Los hijos rotos Chapter 63
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Chapter 63

Santiago Prieto y la inspectora Ordóñez iban en el primer coche, seguidos por el otro en el que iban los dos agentes.

La inspectora Ordóñez levantó un cigarrillo en la mano pidiendo permiso en silencio a Prieto y este asintió, aunque no le hacía mucha gracia que fumara. Era un vicio que nunca había entendido y le molestaba bastante el olor, pero no quería ser quisquilloso.

—Cuéntame —dijo ella—. Creo que la historia da para una novela.

—Ya lo creo, además en El Páramo, donde nunca pasa nada. Pues es el lugar que escogió un loco para montar algo así como una secta.

—¿Una secta? ¿Y qué hacen? ¿Bailan desnudos y beben sangre humana? —preguntó la inspectora, sin sospechar que su ironía se acercaba bastante a la realidad.

Prieto agitó la mano en el aire para dispersar el humo que le llegaba a la cara sin que la inspectora se diera por aludida. Bajó un poco la ventanilla.

—No sé a lo que se dedican, solo sé que los padres de uno de los miembros denunciaron su desaparición…

—¿Un menor? —preguntó ella interrumpiéndole. Tenía esa manía, todos lo sabían en la comisaría.

—No, por eso no podíamos actuar, se supone que se largó voluntariamente.

—¿Entonces? ¿Qué motivo tenemos para detener al chico? A eso vamos, ¿no?

La inspectora bajó la ventanilla de su lado y tiró la colilla encendida. Prieto se quedó con ganas de reprenderla, pero prefirió morderse la lengua.

—Verás Ordóñez, vamos a detenerlo por suplantación de personalidad. El chaval anda por ahí identificándose con el documento de otro, que a su vez está desaparecido. Creo que va a tener que darnos más de una explicación.

—La mujer de la comisaría, ¿de quién es madre? ¿Del suplantador o del suplantado?

—Del suplantado.

—¿Qué crees que ha sido de él?

—No lo sé, me gustaría que, en el mejor de los casos, sea uno de esos chalados que forman la secta y le haya prestado su documentación al suplantador, pero, para ser sincero, yo creo más posible el peor de los casos.

Ordóñez resopló.

—Joder, sí, señor, todo un culebrón.

Apenas terminó de decirlo olfateó en el aire.

—¿A qué huele? ¿No te huele a humo?

Prieto pensó que todo el coche le apestaba a tabaco, pero de nuevo prefirió callarse y dilató sus fosas nasales olfateando a su vez. Era cierto, aquello no era el olor del humo del tabaco. Se preguntó si la colilla encendida que la inspectora había arrojado por la ventanilla tendría algo que ver.

Estaba a punto de parar el coche, cuando achicó los ojos y le pareció ver una columna negra, extendiéndose en un cielo que se volvía de un tono anaranjado resplandeciente en la distancia .

—¿Lo estás viendo? —preguntó la inspectora como si no se fiara de sus propios ojos.

Entonces superaron un rasante y El Páramo quedó a la vista como a un kilómetro o dos de distancia reposando sobre la explanada. Se encontraron con una estampa inesperada.

—¿Qué coño? —exclamó Ordóñez.

El horizonte mostraba distintos puntos de luz, llamas que ondeaban y devoraban varias edificaciones.

Una enorme hoguera envolvía la que fuera la mansión del Rubio, en las afueras, mientras una lengua de fuego se extendía como una falda, una prolongación de la casa a lo largo de cientos de metros de terreno.

En el pueblo, los incendios se salteaban y desde la distancia parecían grandes focos naranjas repartidos al tuntún.

Prieto encendió las luces azules, puso la sirena en marcha y apretó a fondo el acelerador.

En ese momento a su cabeza no acudía otra imagen más que la de aquel misterioso impostor y todo un enjambre de muchachos rodeándolo y dispuestos a hacer cualquier cosa que el mismo les pidiera.