Los hilos del imperio Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Cuando Eda se giró, durante un segundo todo pareció igual.

Pero entonces, con un gesto tranquilo, abrió la capa.

Dalton no vio un abdomen plano bajo la tela, sino una curva innegable, una barriga redondeada que lo cambiaba todo.

La manera en que Eda sostenía el cuerpo, cómo repartía el peso al apoyar los pies, incluso la forma pausada en que respiraba.

—Así que a esto se referían Syera y Savannah cuando hablaban de que te encargaras de Bankai «en tu condición»…, de que no estaba en peligro una sola vida… ¿Estás… estás embarazada?

Savannah le soltó la mano para dejarlo avanzar hacia Eda con pasos torpes, como si el suelo hubiera cambiado de consistencia bajo sus botas. Se detuvo frente a ella y pasó una mano por la curva de su vientre.

—Dioses… —susurró—. Es real.

—Estoy embarazada de veintidós semanas —murmuró Eda casi sin voz—. Siempre creímos que engendrar dentro de un cuerpo inmortal era imposible. Y más aún… Por la muerte…, Skylar y yo nunca imaginamos que algo así pudiera ocurrir.

Dio una zancada y la estrechó contra su pecho, hundiendo el rostro en su cabello. Eda empezó a llorar en su hombro, devolviéndole el abrazo con fuerza.

La ansiedad lo estaba devorando por dentro, pero Dalton se obligaba a disimularla a cualquier precio. Maldita sea. Eda se había quedado sola, cargando con un imperio entero, con todo Bankai sobre los hombros, había perdido a su marido… y ahora un hijo suyo crecía en su interior.

—Soy consciente del peligro que supone este embarazo, para mí y para el bebé.

—Se separó apenas unos centímetros de él.

Sus ojos zafiro estaban enrojecidos y cansados; verla así le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir—.

He hablado de esto con Savannah, sé que los dos sois conscientes de lo peligroso que es dar a luz.

—Pensaremos en soluciones. Pero ahora tienes que descansar todo lo posible, no deberías encargarte de Bankai ni del imperio tú sola. Ahora estoy aquí, todos estamos aquí contigo. —Apoyó la mano sobre la suya—. No os pasará nada a ninguno de los dos.

Dalton tenía mil preguntas ardiéndole en la garganta: cómo iba todo en el imperio, qué había sido de él durante aquellos largos cinco meses después de todo lo ocurrido, si la Dama había vuelto a mover ficha. Pero verlas allí, juntas, en aquella casa, a salvo, le aflojó el nudo del pecho.

Savannah se acercó y enlazó su brazo con el de Eda.

—Puedo oírte pensar, Dalton. —Su prometida pareció leerle el pensamiento—. Estamos haciendo todo lo posible por mantener este embarazo en secreto, el riesgo de que alguien se entere…, de que la Dama lo sepa… No podemos permitirlo.

Por supuesto que aquellas dos mujeres habían pensado en todo. Bankai era su mejor baza: vivir allí significaba que el tiempo correría con normalidad, que los meses —incluso los años— pasarían sin prisa, mientras que en el imperio… todo seguiría prácticamente igual.

Dalton sabía cómo era Savannah. La había visto comportarse como una feroz protectora, volcarse por un imperio entero, dejarse la piel para que incluso los embarazos fallidos de otras jinetes tuvieran una oportunidad.

La había visto sostener la esperanza cuando ya no quedaba nada a lo que aferrarse.

Y por eso lo tenía claro: ni por un solo instante le había pasado por la mente que el embarazo de Eda pudiera salir mal.

—Será mejor que nos sentemos —aconsejó Dalton, señalando el enorme sillón colgante del porche, una especie de mecedora amplia y acolchada.

Eda obedeció y Savannah fue enseguida a su lado para cogerla de las manos.

Dalton se quedó de pie, apoyado en la barandilla mientras se daba cuenta de que lo más seguro era que, durante esos cinco meses, Savannah no se hubiera separado de ella ni un solo centímetro.

No apartaba la mirada de su vientre, como si todo su mundo estuviera concentrado allí.

—¿Qué posibilidades hay? —preguntó él al fin.

El silencio se estiró alrededor de ellos. Dalton se obligó a mantener la calma; tenía que hacerlo por ellas.

Savannah se irguió mientras el columpio se balanceaba, y cruzó las piernas bajo la gasa de su vestido.

—Hace siete milenios no tenía el conocimiento que tengo ahora sobre medicina ni sobre magia.

La biblioteca de Bankai, la Biblioteca Silente, guarda saberes que ni los más antiguos ni los más sabios podrían contener por sí solos.

Los embarazos inmortales fueron durante mucho tiempo una obsesión para mí.

—Deslizó la mano con cuidado sobre el vientre de Eda y la dejó allí—.

Si fuera imposible concebir vida, el feto ni siquiera se habría desarrollado.

Pero este embarazo sigue el mismo patrón que los otros.

Hay vida aquí dentro, el problema nunca ha sido crearla, sino traerla al mundo.

Eda alzó la mirada y se la sostuvo a Savannah.

Las dos asintieron a la vez.

—¿Qué habéis descubierto? —Dalton se agachó hasta quedar a su altura.

—Es algo que no sabemos si funcionará —dijo Eda—. Pero necesitábamos tu consentimiento.

Dalton no dudó ni un segundo.

—Lo que sea. Haré lo que sea.

Savannah tomó la palabra:

—El cuerpo inmortal rechaza una vida que aún no pertenece al ciclo de la magia.

Dalton asintió, entendiendo hacia dónde iba.

—El cuerpo de Eda lo percibe como una amenaza. No como un hijo, sino como algo ajeno.

—Por eso —continuó Savannah— la única solución que hemos encontrado es que el bebé se vincule a una criatura feérica antes de nacer. Que esa vinculación le otorgue la inmortalidad necesaria para que el cuerpo de Eda no lo rechace… y pueda nacer con vida.

Dalton abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla. Seguía agachado frente a ellas tratando de asimilarlo. Era… una locura. Y, al mismo tiempo, la única idea que encajaba. Y si Savannah había llegado a esa conclusión era porque llevaba mucho, muchísimo tiempo, dándole vueltas.

—Pero ¿cómo podemos hacer eso? Ninguna criatura feérica nace en Valdemar en estas fechas.

Solo cada tres años Valdemar concede criaturas de sus tierras, y tardan al menos otro en crecer lo suficiente como para poder vincularse a un mortal.

—Dalton hizo una pausa—. Y ahora… ni siquiera es seguro que alguien llegue a vincularse, la Dama las manipularía. No podemos permitirnos ese riesgo.

Las dos asintieron al mismo tiempo; estaba claro que también habían llegado a esa conclusión.

—Y aquí es donde entras tú, Dalton. Es por eso por lo que necesitamos tu consentimiento —continuó Savannah, tragando saliva—.

Solo existe una criatura viva que no está vinculada a ningún jinete y que no pertenece a Valdemar.

Precisamente ese es el motivo por el que queda fuera del alcance de la Dama… Fuera de su manipulación.

El batir de unas alas lejanas le erizó la piel azulada antes incluso de que girara la cabeza. Dalton conocía ese sonido; lo llevaba grabado en los huesos.

Cuando alzó la vista, el firmamento pareció abrirse ante él: una sombra colosal cruzó el cielo, negra e inmensa, recortándose contra las estrellas. Volaba junto al ave fénix de Eda, cuyas plumas, hechas de llamas azules, trazaban estelas en la noche.

Una sonrisa lenta le curvó el labio.

Long estaba allí.

Ahora fue Eda quien habló:

—Tú dejaste a Long conmigo cuando moriste, pero yo no puedo ser su jinete. No existe unión más fuerte que la de una vinculación verdadera, la que se crea entre una criatura y su jinete a través de la magia. Y esa… no es la mía.

Dalton vio cómo el dragón con el que había compartido siglos descendía en una gran explanada. Al tocar tierra, el impacto hizo temblar el suelo bajo sus pies.

—El bebé podría sobrevivir si Long se vinculara a él antes de nacer, otorgándole la inmortalidad —terminó de decir Savannah—.

Pero hay algo que se nos escapa…, no sabemos si Long podría concederle los mismos dones de vinculación que te otorgó a ti.

Leer pensamientos, la llama idealis… No estamos seguras de que eso sea posible.

Dalton se puso de pie y miró a Long. Luego volvió la vista hacia Eda, que mantenía la mano apoyada sobre la de Savannah.

—Por supuesto que tenéis mi consentimiento. —Colocó la mano sobre las de ambas—. Long no merece cargar con la condena de no estar vinculado. Y no hay jinete más digno para un dragón que la vida que llevas dentro. Así que sí, Eda, haremos todo lo posible para vincular al bebé con él.

Ella sonrió, tal vez por primera vez en mucho tiempo.

—¿De verdad…?

—Dioses, Eda, por supuesto. Además, cuando Skylar vuelva quiero verle la maldita cara de idiota que se le va a quedar al descubrir que su hijo está vinculado a mi dragón. ¿Sabes?

Joder…, esa mujer tenía que creer que su marido iba a volver. Todos harían lo imposible para traerlo de vuelta.

—Por la muerte… —rio Eda negando con la cabeza—. Se cabreará muchísimo cuando sepa que vas a casarte con su hermana.

Savannah puso los ojos en blanco.

—Llevo milenios preparándome para eso.

—Haré todo lo posible para traerlo de vuelta —sentenció Eda, apretando los labios para contener el temblor—.

Quiero que Sky conozca a su hijo, que esté en su vida, que forme parte de ella…

Y yo… siento que me estoy muriendo, siento que no voy a ser capaz de hacer esto sola.

Todo el mundo dice que las madres pueden con todo, que se acostumbran a sacar fuerzas de donde no las hay, pero nadie habla del dolor que conlleva hacerlo sin la persona a la que amas. Hacer esto sola.

—Pero no lo estás. —Savannah la rodeó con los brazos—.

Cuidaremos de ese bebé porque también es nuestro.

Buscaremos a mi hermano y haremos lo imposible por traerlo de vuelta, y luego ganaremos esta guerra…

, porque yo ya sé lo que es perderlo todo y no pienso repetirlo.

No voy a perder a la gente a la que amo.

Esta vez ella no ganará, Eda. Y que le quede claro al mundo entero que quien intente tocar a mi familia tendrá que pasar primero por mí.

Dalton solo pudo sentir, bajo su palma, los anillos que ambas mujeres llevaban en los dedos anulares.

Anillos de promesa.

—La esperanza es lo último que se pierde en esta familia.