Los hijos rotos Chapter 62
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Chapter 62

Lorenzo fue directo a la casa de sus padres en cuanto salió de la finca del Rubio.

Rei se lo repitió varias veces para asegurarse de que el chico lo hiciera bien.

—Vas directo a casa de tus padres. Tienes que llegar antes de que tu padre se percate de lo que sucede y pida ayuda a Vega, a ese perro guardián que se ha buscado.

No te pierdas en explicaciones, hazte con su pistola.

¿Sabes dónde la deja al llegar a casa? —Lorenzo asintió— Bien, inmovilízalos, pero no los mates, necesito hablar con ellos, ¿entendido? —El chico volvió a asentir.

Mientras corría hacia la que hasta hacía muy poco había sido su casa, se preguntaba cómo iba a hacer para inmovilizar a sus padres, sobre todo a su padre. Era él quien tenía aquella habilidad para dejarle paralizado tan solo con palabras hirientes.

Lorenzo tragó saliva con dificultad y apretó los puños recordando el desprecio que su padre le había dejado que supiera que sentía por él desde que tenía conciencia para recordarlo.

Se regocijó en ese dolor. Eso le daba valor para inmovilizarlo de la única forma posible.

Lo haría. Con su madre ya se vería. Hacerle daño a ella ya no se le antojaba tan fácil como había pensado en las reuniones nocturnas, cuando la culpaba de no haberle protegido como debía ante aquel monstruo al que, encima, ella amaba.

Cuando llegó al pueblo todo estaba todavía en calma.

Le pareció ver a Sonia corriendo hacia su casa.

Él giró a la izquierda, cogió la carretera estrecha bordeada de prados y recorrió como quinientos metros antes de divisar la casa, de una única planta, no muy grande, con la fachada tan blanca que casi relucía bajo la luna.

La luz del porche estaba encendida y sus padres estaban sentados en el sofá de dos plazas con dos cervezas en la mesa baja que había frente a ellos.

Hasta Lorenzo llegó la risa de su madre.

Los odió. Parecían dos adolescentes, una pareja de novios que disfrutaban de la libertad que su ida les había brindado.

Sin embargo, su madre se apresuró a ponerse en pie cuando la luz le dio lo suficientemente de frente como para que lo reconociera.

—Lori —Así le llamaba. El temblor en su voz le resultó sincero.

Él se echó en sus brazos y la madre le abrazó, le apartó un poco, le pasó las manos por la cabeza, las mejillas, le besó la frente.

El jefe también se levantó, se acercó y le apretó un hombro.

—¿Ha pasado algo?

Su tono fue neutro. Lorenzo lo sorprendió confuso, descolocado ante su repentina vuelta, sin saber qué pensar. Ante la alegría ingenua de su madre se encontraba la preocupación de aquel hombre que sospechaba de todo, quizá por deformación profesional.

—Solo vengo a buscar algo.

Vio la decepción en el rostro de su madre, pero le pareció que no podía haber dicho una mentira más adecuada para convencer a su padre y, sin que este lo supiera, a sí mismo de que iba a hacer lo correcto .

—¿Puedo pasar?

Minia se apresuró a abrir la puerta y animarle tomándole de un hombro. También le hizo un gesto al jefe para que les siguiese. Seguramente pensaba que si hablaban con él, si el jefe hacía un esfuerzo, el muchacho se quedaría, aunque fuese esa noche.

—Voy a mi habitación.

El jefe fue directo a la cocina, a abrir la nevera para sacar otra cerveza. Minia hizo amago de ir tras Lorenzo.  Ahora que estaba allí, no quería despegarse de él, pero el muchacho se volvió hacia ella y dijo con firmeza.

—Ahora vengo.

Y la dejó bajo el vano de la puerta del salón, así que Minia se sentó en su butaca favorita y le hizo un gesto al jefe para que también se sentara.

—Es nuestra oportunidad, te lo pido por favor —dijo en voz baja para que Lorenzo no la escuchara desde su habitación.

Pero el chico no estaba allí. Había entrado en el cuarto de sus padres, abierto el armario vestidor y cogido la pistola del estante superior.

Cuando volvió al salón lo hizo con los brazos estirados sujetando el revólver. Les apuntaba. Su rostro estaba serio, sudoroso, no sabía si por el calor o los nervios.

Minia soltó un gritito y el jefe resopló.

—No podía esperar menos de ti. Tenías que montar un espectáculo a cualquier precio.

Se levantó y dio un paso antes de que Lorenzo alzara la voz .

—No te acerques más.

—Pero si ni siquiera sabes usar ese arma, ni para probar a disparar cuando te propuse aprender tuviste huevos.

Lorenzo dibujó media sonrisa en su rostro.

—Tampoco a mí me sorprende que me digas algo así, papá, no esperaba menos de ti.

Minia alargó los brazos con las manos abiertas hacia su hijo.

—Lori, vamos a hablar. Comprende que todo esto que ha pasado ha sido muy difícil para tu padre y para mí.

—¿Ha sido difícil? No me lo pareció cuando llegué aquí, estabáis ahí, tan felices, una parejita de enamorados disfrutando de una noche de verano.

El jefe se había ido acercando poco a poco a su hijo.

—¡Que te estés quieto!

Pero el jefe estaba seguro de que Lorenzo no se atrevería. Era incapaz de medir hasta qué punto el discurso de Rei había medrado en la mente de aquellos muchachos, incluido su hijo. Siguió su avance sin vacilar y observó el gesto de desapego en el rostro del chico.

La detonación hizo dar un salto a Minia en la butaca, mientras se tapaba los oídos.

El jefe cayó al suelo mientras sentía cómo le ardía la rodilla derecha. Atónito se la sujetó con ambas manos mientras se retorcía .

—Más vale que te quedes ahí, o tendré que agujerearte la otra rodilla para que no puedas andar. Y tú quieta en tu preciosa butaca. —Instó a su madre.

Ambos le miraban sin poder creer que lo que estaba sucediendo era real. Tan abstraídos estaban que, durante unos momentos, les pasaron desapercibidos los gritos a lo lejos, los golpes, incluso alguno de los tiros que sonaron como petardos en una fiesta y que provenían del pueblo.

Solo escucharon la voz de López, alterada, fuera de sí, incluso haciendo algún gallo.

—¡Jefe, jefe tiene que venir al pueblo! —gritaba mientras entraba en la casa.

Se quedó estupefacto ante la imagen de Lorenzo sujetando el revólver y el jefe en el suelo, sangrando. No le dio tiempo a apreciar de dónde salía la sangre, en qué lugar del cuerpo le habían herido, porque Lorenzo apuntó hacia él y disparó sin dudar.

La bala rozó el cuello de López y este se llevó una mano a la herida y para lo único que tuvo reflejos fue para salir corriendo de la casa al tiempo que Lorenzo le volvía a disparar sin acertar.

Patinó en el patio y consiguió llegar hasta el coche.  Aún escuchó un tiro más. Se montó y salió a toda velocidad de la propiedad del jefe.

Solo se detuvo y apagó las luces cuando se encontraba a doscientos metros del pueblo. La herida era superficial, así que decidió que lo más urgente en ese momento era contactar con Vega y pedir ayuda con urgencia.