Chapter 68
Rei estaba sentado a la mesa del cuarto de interrogatorios.
Se le veía tranquilo, el pie izquierdo apoyado en la rodilla derecha y los brazos acodados en la mesa.
Su pelo corto y rubio relucía bajo los óculos del techo de escayola.
Allí sentado, no dejaba de parecer lo que realmente era, un chiquillo.
No hacía amago de mirar hacia el espejo, pero lo más probable era que supiera que le observaban.
El sargento Prieto y la inspectora Ordóñez entraron en la habitación. Le ofrecieron algo de beber, pero Rei declinó la oferta.
—Usted fuma —dijo dirigiéndose a la inspectora —. Un cigarrillo sí me gustaría.
La inspectora enarcó las cejas. Rei apuntó a sus dedos.
—El índice y el corazón la delatan.
Sus dedos estaban teñidos de amarillo por la nicotina y la inspectora anotó mentalmente que era un motivo más para dejar de fumar.
Después sacó la cajetilla y se la acercó a Rei.
Él tomó un cigarro y ella misma le puso la llama del mechero frente a la cara para que lo encendiera.
Sus ojos la turbaban. Eran de un verde casi transparente, como el de los felinos… o el de los lagartos.
—Rei, hay varias cosas que nos gustaría saber —dijo el sargento.
—Adelante.
—Tú fuiste el instigador, ¿verdad? Esos chicos seguían tus órdenes .
Rei le dio una larga calada al cigarrillo. Clavó sus ojos en el sargento y se pasó la lengua por los labios después de soltar el humo.
—Yo asesiné al Rubio, a Tomás, al jefe y a Minia, de lo demás no me hago responsable. Yo mismo les puedo llevar al lugar en el que enterré a Tomás.
Prieto contuvo un gesto de sorpresa que la inspectora Ordoñez no logró disimular.
Ninguno de los dos esperaba aquella respuesta.
La absoluta frialdad con la que el muchacho soltó aquel listado les pareció repugnante.
Un psicópata de manual, pensó la inspectora Ordoñez, mientras contenía las ganas de encenderse ella misma un cigarrillo.
—Tú los manipulaste. Escogiste muchachos vulnerables, fáciles de influir y los adoctrinaste.
Rei se encogió de hombros.
—¿Qué piensa que soy? ¿Un líder, un Dios, un rey? —preguntó con tono burlón — Hay que ser muy estúpido para hacer lo que hicimos y pensar que no tendría consecuencias. Los que lo hicieron pensando algo así solo merecen mi desprecio.
Ordóñez se revolvió nerviosa en su silla. Era un cínico, eso es lo que era. O un loco, no había otra forma de explicar su comportamiento.
—Pero tú les induciste a hacerlo —insistió Prieto.
—Yo le estoy diciendo lo que pienso. Hubo quien no lo hizo. Nadie estaba obligado.
Prieto echó un ojo a los papeles que tenía frente a él.
—Ya, dos de tus amiguitos de Vega Río y Amelia no participaron, te refieres a ellos, ¿no ?
—Exactamente. Lo que hicimos y quienes lo hicimos, fue porque quisimos.
—¿Has visto el estado en el que se encuentra Lorenzo?
Rei pegó una calada al cigarrillo y exhaló el humo directo a la cara de la inspectora. Parecía intuir sus ganas de fumar.
—Él solito se lo buscó. Además se ha librado de dos mierdas.
Ordóñez sintió un asco profundo de que se refiriese a los fallecidos de aquella forma. Habían asesinado a personas a sangre fría. Se refería a ellas como mierda, y además eran los padres del muchacho, detenido e ingresado con un ataque de ansiedad post-traumático.
Prieto apartó los papeles. También sentía aversión por aquel chico, pero trataba de disimularla porque sabía que eso es lo que él quería, generar aquella sensación, sentir que los domeñaba solo con sus palabras y sus gestos provocadores.
—Eso nos lleva a otra pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué lo hicistéis?
Rei se adelantó en la mesa para enfrentarse más de cerca al sargento.
—Yo lo hice por una deuda, los demás tendrán que contarles sus razones.
—Se reclinó de nuevo hacia atrás y puso voz burlona mientras fingía llorar como un payaso—.
Rei me mandó, Rei me convenció, Rei me dijo que tenía que hacerlo —Volvió a su tono normal—.
Tiene razón, sargento, estoy seguro de que ellos le dirán lo que quiere oír, lo que usted piensa.
Prieto trató de ignorar el espectáculo de Rei para centrarse en otra pregunta. En lo que de verdad le había llamado la atención, la razón que Rei había alegado para hacer lo que había hecho.
—¿Qué clase de deuda?
Rei sonrió y apagó la colilla del cigarro en el cenicero aplastándola con delicadeza.
—No voy a hacerle todo el trabajo yo, sargento.
Prieto aguantó la embestida.
—Hablando de deudas. ¿Cuánto dinero le robaste al Rubio?
—No sé de qué dinero me habla.Yo no le robé nada. Él me dio permiso para utilizarlo.
—¿Todo?
Rei frunció los labios y alargó la palabra separándola en sílabas.
—To-do.
Prieto se esforzó en mantener la calma.
—¿A dónde se han ido tus amigos y tu novia? ¿Y cuánto dinero se han llevado? Todos en el pueblo saben que hace años que el Rubio guardaba el dinero en su casa.
Rei se reclinó ahora hacia atrás en su silla y pasó las manos tras la cabeza.
—A ver si lo entiendo. El pueblo llevaba la contabilidad del viejo, sabían que tenía dinero en su casa y cuánto tenía.
También lo que me gasté mientras estuve viviendo allí.
Pues pregúnteles a ellos cuánto dinero falta, porque si me lo pregunta a mí le repito que me lo gasté todo.
Mis amigos no quisieron participar en lo que sucedió y se fueron, eso es todo y es fácil de comprobar.
—Eso es lo que haremos, no creas que no los vamos a encontrar y que no tendrán que pasar por aquí, como todos vosotros.
A pesar de la amenaza, Prieto se daba cuenta de que el muchacho tenía razón en aquello y que estaba disfrutando con el momento.
—Has confesado asesinar a varias personas. Reinaldo Castro Antuña, ¿se te olvidó o sigue vivo?
Los ojos de Rei se abrieron como platos y Prieto pensó que le había pillado desprevenido. Un pequeño triunfo para él, una satisfacción que le duró poco.
—Joder, —Se dio una palmada en un muslo — ¿cómo pude olvidarme de ese desgraciado si fue gracias a él como pude llegar hasta este punto? —chasqueó la lengua — Sí, por favor, añádalo a mi lista de crímenes. También les llevaré hasta su cuerpo.
A Ordóñez se le revolvió el estómago. Estaba deseando encenderse un cigarrillo, pero sabía que no era el mejor momento.
Tamborileó con las uñas sobre la mesa inconscientemente y Prieto la miró con reprobación.
Él lo que estaba deseando era saltar sobre aquel muchacho y molerle a palos.
Recordó a la madre del verdadero Reinaldo, desesperada mientras le pedía que le trajese de vuelta a su hijo.
Ahora solo podía pensar que tendría que enfrentarse a ella para darle aquella terrible noticia.
Aquella mujer tan pequeña, tan frágil, como todas aquellas figuritas de las que se rodeaba en su casa mientras esperaba la vuelta de un hijo demasiado ingenuo.
Quiso borrar la imagen de la foto que le había mostrado la mujer, donde aparecía el auténtico Rei.
Lo único que ella tenía, su única posesión valiosa, arrastrada por las mentiras de aquel psicópata y enterrada en cualquier descampado. No, él no podría devolverle a su hijo.
—Entonces, dime, ¿quién eres tú?
Rei ladeó la cabeza. Sus ojos brillaban y no apeaba la sonrisa.
—Ya se lo he dicho, sargento, no voy a hacerle yo todo su trabajo.