —gimió Eda entre lágrimas—. Déjame salvarte, ¡te lo debo todo, todo!».

«¿Acaso ella me debía algo?», pensó Dalton.

No, Eda no le debía nada, él había sido injusto, había intentado usarla para llenar un vacío que nunca dejó de doler.

Quiso convencerse de que podía reemplazar lo que perdió hacía siglos, pero Eda no era suya, jamás lo fue, ella pertenecía a otro hombre, a otro tiempo.

Y él lo aceptaba porque lo merecía. Merecía esa muerte, merecía ver a todos seguir adelante y ser felices…

menos él. Merecía todo lo malo, todo lo oscuro.

Aceptaba el sufrimiento.

«Solo puede sentarse en el trono quien tenga el poder de destruir el mundo… y aun así elija no hacerlo. Ahora el imperio de Pramvera es tuyo, Eda. No porque hayas sido mi esposa, ni porque seas la primera llama, sino porque eres mi mejor amiga. Y hoy… hoy te doy todo lo que soy».

Eda alzó la cabeza y negó con los labios temblorosos.

«No… —Su mano seguía en su pecho—. No puedes hacerme esto, Dalton —susurró—. No estoy preparada…».

Dalton se sintió la peor persona del mundo en ese momento, pero…

¿cómo no iba a dejárselo todo? Eda, al igual que él, era una de las tres portadoras de las llamas que regían la magia, esas que habían existido mucho antes de que Dalton naciera; siglos, milenios, cambiando de portador cuando el equilibrio lo exigía.

La idealis había recaído en él. La valirio, en la Dama.

Y la Kaiserin, en Eda. Ella tenía tanto derecho como él a gobernar un imperio.

No porque Dalton se lo hubiera concedido, sino porque la llama que llevaba en el alma la hacía heredera de un poder que trascendía cualquier corona.

Le había entregado todo, sí…, pero no por amor ni por culpa, lo había hecho porque Eda había nacido para sostener el imperio tanto como él.

Junto a Eda, de pie con los ojos desorbitados, estaba el hombre que ella había elegido, con quien se había comprometido y casado.

Iron Shadow, la muerte encarnada.

El mismo hombre al que Dalton había considerado siempre su enemigo.

El creador de las tierras de Bankai, un lugar que, durante toda su vida, había supuesto para él la mayor de las amenazas: una tierra donde los muertos caminaban, donde la oscuridad parecía devorarlo todo.

En su mente, Bankai había sido siempre sinónimo de mal absoluto.

Pero Eda le había revelado una verdad muy distinta.

Bankai no era una condena, se trataba de un refugio.

El lugar del deseo.

El hogar de las almas que encontraban descanso cuando el viaje terminaba.

No representaba el final, sino la paz que llegaba después de la vida.

«Cuida del imperio y de Long por mí» fueron las últimas palabras que Dalton le dedicó a Eda.

Una figura se inclinó junto a ella mientras lloraba. Era una mujer. Su piel translúcida, casi azulada, parecía hecha de luz más que de carne. El cabello rubio le caía sobre un hombro, y su vestido rosa ondeaba con una suavidad imposible en medio de aquel campo de batalla.

Era como si la violencia del mundo no pudiera alcanzarla.

Dalton había oído hablar de ella antes, en las páginas de cientos de libros, en las leyendas más antiguas. Iron Shadow era la muerte, sí…, pero jamás venía solo. Siempre lo seguían dos figuras: el cuervo que todo lo observaba desde lo alto y la guadaña.

Ella había venido a por él.

Había acudido para llevárselo a Bankai.

Dalton inclinó la cabeza ante la guadaña aceptando su destino y extendió la mano, listo por primera vez en siglos para descansar.

Pero lo que nunca habría imaginado ocurrió cuando tocó aquella piel translúcida.

En cuanto sus dedos rozaron los de ella, una energía le recorrió el brazo y subió hasta su pecho, hasta ese corazón que él mismo había atravesado con su espada.

¿Qué demonios había sido eso? ¿Por qué sentía aire en los pulmones como si respirara por primera vez? ¿Por qué, con el cuerpo destrozado, rodeado de muerte, sentía paz…, una jodidamente real, como nunca antes en su vida?

Lo último que escuchó fue una dulce voz decirle:

«Ahora, querido emperador, tu alma me pertenece».

Dalton podría haber cerrado los ojos cuando la oscuridad lo reclamó, cuando la mano de la guadaña tiró de él hacia las entrañas de Bankai. Pero se negó, quería mirar de frente el juicio que lo aguardaba en esas tierras donde el sol no se atrevía a salir.

Su cuerpo inmortal cayó como un peso muerto sobre un lecho de hojas secas, y el impacto le arrancó un gruñido.

No fue una caída cualquiera, fue un duro golpe contra el suelo, como si Bankai quisiera recordarle que allí no era nadie.

Sus dedos se clavaron en la tierra húmeda y se incorporó de un salto, negándose a darle a aquella tierra el privilegio de retenerlo ni un segundo.

Su mano acudió directa a su espalda, o al menos al lugar donde su espada había descansado durante siglos… , pero solo encontró vacío.

A su alrededor no había ni rastro del Bankai que Eda le había descrito. Nada de árboles luminosos, ni senderos suaves, ni paz. Solo un silencio tan absoluto que le pitaba en los oídos, y los troncos que lo rodeaban eran negros y retorcidos, secos como huesos.

Al levantar la vista se encontró con un cielo sin estrellas, un abismo perpetuo que se extendía sin horizonte. Y en medio de esa negrura, una luna blanca y redonda lo observaba desde lo alto.

«¿Dónde demonios estoy?», alcanzó a pensar justo antes de tropezar con una raíz oculta bajo las hojas marchitas. Cayó hacia atrás y su espalda golpeó la corteza del árbol.

Odiaba no tener el control.

Apretó los dientes, cerró el puño hasta que los huesos le crujieron y buscó su llama, intentando llamarla, forzarla a encenderse… Pero antes de que el fuego respondiera, una mano translúcida se cerró sobre su boca y un brazo firme lo rodeó por la cintura y lo arrastró hacia atrás.

—Quédate muy pero que muy quieto, morenazo —susurró una voz femenina junto a su oído—. Este no es tu imperio, aquí no hay reglas. Y si las hubiese, créeme, no serían las tuyas.

Sabía quién era.

La guadaña se había aprovechado de su maldita desorientación y lo había empujado hasta situarlo tras un árbol con una facilidad que lo enfurecía.

Su pequeña mano seguía firme sobre su boca, impidiéndole hablar.

Dalton la vio. Su rostro era translúcido, demasiado humano para pertenecer por completo al mundo de los muertos.

Pómulos altos, un leve tono rosado en la piel, una belleza serena que resultaba casi provocadora, casi insultante para alguien que no debía estar viva.

Y aun así, todo aquel resplandor quedaba oculto bajo la capa blanca con capucha, que apagaba su luz como si el propio mundo intentara esconderla.

—Ahora vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Aquí mando yo. Y si no quieres que otros devoren tu alma, será mejor que mantengas la boca cerrada.

Dalton asintió a regañadientes, y ella retiró la mano de su boca justo cuando el suelo tembló, como si algo se arrastrara bajo la superficie.

El temblor vino acompañado del sonido de unos pasos sobre tierra, y el bosque —hasta entonces vacío— comenzó a poblarse de figuras encapuchadas que emergían de entre los troncos. Caminaban en dos filas perfectas, sincronizadas, sin desviarse ni un ápice, sin emitir una sola palabra.

No eran personas. Su piel, tan translúcida como la de la mujer que lo había inmovilizado, carecía, sin embargo, de todo brillo. Avanzaban como si obedecieran una llamada que solo ellos podían oír, como si llevaran siglos marchando.

Sabía que las reglas de aquel lugar no eran las mismas que en el mundo de los vivos, pero Eda le había asegurado que la magia aún funcionaba. Aun así, no alzó la voz ni intentó moverse; se limitó a guardar silencio.

Al fin y al cabo, Dalton podía comunicarse de otras formas.