Los hijos rotos Chapter 66
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Chapter 66

Sonia y el alcalde oyeron cómo alguien forcejeaba en la puerta de entrada. Maldiciones, voces contrariadas.

Padre e hija permanecían en tensión.

Un golpe, otro, otro y después los pasos apresurados ya dentro del edificio. Se habían colado, la puerta del ayuntamiento no era difícil de forzar.

—¿Papá?

Estaban a oscuras. Sonia tanteó en el aire hasta dar con la mano de su padre. La chica notó que temblaba.

El alcalde se acercó a tientas a la mesa y encendió una lámpara de pie.

Sonia parpadeó unas cuantas veces acostumbrando los ojos deslumbrados.

—¡Nos encontrarán!

El alcalde miró a su alrededor. Eligió una estatuilla de mármol, la figura de un labrador, y puso un dedo sobre sus labios indicando a su hija que guardara silencio. Se acercaron a la puerta del despacho.

Se escuchaban los pasos subiendo las escaleras.

—Solo podemos salir por aquí —dijo el padre, colocándose junto a la pared del lado hacia el que se abría la puerta —. ¿Cuantos serán?

Sonia no solo sabía cuántos eran, sabía incluso quiénes eran.

—Rei ordenó a dos ocuparse de ti.

El alcalde pensó un momento.

—Ven, ponte junto a mí .

Los pasos se detuvieron frente a la puerta. El pomo giró con suavidad y la puerta comenzó a abrirse lentamente. Los chicos tomaban precauciones, el alcalde supuso que no esperaban encontrar la puerta abierta y eso les hacía desconfiar.

—Cuando entren, sal y corre —dijo en voz baja el padre.

Sonia le miró descompuesta y negó con la cabeza. No pensaba dejarle abandonado allí.

Primero asomó la pierna del muchacho, pero en vez de entrar tuvo la precaución de asomar la cabeza tras la puerta.

El alcalde descargó el golpe con todas sus fuerzas, pero el chico, que parecía esperarlo, se apartó tan rápido que el alcalde solo se topó con el aire y con la fuerza del impulso trastabilleó hacia delante y cayó de bruces al suelo.

El muchacho, ahora sí, entró del todo en la habitación y saltó sobre el alcalde. Le clavó un cuchillo en el hombro mientras el alcalde trataba de zafarse de él.

Sonia golpeó a Luci con fuerza tratando de cerrar la puerta antes de que entrara y la chica cayó hacia atrás dando con el culo contra el suelo.

Allí, en la puerta, Sonia percibió el olor a humo y supo que la planta baja ardía. Se dio cuenta de hasta dónde llegaba la fidelidad hacia Rei, aquellos muchachos estaban dispuestos a morir abrasados antes de dejar escapar al alcalde.

Luci empujaba la puerta desdel otro lado mientras Sonia trataba de impedirle el paso. Pero al mismo tiempo sabía que tenía que ayudar a su padre. El otro le había acuchillado y le tenía inmovilizado .

Este, en el suelo, con el muchacho a horcajadas sobre él, sujetaba con fuerza sus muñecas para evitar que le clavara el cuchillo en un ojo.

Luci consiguió abrir la puerta del todo. Sonia salió corriendo y la chica la persiguió  por el despacho. La atrapó junto a la mesa y la sujetó por el pelo tirando de ella hasta agarrarla por el cuello desde la espalda.

—Traidora. —Escupió con odio.

Después la empujó hasta tumbarla doblada por el vientre sobre la mesa y la golpeó con rabia la cabeza contra la madera. Una, dos, tres, cuatro veces. A la quinta, Sonia vio el abrecartas, lo sujetó y soltando un grito echó la mano atrás y clavó a ciegas en el cuerpo de Luci.

La chica, desprevenida, ni siquiera gritó, pero aflojó el agarre lo suficiente como para que Sonia se girara y siguiera clavando el abrecartas  en su cuello, una y otra vez, hasta que Luci se desplomó.

Después se limpió con una manga la sangre que le había salpicado los ojos y corrió hacia su padre. A medio camino vio la estatuilla del labrador.

El golpe sonó hueco, casi pareció que se hubiese rasgado una tela y Sonia pudo sentir cómo se hundía, cómo cedía el cráneo. El chico puso los ojos en blanco y cayó sobre el alcalde. Al hacerlo el cuchillo pasó junto a su cara y le rajó la mejilla.

Sonia se sentó en el suelo y comenzó a llorar.

El alcalde se quitó al muchacho de encima y se incorporó. También él olisqueó el humo. Tiró de su hija y la dirigió a la salida del despacho. Bajaron las escaleras y llegaron a la planta baja, pero las llamas ya bloqueaban la puerta .

—Por aquí.

El alcalde dirigió a su hija a una puerta que daba a un sótano que usaban de almacén.

—Aquí nos asfixiaremos —dijo Sonia con desaliento.

El padre no la escuchaba. Retiró una estantería llena de archivadores y dejó al descubierto otra puerta.

—¿Qué es esto?

—Es un paso subterráneo, de cuando la guerra. Vamos.

Al principio era un pasillo largo y estrecho, pero a medida que avanzaban el techo iba bajando hasta que tuvieron que avanzar a gatas.

El espacio se llenaba cada vez con más humo.

A Sonia le ardíal pecho y los ojos, pero su padre empujaba tras ella.

¿Qué longitud tenía aquella madriguera? Morirían ahogados antes de atravesarla.

El Alcalde avanzaba con mucha dificultad, ahora que tenían que ir a gatas.

Aquello acrecentaba el dolor de la herida en el hombro.

Al límite de sus fuerzas, Sonia vio el reflejo de la luz blanca de la luna.

No sabía si era real o si sus pulmones habían dejado de funcionar.

La luz blanca al final del túnel de la que tanto se habla, pensó.

El agujero de salida estaba como a dos metros del suelo, pero Sonia se dejó caer sin pensarlo y quedó boca arriba tratando de meter aire fresco en sus pulmones. Su padre sacó parte del cuerpo y luego consiguió girarse para caer de pie.

Se agachó a comprobar cómo estaba su hija.

—¿Dónde coño estamos?

—En el monte de la laguna. —La abrazó —. Estamos a salvo.

69 .

El coche patrulla aparcó a escasos metros del porche de la casa del jefe.

Ordóñez y Prieto sacaron sus pistolas de la cartuchera. López ya la llevaba en la mano, estaba lívido y temblaba ligeramente, como la hoja de una rama sacudida por un viento suave.

Se bajaron del auto y dejaron las puertas abiertas, haciendo de escudo, mientras se acuclillaban tras ellas.

No se escuchaba ningún sonido que les hiciera sospechar que se estaba produciendo algún tipo de trifulca dentro de la casa.

Más bien había un silencio tenso en el ambiente y solo se escuchaba el canto de los grillos y algún grito aislado en la lejanía.

Las sirenas de los coches policiales habían cesado de sonar y aquella parecía una noche como otra cualquiera.

En medio del silencio la radio del coche comenzó a funcionar, sobresaltando a la inspectora Ordoñez, que soltó un “joder” por lo bajo.

—Sargento Prieto.

El sargento alargó la mano y la tomó sin despegar la vista de la casa, con las luces interiores encendidas y un silencio imperturbable.

—Aquí el sargento Prieto, dígame.

—Somos las unidades de refuerzo, acabamos de entrar al pueblo. Esto es un caos, hay bastantes edificaciones ardiendo.

—Detengan a cualquier sospechoso. Prioridad sobre chicos y chicas entre dieciocho y veinticinco años.

—Entendido, sargento .

—¿Han enviado ambulancias?

—Sí, sargento y dos camiones de bomberos.

El sargento cortó la comunicación. La casa permanecía silenciosa, parecía estar en perfecta calma.

—¡Lorenzo! ¡Sal con las manos en alto y no te pasará nada!

Los tres agentes esperaban expectantes. López presionó una venda contra la herida, apenas sangraba ya. Ordóñez mantenía la pistola apoyada en la parte superior de la puerta del auto. Refugiada tras la misma acechaba las sombras que le parecía ver moverse tras una de las ventanas de la casa.

—¡Lorenzo, si no sales tendremos que entrar y será peor!

La puerta se abrió despacio y los agentes se pusieron alerta. La pistola de López se balanceaba bailando en su mano. En su vida hubiese pensado que como ayudante del jefe en un lugar como El Páramo, se vería envuelto en algo así.

Fue Rei quien se detuvo bajo el dintel. También él sujetaba una pistola. Extendió los brazos a los lados, dejó que el arma se descolgara entre sus dedos y esta cayó al suelo del porche iluminado, haciendo un ruido corto y seco que rompió la quietud de la noche.

Prieto asomó la cabeza por encima de la puerta del auto.

—Está bien, Rei, da tres pasos al frente con las manos donde las veamos y túmbate, la cara sobre el suelo. ¿Dónde está Lorenzo ?

Rei dio tres zancadas hacia delante y mientras se agachaba al suelo contestó.

—Está dentro de la casa.

—¿Está armado?

—No.

Ordóñez avanzó reclinada hacia Rei mientras Prieto y López salieron de sus posiciones sin dejar de apuntar con sus pistolas hacia la casa.

—Las manos a la espalda, chico.

Ordóñez esposó a Rei en cuanto este obedeció. Después tiró de él hasta ponerlo en pie. Le cacheó y sacó la pistola que guardaba en la cintura. La del suelo era la del jefe. Lo llevó hasta el coche y lo obligó a entrar en la parte trasera cerrando la puerta que López había dejado abierta.

—Listo —dijo dirigiéndose a los otros dos hombres.

Rei quedó encerrado y esposado en el coche, sin ofrecer ningún tipo de resistencia.

Prieto iba delante, flanqueado por los otros dos. Apenas pisó la entrada, percibió el característico olor metálico de la sangre.

Al entrar al salón escucharon el sollozo ronco y bajo.

Lorenzo estaba sentado en el suelo, a los pies de Minia y abrazaba sus piernas.

—Jefe…

López no podía estar más descolorido y Ordóñez temió que se desmayara. No lo hizo, pero se dobló en dos y vacío el estómago allí mismo, en el suelo .

Prieto y Ordóñez se acercaron a Lorenzo sin bajar la guardia en ningún momento.

En un principio, el chico no quiso soltar las piernas de su madre. Ordóñez le registró en esa posición e indicó a Prieto que no estaba armado.

López era incapaz de apartar la mirada del que había sido su jefe y de su mujer.

Ambos sentados en el sofá, como si estuvieran viendo la tele, pero con los ojos fijos en el infinito.

Ellos apenas tenían sangre. La pared tras el jefe sí estaba salpicada, de forma desordenada y con churretones que se descolgaban como lágrimas.

Al final lograron poner a Lorenzo en pie y esposarle.

El chico, conmocionado, se dejaba hacer.

Su cara lívida y mortecina le daba un aspecto enfermo.

López le miraba sin poder creerse que aquel muchacho, al que él mismo había llevado a caballito tantas veces, le había comprado y compartido sus chicles con él e incluso le había dejado acariciar su pistola, ahora hubiese usado la de su propio padre y en su contra.

¿Les habría disparado él? ¿O habría sido aquel extraño muchacho llegado tan solo un mes atrás?

Como quisiera que fuese, si sopesaba el escenario, estaba seguro de que Lorenzo había tomado parte en la matanza.

—No toques nada —le dijo Ordóñez a López cuando vio que acercaba su mano al rostro del jefe.

—Iba…iba a cerrarle los ojos.

No soportaba aquella visión y no sabía que le perseguiría durante lo que le quedaba de vida.

Sacaron a Lorenzo de la casa. Lo sentaron junto a Rei, pero el chico no lo miró. Se mantenía sereno, con los ojos al frente. Parecía que ni tan siquiera le reconociera, o que ya fuera alguien tan insignificante para él que no mereciese ni un solo segundo de su atención.

Lorenzo no dejaba de sollozar, no le importaba la indiferencia de Rei, no solo hacia el muchacho, sino también al resto.

Ordóñez le cedió su lugar a López, no sabían si soportaría sentarse junto a los asesinos del jefe.

El sargento descolgó el walkie de la Radio.

—Aquí el sargento Prieto, vamos para el pueblo con dos detenidos, ¿cómo están las cosas por ahí?

—Más o menos controlado, sargento.

Prieto se volvió hacia el asiento trasero, hablando a través de la rejilla protectora.

—Muy bien, Rei, o como quiera que te llames en realidad, ha llegado el momento de saber hasta dónde has conseguido salirte con la tuya.

Para sorpresa e indignación del sargento, Rei sonrió y le guiñó un ojo.