Chapter 70
Prieto se ocupó de llevar a Sonia al hospital central después de tomarle declaración, donde su padre, el alcalde, se recuperaba de sus heridas y la cuchillada en el hombro.
Al llegar ante la puerta de la habitación, el sargento le pidió a Sonia que esperase fuera unos minutos.
El alcalde estaba solo en la habitación y le hizo un gesto con la cabeza al sargento al verlo acercarse a la cama.
—¿Cómo va?
—No me puedo quejar, otros no han tenido tanta suerte.
Tanto Sonia como el alcalde estaban al tanto del trágico final de Belinda, pero aún les faltaba recibir un último golpe.
El chico había confesado haber asesinado a Tomás e incluso les había dicho que él mismo les conduciría al lugar en el que le había enterrado.
Les llevaría tanto hasta Tomás como hasta el verdadero Reinaldo, pero el sargento sabía que debía ser prudente y esperar a comprobarlo.
—Hemos tomado declaración a Sonia, no debe preocuparse por lo sucedido en el ayuntamiento, cualquier juez lo considerará defensa propia, estamos seguros dello.
El alcalde se giró un poco haciendo un gesto de dolor y volvió a ocupar el mismo lugar. Gruesos goterones de sudor rodaban resbalando por sus sienes.
—Sigo pensando que todo esto no ha podido suceder de verdad. Aun aquí tumbado y con este dolor en el hombro que no me deja dormir, todo sigue pareciéndome un sueño, una pesadilla.
El sargento arrimó una silla a la cama y tomó asiento. El alcalde le pidió que le acercara un vaso con agua.
—¿Cuándo dejará de hacer este asqueroso calor?
Se bebió el agua de un trago y le devolvió el vaso al sargento.
—Sonia nos ha contado una historia.
—¿Sobre el chico?
—Sí, bueno, podríamos decirlo así, pero sucedió antes de que él naciera.
El rostro del alcalde reflejó incomprensión.
—Es una historia que dice que sucedió en El Páramo y de la que todavía hoy se habla.
El alcalde tosió y contrajo la cara por el dolor que el movimiento le produjo.
—Creo que sabe de lo que hablo.
—Para qué voy a mentirle. Todo el pueblo conoce esa historia.
El sargento acercó más la silla a la cama, hasta casi rozar su rostro con el del alcalde.
—¿Entonces es cierto, me está diciendo que apalearon, persiguieron y exiliaron a una mujer del pueblo como una panda de campesinos del medievo?
El alcalde enrojeció.
—No es algo de lo que nos sintamos orgullosos en El Páramo. Las cosas se liaron, se enredaron de tal forma que ya no hubo quien deshiciera la madeja. Todo creció como una bola de nieve y acabó explotando.
El sargento se echó hacia atrás en la silla.
—Y nadie hizo nada. Usted no hizo nada.
—Tengo cincuenta y seis años, tenía treinta y uno cuando todo aquello sucedió, ni siquiera era alcalde en aquel momento, ¿qué quería que hiciera?
El pueblo entero estaba enloquecido. Tampoco el jefe pudo hacer nada y eso que él fue uno de los principales implicados.
—Movió una mano en el aire—. Bueno, si Sonia se lo contó, tiene que saber a lo que me refiero.
El sargento se pasó las manos por la cara y las retiró incrédulo.
—Y decidieron hacer como que nada había pasado. Nadie denunció, nadie se preocupó de saber qué había sido de aquella mujer.
El alcalde se veía cada vez más incómodo.
—Mire, sargento, todo aquel lío comenzó con el Rubio, implicó al jefe y Minia encendió la chispa. Ninguno de los tres está ya. Y, además, ¿a qué viene ahora sacar a relucir esa historia?
El sargento se levantó de la silla. Cada vez se sentía más indignado, era como si le estuviesen pegando latigazos, uno de detrás de otro y su piel escociese mientras trataba de resistirse al dolor.
—¿No ve ninguna similitud con lo ocurrido?
El alcalde negó con la cabeza e hizo un gesto interrogante.
—Una bola de nieve que fue creciendo en silencio hasta explotar y tener unas consecuencias que nadie se esperaba. ¿Le suena ?
—Me habla de esta noche, pero sigo sin ver la relación.
El sargento colocó la silla en el lugar del que la había cogido.
—Ese muchacho es el hijo de aquella mujer.
El alcalde se puso lívido. Al sargento hasta hacía unos segundos le angustiaba tener que darle al alcalde la siguiente noticia, pero ahora, algo dentro de él había cambiado.
Y aunque no le gustaba, tenía que aceptar que era así.
Sabía que no debía hacerlo, sabía que tenía que esperar a que se comprobase, pero algo le empujaba con fuerza y era incapaz de resistirse más.
—Hay algo más que debe saber. Siento tener que comunicarle que el chico ha confesado que asesinó a su hijo. Va a llevarnos hasta el lugar en el que enterró el cuerpo.
El alcalde cerró los ojos. Al abrirlos los enfrentó con los del sargento y no encontró ni una pizca de compasión. Tragó saliva con dificultad y comenzó a sollozar.
El sargento salió de la habitación y miró con lástima a Sonia mientras le hacía un pequeño gesto con la cabeza para despedirse.
Cuando volvió a Comisaría, Prieto volvió a pedir hablar con Rei.
—No hace falta que lo suban, yo bajo al calabozo.
Mientras iba salvando los escalones, el sargento no dejaba de pensar en la imagen de una muchacha embarazada, casi una niña, perseguida por una turba de personas que la insultaban, la tiraban del pelo, le soltaban manotazos…
Con total impunidad. Como si fuese una rata que portara la peste.
Tan aterrorizada y so la que no tuvo ni siquiera valor para denunciar lo ocurrido.
Y un pueblo amanecía cada día, cuchicheando en las calles, en los comercios, en la taberna, mientras el tiempo pasaba y nada sucedía. La justicia no llegaba.
Llegó al último escalón y se acercó a la puerta del calabozo de Rei. Le hizo una señal al funcionario y este le dejó pasar.
Rei estaba sentado en el camastro y el sargento se dejó caer a su lado, literalmente, como si ya no le quedaran fuerzas para sostenerse en pie.
—Ahora entiendo que no quieras hacer mi trabajo. Es mi responsabilidad, tienes razón. Nadie lo hizo entonces. Tú lo hiciste por ellos.
El muchacho se levantó y se apoyó contra la pared. Ya no sonreía, pero su rostro se veía sereno.
—¿Usted lo hubiera hecho, sargento? ¿Habría cumplido con su trabajo?
A Prieto le hubiese gustado decir que sí, que él la hubiese protegido, que la habría arropado y la hubiese llevado como mínimo a interponer una denuncia.
Pero después de todo lo que había descubierto y de todo lo que había sucedido ya no se atrevía a asegurar que también él se hubiese dejado arrastrar por la marea y la locura humana.
Recordaba la conversación con el jefe en el porche.
El viejo llevaba un año postrado en aquella cama.
¿Cuánto tiempo llevaría Rei planeando su venganza?
¿Cuánto había esperado? ¿Cuánta información acerca de la vida que llevaba el Rubio habría recabado antes de dar el paso?
¿De saber cómo debía comportarse y qué podía ofrecerle para que le abriera las puertas de su casa?
“El muchacho vio la oportunidad para montarse sus fiestas” había dicho el jefe.
¡Qué equivocados habían estado! El chico había estudiado al padre que le abandonó, al que deshonró, humilló y castigó cruelmente a su madre.
Eso lo tenía claro. Pero había algo más, algo que no le cogía en la cabeza, que seguía sin entender porque no podía creer que fuese posible a pesar de haberlo visto con sus propios ojos.
—¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo sabías que te seguirían? ¿Que te apoyarían con tu venganza aun sin saber nada de ti? —preguntó a cambio, sin responder a la pregunta del chico.
Rei sonrió de nuevo y apoyó una mano en el hombro del sargento.
—Me cae bien. Se lo diré.
Acercó sus labios a la oreja de Prieto y su voz sonó dulce, meliflua, como la melodía de los cantos de sirenas que atraían sin remedio a los pobres pescadores hacia las rocas haciéndoles naufragar.
—Sabía que, si unos pocos habían convencido a un pueblo entero para ponerle en contra de una persona, yo podría convencer a unos pocos para ponerlos en contra de un pueblo entero. ¿No le parece poético, sargento?