Los hijos rotos Chapter 64
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Chapter 64

Rei llegó a la casa del jefe y vio la puerta entreabierta y las luces encendidas en el interior. Subió las escaleras que daban al porche poco a poco, con cautela.

—¿Lorenzo?

Vio aparecer al chico, la pistola en la mano temblorosa, apuntando frente a él.

—¿Quién anda ahí?

—Soy Rei.

Lorenzo bajó el arma aliviado, Rei no sabía muy bien si por el hecho de que fuera él o de que alguien tomaral relevo de lo que había comenzado.

Rei entró en el salón y comprobó que el chico había cumplido con creces.

El matrimonio estaba sentado en el sofá, las manos a la espalda sujetas por las muñecas con cinta adhesiva.

También les había tapado la boca con la misma cinta.

Rei imaginó que no quería caer en la tentación de dejarse convencer con las súplicas de su madre ni escuchar las palabras llenas de desdén que le dirigiría el jefe, más decepcionado de él de lo que ya estaba antes de que sucediera todo aquello.

Sin embargo él no temía nada de aquello, él estaba deseando escuchar súplicas y absorber la soberbia del jefe para multiplicar aún más su odio.

Le quitó la pistola a Lorenzo y después tiró de las mordazas. Primero de la de Minia y después de la del jefe.

Lorenzo se sentó en la butaca preferida de su madre y apoyó los codos sobre sus muslos metiendo la cabeza entre las manos. Ahora que Rei estaba allí, extrañamente le parecía que nada de aquello tenía sentido.

Minia agachó la cabeza, con los mechones de cabello saliéndose del moño, y comenzó a sollozar.

—Hijo de puta —dijo, en cambio, el jefe.

Rei le ignoró y pasó el cañón de la pistola con suavidad bajo la barbilla de Minia obligándola a levantar la cabeza.

—¿Por qué lloras?

El jefe se revolvió en el sofá y trató de levantarse, pero las manos a la espalda y el balazo en la rodilla se lo impidieron.

—¡Déjala en paz! ¡Debí hacerla caso! A ella, al médico, a los otros que querían sacarte de aquí a rastras apenas pusiste un pie en el pueblo.

Rei quitó el cañón de la barbilla de Minia. Se volvió hacia el jefe, hasta sintió pena de él.

—Pero no lo hiciste. Es una vieja costumbre, ¿no? No haces nada y luego ya es demasiado tarde.

Rei abrió los brazos y rió. Minia dejó caer de nuevo la cabeza. El jefe no entendía nada, miraba a su mujer y a aquel muchacho y no dejaba de pensar que parecían compartir un secreto, algo que a él se le escapaba.

Entonces dirigió su furia hacia Lorenzo.

—¿Y tú, qué? Sabía que eras una nenaza, pero además eres un monigote, un mierda que se deja manipular por esta bestia. ¡Ten un poco de sangre! Es tu madre, te dio la vida y tú la entregas .

Lorenzo se abrazó a sí mismo Subió los pies a la butaca, se cogió por las rodillas y comenzó a balancearse hacia adelante y hacia atrás, en shock.

—No entiendes nada, jefe. ¿Sabes por qué te dejo hablar? Porque me facilitas el trabajo.

El jefe intentó zafarse de nuevo.

—No sé a lo que te refieres, pero nadie va a librarte de esta. No sabes lo que estás haciendo.

—¿Quién dice que me quiera librar? —preguntó Rei sin acritud, con total tranquilidad— Usted y yo no nos parecemos en nada, no quiera proyectarse en mí.

Después volvió a levantar la cabeza a Minia, esta vez agarrándola por el moño.

—¡Suéltala, cabrón! ¡Enfréntate a mí si eres hombre y no con una mujer indefensa!

Minia giró la cabeza y sollozó más fuerte, pero Rei la obligó a mirar a su marido.

—¡Díselo, Minia! Dile quién ha convertido a Lorenzo en todo lo contrario de lo que él quería que fuese.

El jefe miraba expectante a su mujer. Por más que lo intentaba no lograba entender lo que aquel muchacho pretendía.

—¿A qué se refiere, Minia?

La mujer miró a su hijo, balanceándose en la butaca, totalmente fuera de la realidad.

—Has sido tú, tú le has hecho así —le dijo a su marido.

El jefe frunció el ceño .

—¿Qué está pasando aquí? ¿Os habéis vuelto todos locos?

—¡Has sido tú! —Chilló Minia de pronto —. Con tus palabras, tus desprecios, tu desdén, tus insultos. ¡Le envenenaste! Le hiciste empequeñecer hasta destrozarle.

Lo último lo dijo en voz baja, moviendo la cabeza de un lado a otro hasta fijar la mirada en Rei.

—Lo siento.

El jefe no dejaba de pasar su mirada de uno a otra, la boca semiabierta, intentando asimilar todavía todo lo que le había dicho su mujer.

—Sabes quién soy —Afirmó Rei sin quitar la mirada del rostro lloroso de Minia.

—Desdel mismo momento en el que te vi. Eres su vivo retrato.

—No quiero tu arrepentimiento. No quiero que me digas que lo sientes, no es cierto. Ninguno lo sentís.

Sin dudar, Rei colocó la pistola en la sien de la mujer y disparó.

El jefe pegó un salto en el sofá y Lorenzo gritó tirándose a los pies de su madre.

—¡No! ¡No! —El jefe volvió a forcejear tratando de soltarse —Cobarde, eres un cobarde, cabrón. Era una mujer indefensa.

Rei se plantó frente a él. Se acuclilló para ponerse a su altura.

—¡Mírame! ¿Aún no sabes quién soy? Me llamas cobarde, mírame, ¡mírame bien!

¿Soy un cobarde o soy tu reflejo? Eso te repele de mí.

Dices que acabé con una mujer indefensa y culpas a tu hijo de no hacer nada, pero ¿qué hiciste tú?

Acaso tú defendiste a una mujer indefensa mientras la tuya y el Rubio la menospreciaban, la trataban con desdén, la despedazaban envenenando a todo un pueblo hasta que la destrozaron.

Al menos Minia lo entendió antes de morir, ¿tú no vas a ser ni siquiera capaz de eso?

El rostro del jefe palideció. Su boca se secó y las palabras apenas se entendieron.

—Eres el hijo de Clara.

A Rei le bastó. Sabía que moría sabiendo la razón por la que lo hacía. No todo el mundo tenía ese privilegio.