Los hilos del imperio
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Prólogo
Hace siete milenios
Hace más de siete milenios, la extinción de la magia era algo impensable.
¿Cómo podía desaparecer aquello que había definido cada rincón de la vida de Savannah O’Hara?
¿Cómo iban a desvanecerse las alas de los cientos de dragones que surcaban los cielos de su imperio, las criaturas que la seguían a cada paso, fieles como su propia sombra, los árboles de mil colores del bosque que veía al asomarse a la ventana, el polvo brillante que se elevaba bajo sus pies cuando corría por los pasillos interminables y luminosos del palacio?
La magia era la esencia misma de su mundo. La respiraba, la sentía en la piel, y era la que mantenía latiendo su pequeño corazón humano.
Con apenas diez años, Savannah ya se peinaba sola.
Lo hacía con la naturalidad de quien ha pasado media vida observando a las doncellas de palacio, copiando cada gesto hasta que sus manos aprendieron la coreografía de memoria.
También cosía sus propios vestidos, los más caros de todo el imperio, confeccionados con las telas más exquisitas, elegidas por puro capricho.
Lo mismo ocurría con sus zapatos, que se negaba a estrenar sin haberlos remendado antes.
Nada debía rozarle la piel si no había pasado primero por sus manos.
Y nada —absolutamente nada— que no fuera rosa o brillara lo suficiente como para llamar la atención.
Pero Savannah no resultaba excepcional solo por su aspecto a una edad tan temprana, también lo era por la forma en que se movía, por cómo hablaba con los demás, por la disciplina con la que entrenaba y luchaba cada día, convencida de que estaba destinada a convertirse en jinete cuando, por fin, su fuego fatuo apareciera y un dragón la eligiese.
Soñaba con formar parte de la estirpe mágica del imperio de Pramvera, aun sabiendo que vincularse a un dragón era casi un milagro.
Aquellas criaturas escogían a su jinete entre millones de mortales repartidos por todo el imperio; nadie crecía con la certeza —ni siquiera con una esperanza tangible— de que algún día un fuego del color de su alma comenzaría a seguirlo, marcándolo como elegido.
Ese fuego futuro podía aparecer en cualquier momento: al pie de la cama, durante un baño, flotando como una esfera de brasa viva que solo el jinete podía ver, invisible para cualquiera más.
Muchos mortales, obsesionados con la idea de ser elegidos, fingían percibirlo, pero el tiempo siempre los delataba.
Porque, llegado el día, ese fuego terminaba por convertirse en un huevo de dragón y la verdadera vinculación comenzaba.
Entonces el cuerpo del mortal cambiaba: los sentidos se aguzaban, la fuerza crecía y la magia despertaba.
Se trataba de un proceso doloroso, pero la recompensa era innegable: la inmortalidad del jinete.
En otros lugares, como en el territorio de Valdemar, al ot ro lado de la niebla y del mar, las vinculaciones no ocurrían de igual forma.
Allí los jinetes no lo eran de dragones, sino de criaturas feéricas nacidas de la propia tierra.
Ellas elegían al mortal de Valdemar. Aun así, el proceso de cambio hacia la inmortalidad acababa siendo el mismo.
Savannah estaba convencida de que su dragón llegaría porque ser de la realeza, formar parte directa de la sucesión de un imperio, siempre había ido de la mano de un dragón.
Era paciente con respecto a su vínculo, pues sabía que resultaba imposible forzarlo, pero no lo era con aquello que sí dependía de ella: demostrar que podía con todo.
Entrenar más. Exigirse más. No permitirse nunca ser menos de lo que el mundo esperaba.
O, peor aún, de lo que su padre, el emperador de Pramvera, había decidido que debía ser.
«Trágate el dolor y escóndelo en los zapatos que llevas puestos.
Camina recta —le repetía con esa voz fría que no admitía réplica—.
No mires a las sombras, no cuestiones nada, no sientas.
Quédate en el centro, bajo la luz, donde todos puedan mirarte y aplaudir mientras haces lo que se espera de ti».
Savannah obedecía las enseñanzas de su padre. En los grandes bailes imperiales o en los paseos mensuales por la ciudad, se dejaba contemplar. Todos la observaban, la aplaudían, la deseaban. Aun siendo apenas una niña, la señalaban como la heredera intocable.
Admiraban la pulcritud de su sonrisa, la elegancia de su porte, la melena rubia recogida en una trenza impecable elaborada con sus propias manos.
Erguida.
Radiante.
Intachable.
Pero lo que nadie sabía de Savannah O’Hara era que, cuando no había ojos vigilándola en su enorme habitación llena de lujos, apagaba las velas de un soplido y se arrinconaba en la esquina más oscura.
Con sus pijamas de seda rosa, se abrazaba a sí misma y se acunaba.
Allí respiraba la penumbra hasta que ya no le cabía más en los pulmones.
Cuando su pequeño corazón latía como un colibrí nervioso y las lágrimas le cruzaban el rostro, las sombras de la habitación siempre se movían. Y eso solo significaba una cosa: él había vuelto.
Además de Marcelin —su mejor amiga, y en realidad la única, que vivía en Valdemar, demasiado lejos— a Savannah solo le quedaban las sombras de su habitación. No contaba con el amor de su padre, pero sí con ellas, fieles y protectoras.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Savannah una noche, hace ya mucho tiempo, en uno de aquellos encuentros en la penumbra de su habitación.
Hubo un silencio espeso antes de que la voz susurrara:
—No creo tener nombre. Algunos me llaman oscuridad, otros me llaman vacío… Pero a ninguno le he tomado cariño. ¿Acaso importa, pequeña?
¿Importaba?
Savannah frunció el ceño, acurrucada en su rincón con las rodillas abrazadas.
—Claro que importa —respondió al fin—. Hasta las criaturas más pequeñas lo tienen. Incluso los dragones.
Las sombras se deslizaron por la pared, estirándose en siluetas que parecían alas negras que se abrían y cerraban con pereza.
Savannah rio agotada. Le dolían las piernas de correr hasta que el cuerpo dejaba de responder, le ardían las manos de empuñar una espada que pesaba más que sus años.
A nadie le parecía extraño que una niña entrenara hasta sangrar.
Nadie se preguntaba si tenía miedo, si estaba cansada, si quería parar.
Lo llamaban disciplina. Lo llamaban deber.
Decían que el sacrificio forjaba carácter, que cada ampolla era una lección y cada hueso roto una victoria.
Que debía agradecer las noches sin lágrimas, porque la futura emperatriz no lloraba.
Las sombras se acercaron y lamieron sus heridas.
—¿Y si te dijera que yo también soy un dragón? —murmuró la oscuridad—. Uno sin nombre.
—Pero… ¿tu jinete no te puso un nombre? ¿Y por qué puedes hablar? Los dragones no hablan.
Sabía que los jinetes siempre les ponían nombre a sus dragones; era lo primero que nacía del vínculo. A veces el viento parecía susurrarlo al oído, como si fuera el propio dragón quien lo dictara.
La sombra titubeó un instante y rio sin boca.
—Yo soy mi propio dueño. No tengo jinete ni cadenas. Nadie me controla. Los nombres que me han dado nunca han sido míos, son solo máscaras que no me pertenecen. Todo lo que dicen que soy no me define.
Savannah no insistió en cómo era posible que pudiera hablar. Bajó la mirada hacia la oscuridad, que había tomado la forma de un lazo y se enroscaba alrededor de su mano.
—¿Qué te parece si me das un nombre? —propuso—. Así, cuando quieras hablar conmigo, bastará con pronunciarlo.
Hubo un breve silencio antes de que ella respondiera:
—Skylar —dijo al fin—. En los cuentos así se llamaban los dragones que volaban libres por el cielo. No obedecían a nadie, ni siquiera tenían dueño. Su fuego no quemaba, brillaba como las estrellas y ayudaba a quienes se habían perdido en la noche. Ese… ese nombre me gusta.
La penumbra pareció estremecerse.
—Skylar… —rio el dragón, complacido—. Entonces ese será mi nombre. Solo para ti.
—Solo para mí.
Desde aquella noche le había hecho compañía cuando lloraba y había aprendido demasiado sobre Skylar: el hombre que custodiaba las almas tras la muerte, el que gobernaba un ejército de espíritus perdidos y corrompidos dentro de su territorio.
Según lo que él le contaba antes de dormir, el equilibrio en Bankai no se sostenía solo.
La tierra de los muertos existía gracias a dos fuerzas opuestas, enlazadas como el yin y el yang, pero esa armonía necesitaba algo más para mantenerse estable.
Desde el principio de los tiempos, el mundo había sido regido por tres llamas, fuerzas vivas encargadas de garantizar el orden entre la vida, la muerte y todo lo que había entre ambas.
La llama idealis era el fuego del emperador, heredado de generación en generación dentro de la familia imperial, negro como un cielo sin estrellas.
Idealis siempre había pertenecido al imperio y representaba poder, dominio y continuidad, la prueba de que el trono no solo se ocupaba, sino que se merecía.
La llama valirio ardía en un verde esmeralda profundo.
Durante siglos había gobernado Valdemar, vinculándose a jinetes nacidos bajo su influjo.
Pero hacía más de un milenio que permanecía latente, sin despertar en nadie.
Con el paso del tiempo, valirio dejó de ser una fuerza viva para convertirse en leyenda, un eco del pasado que muchos ya dudaban de que pudiera regresar.
Y luego estaba la primera: Kaiserin, la más antigua. Un fuego azul que no pertenecía al imperio ni a ningún territorio mortal, sino a Bankai. No gobernaba desde un trono ni respondía a linajes; existía para sostener el equilibrio último, el límite invisible que separaba la vida de la muerte.
Kaiserin era el fénix.
Un símbolo de resurrección y renacimiento, casi una deidad para quienes aguardaban el final.
Muchos esperaban encontrarla en Bankai de algún modo, como una promesa de plenitud, de cierre, incluso de buena fortuna.
Pero esa misma llama era también la más peligrosa.
Si Kaiserin absorbía demasiada luz o demasiada oscuridad de Skylar, el equilibrio se quebraba.
Y cuando ese balance cedía, no caía solo una parte del mundo, todo lo conocido podía desmoronarse en un solo parpadeo.
Skylar nunca hablaba de Kaiserin, pero cuando Savannah se atrevía a preguntarle si el fénix era real, algo cambiaba en él. El dorado de sus ojos se apagaba, oscureciéndose hasta rozar el negro, y en ese cambio se acumulaba un odio tan denso que no necesitaba explicación.
—El imperio espera de mí cosas que no sé si podré ofrecer —confesó Savannah, años después del primer encuentro—.
Esta mañana lo he vuelto a notar en el emperador.
No me lo ha dicho tal cual, pero estaba ahí…
, en cómo me miraba, en la forma en que hablaba del futuro.
—Se mordió el labio—. Me da miedo lo que espera de mí como su hija.
—¿Y qué es lo que se espera de ti?
—El imperio de Pramvera necesita aliados… —Apretó los dedos hasta hacerse daño para no temblar—. Soy hija única, y eso significa que las alianzas dependen… dependen de mí.
El aire de la habitación se volvió helado. Savannah sintió las sombras cerrarse a su alrededor.
La oscuridad habló, y su tono sonó distinto, casi enfadado:
—Eres demasiado joven para cargar con esos pensamientos.
—Pero soy observadora, sé cuál es mi deber.
Mi padre me lo ha recordado siempre. No basta con ser una buena jinete, él espera que el poder de vinculación que mi dragón me conceda sea extraordinario…
, tan poderoso como el suyo. —Se le encogió el estómago—.
He escuchado cosas que no debería. He oído mi nombre junto al de lord Adras…
—titubeó—. Él preside el Parlamento de Valdemar.
Lo he visto cuando mi amiga Marcelin visita el palacio. Es… es un hombre muy mayor.
La oscuridad envolvió de nuevo la habitación con su calor.
Savannah alzó la vista y lo vio: una figura grande, recortada en la penumbra, con unos ojos dorados que brillaban como brasas.
El hombre se arrodilló a una distancia prudente, mucho mayor de la que la mayoría de la gente solía guardar con ella.
—No temas por ese hombre, nunca pondrá un pie en tu imperio. Así que mañana levántate, recorre los jardines, deja que el sol te roce la piel. No cargues con cadenas que aún no son tuyas.
—Pero…
—Ahora duerme, pequeña.
Ella obedeció. Se metió en su enorme cama, que cada año parecía hacerse más grande, más ajena.
Las sombras se deslizaron sobre el colchón y la arroparon hasta el cuello, suaves y protectoras.
Savannah cerró los ojos y, mientras el sueño la reclamaba poco a poco, pensó que algún día quería ser como Skylar.
Aquella noche, mucho después de la conversación, deseó que ese hombre con el que pretendían casarla jamás llegara a pisar sus tierras. Repitió aquel deseo una y otra vez hasta quedarse sin voz.
A la mañana siguiente, lord Adras había muerto.