Los hijos rotos Chapter 67
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Chapter 67

El traslado a Vega Río fue lento y tortuoso. Los muertos y heridos llegaron directamente al hospital central y los detenidos se agolpaban en la comisaría.

Familiares, amigos e incluso curiosos dificultaban el trabajo queriendo obtener noticias rápidas.

La noche en comisaría se volvió casi tan caótica como en El Páramo.

Prieto sacaba cafés de la máquina a un ritmo frenético y tuvo que tomar un par de analgésicos para el dolor de cabeza. El estómago le ardía y el café no ayudaba, pero tenía que combatir el cansancio de alguna forma.

No pudo regresar a su casa hasta pasadas las cinco de la mañana y a las diez, después de dar vueltas durante cuatro horas en la cama, sin conseguir dormir, desayunó, se pegó una ducha y volvió a la comisaría.

Había periodistas y medios de la televisión a la entrada.

Se esparcían en la acera, sentados en los bordillos, en las escaleras, formando corrillos que hablaban entre sí.

Vio que algunos retransmitían el ambiente, pues no eran ellos los únicos que se agolpaban a la entrada.

Vecinos del Páramo y curiosos esperaban ansiosos obtener alguna novedad.

Los periodistas aprovechaban cualquier declaración de los mismos que pudiese explicar qué era lo que había sucedido en aquel pequeño pueblo que nadie conocía y que, a partir  de aquel día, quedaría grabado en el recuerdo de todo un país.

Prieto se quitó las gafas de sol a escasos metros y entró en las dependencias sin llamar la atención.

Una agente acudió rauda a su despacho cuando la hizo llamar.

Llevaba el informe en la mano y parecía que le quemara.

—Aquí lo tiene, sargento.

Él asintió y lo cogió de sus manos. Le echó un rápido vistazo, se reclinó hacia atrás en la silla y se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor.

Después, sin dilación, se dirigió al despacho del comisario.

—Buenos días, comisario.

Este levantó la vista de los papeles esparcidos sobre la mesa y con  expresión neutra le requirió como quien pregunta por una quiniela:

—Adelante, dígame los resultados.

Prieto bajó la vista al informe.

—Asesinaron entre otros al jefe, su esposa, la mujer del alcalde, el cura, el dueño de la finca en la que se alojaban y el médico está en estado muy grave, dudo que salga de esta.

El comisario movía la cabeza hacia delante y hacia atrás sin llegar a ser del todo un gesto de asentimiento y mantenía el pulgar y el índice sobre la barbilla.

—Fueron a por las autoridades del pueblo.

—Sí.

—¿Ha nombrado al alcalde?

—A su mujer, el alcalde logró escapar. Él y su hija están aquí para declarar. Tuvieron un escarceo con dos de los miembros de la secta y fueron estos los que resultaron muertos, tenemos que averiguar si a manos del padre, la hija o ambos.

Ahora sí, el comisario asintió.

—¿Cuántos muertos en total?

—Veintiuno, señor. Ocho mujeres y trece hombres. De los veintiuno dos eran miembros de los atacantes: un chico y una chica. Son los que intentaron asesinar al alcalde.

—¿Heridos?

—Cuarenta y tres en total.  Treinta y siete civiles y otros seis de ellos son de los que provocaron el disturbio, así que, además, están detenidos.

—¿Cuantos detenidos hay?

—Veintiocho.

—¿Contando a los seis heridos?

—Sí, señor, veintiocho en total.

El comisario hizo rápido las cuentas.

—Veintiocho detenidos y dos muertos, ¿eran treinta en esa casa?

—Treinta y tres en realidad, faltan dos muchachos y una chica, la hija del tabernero, que es uno de los asesinados.

—¿Y dónde están? ¿Qué se sabe dellos?

—Aún nada, señor.

El comisario se levantó. Descolgó la americana que tenía en el respaldo de la silla y se la puso, a pesar del calor.

Prieto sabía que aquel hombre no podía dilatar más el momento, uno de los momentos que menos le gustaban en su trabajo.

Era irónico que no eran demasiadas las veces que tenía que pasar por esos momentos y que este, el más polémico en todos los años que llevaba al frente, procediera del lugar que menos se podían haber imaginado.

Recogió el informe de las manos de Prieto y le invitó a salir del despacho esperando en el quicio de la puerta. Mientras la cerraba tras dellos le puso una mano al sargento en el hombro.

—Le veo en un rato, sargento, ahora voy a enfrentarme a los buitres y puedo oler la carroña desde kilómetros de distancia.