Los hijos rotos Chapter 60
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Chapter 60

Los golpes llegaron de imprevisto, aunque Belinda ya estaba aterrorizada antes de escuchar cómo objetos —que suponía que serían piedras— chocaban contra las persianas que poco antes había bajado su hija.

Luego oyó los gritos, un aullido humano, las risas y los golpes en la puerta de entrada.

Restregaba una mano con la otra. Se mesaba los cabellos. Incluso tapó los oídos en un intento vano de que lo que ocurría se desvaneciese si ella no podía oírlo.

—¡Alcalde! Salga alcalde, los ciudadanos le reclaman —dijo la voz de un chico, con recochineo.

Belinda se acercó a la puerta y echó un ojo por la mirilla. Un muchacho, que le parecía el hijo del panadero y una chica a la que no reconocía, estaban anclados en el porche.

Abrió los ojos y se dio la vuelta apoyando la espalda en la puerta. El chico llevaba un hacha.

A lo lejos escuchaba sonidos apagados de alboroto y pudo oler el humo.

—Vamos, alcalde, salga, ¿o acaso hay que pedir audiencia?

La risita de la chica provocó un escalofrío que recorrió la columna vertebral de Belinda.

La mujer se armó de valor.

—El alcalde no está aquí.

Un momento de silencio. Cuchicheos.

—Está muy feo esconderse detrás de las faldas de su mujer, alcalde.

—¡Os digo que no está aquí!

El hacha golpeó la puerta y la astilló un poco, haciendo que Belinda se apartará asustada mientras gritaba.

—¡Abre! ¡Abre o tiro la puerta abajo!

Belinda miró hacia los lados. Los nervios no la permitían pensar. Avanzó con paso rápido hacia la cocina y cogió uno de los cuchillos jamoneros.

—¡Tengo una escopeta! —mintió— Largaos de aquí.

El hacha volvió a golpear de nuevo la puerta astillándola un poco más. ¿Cuánto aguantaría?

—¿Dónde está el alcalde? Dinos dónde está y te dejamos en paz, no es a ti a quien buscamos.

Belinda se agachó y se arrastró hasta la puerta de nuevo.

—¿Qué estáis haciendo? ¿Para qué lo buscáis?

La voz del chico resonó en los oídos de la mujer. Ella seguía sin creer que fuese el hijo del panadero. El mismo muchacho que más de una vez la había atendido afable en la panadería.

—Se acabó, estoy harto, vamos a entrar a por ese gallina.

El hacha volvió a descargar, esta vez con más fuerza y seguido, sobre la puerta, formando un pequeño agujero. Reventarían la cerradura.

—¡No está aquí! Está en el ayuntamiento, tuvo que ir a terminar unas gestiones .

Belinda se limpió con la manga los mocos mezclados con las lágrimas.

Se preguntó si a su hija no le habría sucedido nada y habría conseguido llegar para avisar a su padre.

Recordó sus palabras: A mí no me pasará nada, soy una de ellos.

Una de ellos. ¿Y Tomás? ¿Dónde estaba su hijo?

¿Acaso el chico no era también uno de ellos?

¿Era de esto de lo que había huído? Un pensamiento atravesó su mente haciendo que se llevara otra vez una mano a la boca.

No había llegado a huír. De conseguirlo habría vuelto a casa para avisarles, igual que ahora su hija regresaba, aunque quizá ya fuese demasiado tarde.

—Abre, quiero comprobarlo.

El olor se extendía desde la planta de arriba y Belinda comenzó a toser. El humo se iba extendiendo por la cocina, el salón, la entrada.

—Déjala, la rata abandonará el barco.

Era la chica. Hacía rato que Belinda no la escuchaba hablar y se dio cuenta de que había prendido fuego a la casa. Seguramente había tirado algo sobre el tejado, porque el humo venía de la planta superior.

—Por favor, por favor, no me hagáis daño.

El humo hacía que le escociesen los ojos. Escuchaba a los chicos reír frente a la puerta. El muchacho lanzó un grito imitando a un indio en una película del oeste.

Belinda vio las llamas que asomaban por la escalera. Parte de la barandilla cedió y cayó en el suelo del salón.

—Por favor —suplicó.

—Salid ya —ordenó la chica .

Belinda estaba desesperada.

—¡No está aquí!

El techo de la cocina se ennegrecía con rapidez y la escayola se despegaba como la piel quemada por el sol.

Belinda comprendió que no aguantaría mucho, moriría abrasada si el humo no la asfixiaba primero.

—Por favor, no me hagáis daño.

Tiró al suelo el cuchillo que sujetaba con las dos manos  y salió con los brazos en alto, como si fuese la atracadora de un banco entregándose a la policía.

Apenas puso un pie en el porche el filo del hacha se incrustó en su cabeza, partiéndola en dos hasta casi la altura de la boca.

No le dio tiempo a sentir nada.