Los hijos rotos Chapter 69
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Chapter 69

Cuando le tocó el turno de declarar a Sonia, esta temblaba compulsivamente, sus labios se veían amoratados como si estuviera muerta de frío, a pesar del calor sofocante que hacía en aquel cuarto.

Se enderezó instintivamente en la silla, como si fuese a levantarse y escapar, cuando Prieto y Ordóñez entraron en el cuarto.

Ordóñez puso una botella de agua frente alla e hizo un amago de sonrisa. No conseguía sacarse de encima el desasosiego que la declaración de Rei había hendido en su pecho.

—¿Cómo estás, Sonia? Sé que es duro para ti, pero necesitamos entender muchas cosas antes de que la memoria se enfríe.

La chica asintió obediente y tomó la botella de agua sin llegar a abrirla, solo como si tener algo entre las manos la ayudara a tranquilizarse.

—Sonia, ¿qué buscabais tú y tu hermano cuando fuisteis a la casa del Rubio?

La chica apretó los labios y los movió a uno y otro lado, sus ojos se ensombrecieron un poco, como si recordarlo le resultase doloroso. A fin de cuentas, tenía razones para pensar que así era. Buscaban diversión y se encontraron muerte.

—Queríamos ir a una de sus fiestas. Todos los chicos hablaban de las fiestas que daba Rei y pensábamos que podía ser divertido.

—¿Lo era?

Ahora su gesto cambió, como si no estuviera segura de lo que iba a decir .

—Sí. Bueno, era raro, él era raro, pero a nadie parecía importarle. Bebíamos, fumábamos, tomábamos la comunión.

Prieto y Ordóñez alzaron las cejas al mismo tiempo.

—¿La comunión? —preguntó Ordóñez.

Sonia intentó abrir la botella, pero las manos le temblaban tanto que Ordóñez se la quitó con delicadeza y rompió el precinto del tapón.

—Lo llamaban así, pero solo eran galletas… con droga.

Los agentes se miraron entre sí.

—¿Qué clase de droga?

Sonia se encogió de hombros.

—No lo sé. Rei venía a Vega Río de vez en cuando a pillársela a alguien aquí. —Bajó la mirada—. Solo sé que la sensación era agradable. El cuerpo se relajaba, te deshinibía, parecía que el cuerpo flotara y se sintiera feliz.

—¿Eso es todo lo que hacíais?

—No, no. Luego Rei hacía que cada noche uno de nosotros se sentase en una butaca y se abriera a los demás.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Hablábamos de lo que nos habían hecho.

—Lo que os había hecho, ¿quién?

Sonia bajó la voz .

—Los adultos. Rei odiaba a los adultos, por eso todos éramos jóvenes, quería crear un mundo nuevo sin adultos.

Prieto parpadeó con rapidez, incrédulo. ¿Ese era el motivo de aquella matanza? Si se ponía a pensar todas las víctimas habían sido adultos.

—Sonia, es importante que seas muy sincera ahora. ¿Él ordenó a los otros chicos asesinar a los adultos del pueblo?

Sonia pegó un trago a la botella del agua. Los ojos se le nublaron ante el reciente espanto que acababa de vivir.

—Sí, claro, ese era el mensaje que transmitía en cada reunión. Y todos estaban de acuerdo con él, o no se atrevían a contradecirle, como yo… o mi hermano.

Sonia rompió a llorar. Ordóñez rodeó la mesa y le puso las manos sobre los hombros. Prieto salió del cuarto y volvió con una caja de pañuelos de papel.

Sonia cogió uno y se sonó. Lo apretó en el puño derecho con fuerza.

—Solo mi hermano lo contradijo y nadie volvió a saber de él.

—Todos dijisteis que se había marchado voluntariamente.

Prieto se guardó la confesión de Rei de que lo había asesinado.

Sonia se pasó una mano bajo la nariz.

—Yo no sé si los demás lo creyeron. No hablábamos de eso, pasó a ser un tema tabú, pero yo sé que Tomás no se fue a ningún sitio .

Volvió a darle un espasmo y sollozó durante un minuto. Los agentes esperaron guardando silencio. Cuando la chica se tranquilizó, Prieto se dirigió hacia ella con tacto.

—Dices que Rei os transmitía un mensaje de odio hacia los adultos.

Ella asintió.

—Esto que voy a preguntarte es muy importante, Sonia. Esta noche, la que sucedió todo, ¿los chicos salieron a asesinar a los adultos por su cuenta o recibieron la orden directamente de Rei?

—Él se lo ordenó.

Prieto no parecía satisfecho todavía. Insistió.

—¿Rei les dijo que fuesen y asesinaran a los adultos? Así, con estas palabras.

Sonia apretó aún más el pañuelo de papel en su puño.

—No solo se lo dijo, incluso repartió a los chicos diciéndoles de quién tenía que ocuparse cada uno. Yo sabía quiénes irían a matar a mi padre.

La chica exhaló con fuerza, como si se hubiese quitado un peso de encima.

Prieto volvió a repasar mentalmente las víctimas. Se dio cuenta de repente.

—Rei odiaba a las personas que tenían algún tipo de poder, alguna autoridad, ¿verdad?

Entonces, Sonia se apartó el cabello de la cara y observó a Prieto, desconcertada .

—Usted no sabe lo que sucedió en El Páramo hace veinticinco años —dijo pensativa—. Claro, usted no sabe quién es Rei.

El suelo pareció desaparecer bajo los pies del sargento. Aquella chiquilla le estaba diciendo que ella sabía quién era aquel chico y al parecer incluso conocía la razón por la que había hecho todo aquello.

—¿Tú sabés quién es? ¿Sabes su nombre?

Hubo un instante de confusión en el cuarto.

—¿Su nombre?

—Sí, él no es Reinaldo Castro Antuña. Eso ya lo tenemos claro, suplantó la identidad de esa persona, él mismo nos lo ha confesado, pero no nos ha querido decir su verdadero nombre.

Sonia negó con la cabeza.

—Yo no sé cuál es su nombre real, pero sí por qué hizo lo que hizo.

Ordoñez comenzó a morderse una uña para paliar de alguna forma las ganas que tenía de fumar.

—¿Por qué? —preguntó con curiosidad sincera.

—Él asesinó al Rubio, al jefe y a Minia, ellos eran su objetivo principal. Quería vengarse.

Ahora fue Prieto quien tomó la palabra.

—Pero ¿de qué? Ese chico ni siquiera es del pueblo.

—No, él no, pero su madre sí lo era. En El Páramo todo el pueblo conoce la historia de esa mujer.

El Rubio la dejó embarazada siendo adolescente y luego se deshizo de ella.

El jefe la acogió, pero Minia se cegó de celos y la desacreditó entre los vecinos, parece que fue tal su inquina y la puso como tan malvada que acabaron apaleándola y echándola a pedradas del pueblo.

A Prieto no le cogía aquella historia en la cabeza. ¿De qué estaba hablando aquella chiquilla?

—Espera, me hablas de hace veinticinco años, no de la edad media, por Dios. ¿Nadie hizo nada? ¿Y el jefe?

Sonia se encogió de hombros.

—Puede preguntar a cualquiera, todos conocen la historia y saben las rencillas que hay… había entre el Rubio, Minia y el jefe.

Entonces a la mente de Prieto acudieron unas palabras de López, unas que había pronunciado cuando él había declinado la invitación del jefe a quedarse a comer en su casa porque quería volver a Vega cuanto antes para ver si podía averiguar algo sobre el chico para poder proceder a su detención, pues parecía que no había nada que pudiera hacerse y aquello le había frustrado.

Sí, entonces, cuando se había sentido así, vacío, inepto e inútil, López le había dicho aquello “No se sienta mal sargento, El Páramo es un lugar peculiar donde suceden cosas peculiares a las que la ley no alcanza”.

Solo que entonces, no había entendido a lo que se refería.