Los hijos rotos Chapter 61
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Chapter 61

La taberna ya había cerrado, pero aún se veía luz en su interior. Al estar a la salida del pueblo, apartada del núcleo de las casas, parecía que el dueño no estaba al tanto de lo que sucedía en el centro del Páramo cuando los tres muchachos empujaron la puerta y se colaron sin avisar.

—Está cerrado —dijo el hombre obeso, que pasaba una sucia bayeta sobre la barra de mármol blanco.

—Mejor.

Solo entonces el tabernero levantó la cabeza y arrugó el entrecejo al ver a los chicos. Por supuesto los conocía, hijos de sus clientes, sabía que eran de los que se habían mudado a la finca del Rubio siguiendo a aquel maldito forastero que se había llevado a su hija.

—Sabéis que no vendo mercancía para esa asquerosa rata a la que servís.

Escupió al suelo como queriendo dejar claro el asco que le generaban.

—Nadie quiere tu mierda de garrafón, gordo.

Al tabernero le pareció ver un reflejo, un objeto a la espalda del chico que había hablado.

Era el hijo del Aurelio, le conocía desde que era un bebé, de hecho había asistido a su bautizo.

Era un año mayor que su Amelia, aunque habían ido a clase juntos, porque aquel gandul había repetido más de un curso.

Precavido, se echó hacia un lado y cogió un botellín de cerveza de los que tenía bajo la barra, metido en su caja y listo para retornar cuando el repartidor viniera a traer las cajas llenas .

—¿Y qué coño queréis, entonces? Ya os he dicho que está cerrado.

El tono hosco pareció divertir a los chicos en vez de amilanarlos.

—Mejor para nosotros —dijo el hijo del Aurelio, sacando el enorme cuchillo que llevaba a la espalda.

El tabernero no perdió un segundo. Golpeó el botellín contra el borde de la barra, sujeto por el cuello,  y lo blandió hacia los chicos. Estos permanecían unidos, dispuestos a no dejarle escapar.

—¿Qué coño estáis haciendo? ¿Sabe esto mi hija?

—¿No iba a saberlo? Pero si es la reina. —Se rio otro de los chicos. Saltó con agilidad al otro lado de la barra y sacó una cadena que parecía de una motocicleta.

El tabernero se giró hacia él apuntándole con la botella rajada.

—Sois unos desgraciados, ¿qué queréis? ¿Dinero? ¿Ya habéis desplumado al viejo y venís a por más?

El latigazo de la cadena le hizo soltar la botella y otro de los chicos también saltó la barra y le pasó un brazo por el cuello desde la espalda.

La cadena le golpeó esta vez en el rostro, dejando una marca roja abultada. El tabernero se revolvió, se dejó caer y aplastó al chico que tenía a su espalda.

El hijo del Aurelio entró tras la barra y le hundió el cuchillo en el vientre. La sangre comenzó a manar a borbotones, pero, aun así, el hombre se puso en pie y se lanzó embistiendo con la cabeza por delante contra el pecho del chico, empujándolo contra el de la cadena .

—Es un cerdo grasiento, ese cuchillo no le ha traspasado más que la grasa.

El chico al que había aplastado volvió a la carga y le sujetó de nuevo por el cuello.

El de la cadena corrió tras él y se la pasó también por el cuello haciendo que el hombre usase sus manos para sujetarla y tratar de aflojar la presión de la misma, que le estaba asfixiando.

El cuchillo se introdujo ahora por uno de sus costados y el hombre de derrumbó en el suelo, golpeando la cara, porque no soltaba las manos de la cadena.

—Oing, oing, el cerdito ya casi está listo para la cena. —Se burló el de la cadena. La soltó y le echó los brazos hacia atrás, apretando ahora sus muñecas a la espalda.

Entre los otros dos levantaron al tabernero con dificultad.

Uno de ellos hizo un gesto con la cabeza hacia el fregadero lleno de agua y cacharros sucios.

—Vamos a lavar a este cerdo.

Los chicos le empujaron hacia el fregadero y ante la resistencia del hombre a agacharse, el del cuchillo se lo hundió en la rodilla derecha.

Con un grito, el tabernero cayó al suelo mientras los chicos saltaban a su alrededor entre risas. El hijo del Aurelio le cogió del cuello y metió la cabeza del tabernero en el fregadero.

—Oing, oing.

El tabernero pensó que perdería la conciencia, pero antes de que sucediera lo volvieron a dejar respirar .

—¿Por qué?

El de la cadena dejó de sonreír. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo.

—Así es como se trata a los cerdos que dejan a las niñas sin su madre y se aprovechan de ellas.

Antes de que el tabernero pudiese replicar o defenderse notó cómo volvían a empujar su cabeza bajo el agua. Vio los vasos de vino, cucharillas , trozos de estropajo y tazas de café desconchadas.

Esta vez no volvieron a sacarle la cabeza. Cuando dejó de patalear le dejaron allí, arrodillado en un charco de su propia sangre y orina.

Golpearon y derribaron todas las botellas de alcohol que había en las estanterías y después soltaron la cerilla encendida y se sentaron fuera, a una distancia segura, para ver cómo las llamas lo consumían todo y se llevaban todo lo malo tal y como Rei les había enseñado.