Chapter 71
Epílogo
Amelia se sentó frente al cristal que la separaba de Rei en la cárcel de Vega Río, donde este llevaba un mes retenido en espera de juicio. Descolgó con delicadeza el teléfono que el muchacho ya tenía pegado a su oreja y boca.
—¿Cómo estás, Reina?
La muchacha sonrió un poco y se mordió con ternura el labio inferior. Colocó un mechón de su cabello tras la oreja libre del teléfono y posó una mano sobre el cristal. Rei colocó la suya al otro lado.
—¿Cómo estás tú?
El chico observó el fino crucifijo de oro colgado al cuello de Amelia, para después mirarla a los ojos.
—Estoy bien, te echo de menos. Y a Fila y a Lupa…
Ella entornó los ojos. Parecía afectada.
—Tengo que contarte algo…
—Lo sé, sé que han muerto.
Amelia le miró con aquel gesto de asombro e ingenuidad que a él tanto le gustaba.
—Esto es como El Páramo, las noticias vuelan.
Una lágrima comenzó a rodar por la mejilla de la chica.
—Eh, eh, Reina, no llores. No quiero verte llorar, tarde o temprano algo así tenía que ocurrir, estaban jugando con fuego .
Ella sorbió y se pasó la mano bajo la nariz retirándola del cristal.
—Hay algo más que he de decirte, pero no quiero que te enfades.
Rei arrugó los labios. Los ojos de Amelia le turbaban, algo en ella parecía haber cambiado. Sujetó el teléfono con fuerza y giró la cabeza indicando que la escuchaba.
—Fila me contó tu plan, todo tu plan. Yo sabía lo que ibas a hacer, y sabía que me enviarías con ellos a Vega.
A Rei se le entumeció la comisura de los labios y sintió un latigazo cruzándole el pecho.
—¿Fila me traicionó? ¿Pero cómo? ¿Cuándo?
Amelia se encogió de hombros.
—Tú me lo calzaste como guardaespaldas, era como mi perrito faldero, tuvimos mucho tiempo para hablar a solas, sobre todo cuando se me infectó la herida. —Levantó la mano mostrando la cicatriz en su palma—. Yo me sentía rechazada por ti…
Rei se echó hacia atrás en la silla. Aquellos ojos no eran los de la muchacha que había conocido.
—Amelia, no, no, dime que no te liaste con Fila.
Hasta el tono de voz de Amelia era distinto. Ahora elevó la voz y sonó indignada, como si Rei fuese el culpable de su engaño.
—Sabía lo que ibas a hacer. Y yo no estaba dispuesta a sacrificarme por ti, ni por ti ni por nadie.
No era uno de tus estúpidos seguidores, te lo dije, te dije que yo no te creía.
Estuve a punto de irme primero, pero luego pasó lo de Tomás y me dio miedo.
Cuando Fila me contó el plan decidí quedarme, disimular, pero sabía que me dejarías sola.
¿Crees que saldrás immune de esta? Vas a pasar años aquí, cuando salgas serás un viejo, un adulto viejo de esos que tú mismo tanto odias.
Rei golpeó con el teléfono en el cristal y el funcionario de prisiones se acercó rápidamente a él. El muchacho hizo un esfuerzo para mantener la calma y el funcionario volvió a alejarse.
—Por eso lloras, ahora sí te has quedado sola.
Amelia sonrió de medio lado. Sus ojos se entornaron.
—Pobre viudita, ¿verdad? ¿No te parece que ahora soy todavía más adorable? —Se rio por lo bajo.
Rei no podía creerse lo que veía, lo que escuchaba. Aquella muchacha no era su Reina. Tenía que estar soñando. Su boca se abría y cerraba tomando bocanadas de aire como si estuviera bajo el agua y solo, de vez en cuando, lograra sacar la cabeza a la superficie.
—Tuco fue muy amable conmigo. Cuando le pedí el favor me hizo un precio de amiga —dijo recalcando la última palabra— .
Total, quién iba a preocuparse por dos yonkis, dos vándalos muertos por una dosis adulterada.
A mí solo me interesaba la herencia, no iba a quedarme con una tercera parte pudiendo tenerlo todo.
Al fin, Rei, mareado, con el sudor resbalando por sus sienes consiguió volver a enfrentar aquellos ojos desbordados de sombras.
—A Rey muerto, Rey puesto, ¿no ?
Ella tamborileó con las uñas de la mano libre sobre la mesita.
Cruzó las piernas. LLevaba uno de aquellos vestidos que la hacían parecer una muñequita, frágil, delicada.
Inspiraba el deseo de protegerla, de meterla en un frasco de cristal para poder mirar lo hermosa que era siempre que uno quisiera.
—Sigues sin entenderlo. Yo nunca he querido a ningún Rey.
Solo quería lo que me ofreciste: libertad.
Pero libertad de verdad, no lo que tú les vendías a todos esos estúpidos.
Estuve enamorada, pero nunca te creí. Al final me diste esa libertad, aunque no en la forma que tú esperabas.
Eres tan ingenuo como ellos, como todos esos a los que engañaste.
Pero te lo agradezco, por eso he venido hasta aquí, para decírtelo, darte las gracias y despedirme. Me voy, me voy lejos, Rei.
Se levantó y colgó el teléfono. El muchacho se levantó al mismo tiempo desde el otro lado y gritó para que le escuchase aunque ya hubiese colgado el telefonillo.
—No me llamo así.
Ella se volvió un segundo.
—Lo sé.
Después se marchó sin mirar hacia atrás, sin ver cómo el chico golpeaba los cristales mientras el funcionario acudía con rápidez para reducirlo.
Al salir por la puerta se despidió del vigilante que se quedó observándola con una sonrisa bobalicona. Ella no se fijó en el coche aparcado a unos cuantos metros de distancia del suyo.
El sargento Prieto también la seguía con la vista. Esperó a que se subiera al coche y arrancara para largarse a… ¿A dónde ponía el billete? A Paraguay, ¿o era Uruguay?
El sargento se metió un chicle en la boca y miró la bolsa de deporte en el asiento del copiloto.
La que había sustraído del maletero del coche de la chica.
Le había dejado unos cuantos billetes, los suficientes para que pudiera comenzar su vida de cero allá donde coño fuera.
Había envuelto el fajo con el boleto de viaje.
Le gustaría ver su cara cuando llegara al aeropuerto y abriese el maletero, pero no sería posible, tenía cosas que hacer, cuentas que saldar.
No se sentía culpable, como decía el refrán: quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
Y aquel muchacho no solo había robado dinero y vidas, le había llegado a robar hasta el nombre a otro, reduciéndole a la nada, al más terrible de los olvidos.
Él también arrancó el coche y recorrió un camino que ya conocía porque había estado en aquel lugar una vez. Al llegar sacó otro fajo de billetes y lo metió en la guantera, el resto lo dejó en la bolsa de deporte y se bajó llevándola consigo.
Le abrió la puerta aquella mujer que parecía sacada de un cuento de gnomos. Sabía que no era suficiente, quizá ni siquiera sería un consuelo, pero al menos recibiría la indemnización que merecía y que nunca le pagarían.
—Sargento, ¿quiere pasar?
—No puedo quedarme, lo siento. —Le alargó la bolsa de deporte y esperó a que la mujer la sujetara por las asas para decirle mientras bajaba las escaleras hacia la calle—. Solo quería entregarle alguna de las pertenencias de su hijo .