Chapter 65
Ya estaban entrando en El Páramo cuando sonó la radio llamando desde la central.
—Sargento Prieto, han llamado desde El Páramo solicitando ayuda.
—Sí, envíen refuerzos. Avisen a las comisarías más cercanas, lo necesitamos ¡ya!
—¿Cuál es la situación, sargento?
Prieto, incrédulo, se hacía la misma pregunta.
La devastación era total, el pueblo estaba arrasado.
En las calles se veían personas tumbadas en un amasijo de brazos y piernas en posiciones imposibles.
Algunos estaban destripados, desollados.
Ordoñez contemplaba con desolación las calles en las que se producían forcejeos espaciados, en la que la muerte acechaba, golpeaba, aparecía implacable a su alrededor.
Subió la ventanilla consternada.
—Estamos entrando al pueblo, desde nuestra posición se ven varias edificaciones ardiendo y se escuchan gritos. Creo que hay personas muertas o al menos heridas.
—Las unidades ya están en marcha.
La inspectora Ordóñez iba inclinada hacia delante en su asiento, con las manos apoyadas en el salpicadero y mirando por la luna delantera. La consternación había dado paso a la incredulidad.
Las calles estaban prácticamente vacías, salvo los cuerpos tendidos en el suelo que salpicaban el paisaje aquí y allá. Sin duda, los vecinos habían corrido a refugiarse en sus casas. Pero ¿de qué? ¿De quién ?
Prieto condujo directo a la comisaría. Un grupo de cinco chavales pasaron corriendo a lo lejos al ver el coche patrulla. Sin duda los salvajes comenzaban a disiparse alertados por las sirenas y las luces de los coches policiales.
El edificio de la comisaría se consumía entre llamas.
Prieto detuvo el coche y él y la inspectora bajaron al mismo tiempo. Ella fue la primera en echar mano a su pistola. Prieto la imitó.
Los dos agentes que les acompañaban hicieron lo mismo acercándose a ellos. Prieto hizo un gesto con la cabeza y se desplegaron. Él y la inspectora hacia la derecha y los dos agentes a la izquierda.
Iban bordeando la comisaría. El calor que desprendían las llamas era insoportable e iluminaba toda la zona.
No tardaron en ver un cuerpo. Se arrastraba con dificultad por el suelo, entre toses. Prieto vio que portaba un arma y retuvo a la inspectora, que le había adelantado.
Aguzó la vista y se fijó en que vestía uniforme.
—¡García! —gritó.
El hombre levantó el rostro y Prieto vio que era más joven.
—López —gritó desdel suelo con las fuerzas que le quedaban.
Prieto soltó a la inspectora y ambos se acercaron con rapidez. El hombre estaba intoxicado por el humo y se sujetabal cuello. A través de su mano goteaba sangre, aunque no en abundancia.
—Lopez, ¿qué está pasando aquí ?
Ayudó al agente a sentarse y le dio unos segundos para que tomara aire.
—Está herido —afirmó la inspectora.
El ayudante del jefe movió la mano en la que sujetaba la pistola.
—No es grave, es un rasguño.
—¿Qué está pasando? —repitió Prieto.
El Ayudante tosió antes de hablar.
—Nos han atacado. Esos críos han venido al pueblo en tropel y han atacado a los vecinos indiscriminadamente. Esto es un caos.
Se tapó la cara sucia de hollín con ambas manos, sin soltar la pistola.
—Tienen que ir a casa del jefe. Su hijo está allí y tiene su arma. Me disparó, pero solo me rozó el cuello —dijo mostrando la herida.
Prieto comprobó que no era grave. Escuchó a uno de los agentes desde el otro lado de la comisaría.
—¡Alto! ¡Deteneos!
Angustiado y en un acto reflejo López levantó su arma. Prieto trató de tranquilizarlo.
—Ya está, no pasa nada.
—¡Oh, sí, vaya si pasa! Están repartidos por todo el pueblo. Salen desde cualquier esquina, han asesinado a unos cuantos. Cuando el hijo del jefe me atacó solo se me ocurrió venir aquí, a la comisaría, pedí ayuda a Vega.
—Lo sabemos, ya están en marcha, no tardarán en llegar .
López tosió de nuevo y trató de ponerse en pie. La inspectora le ayudó a incorporarse.
—Nada más llegar rodearon la comisaría. Me encerré en el baño cuando rompieron la cristalera, pero entonces prendieron fuego y tuve que salir por la ventana como pude.
Me estaban esperando, pero disparé un par de veces al aire y cuando escucharon las sirenas de sus coches salieron corriendo.
No sé que hubiera pasado si no hubiesen llegado.
Entonces pareció recordar.
—¡Hay que ir a casa del jefe!
Llegaron hasta el coche. La inspectora buscó en su bolso y le tendió a López una botella de plástico con agua.
Los agentes también regresaban a su coche. Llevaban a rastras a un chico esposado.
Prieto se dirigió allos.
—Métanse en su coche, los refuerzos tienen que estar al llegar. Esperen en alerta.
Luego la inspectora, López y él se subieron a su coche y partieron hacia la casa del jefe.