Chapter 59
Cuando la manada abandonó en tropel la casa del Rubio, la estancia pareció perder todo el misticismo para convertirse en un caserón fantasma.
Lupa se sentó en uno de los sofás subiendo los pies sobre la mesa baja que tenía enfrente, en otro tiempo ordenada y ahora llena de vasos, papeles, cajas de tabaco, botellines de cerveza, manchas de líquido derramado e incluso cristales y trozos de loza de distintos objetos destrozados.
Revolvió entre unas cuantas cajas de tabaco hasta encontrar una con cigarrillos y encendió uno sacándose un mechero del bolsillo.
Fila se acercó a la ventana que daba al jardín y se quedó oteando a la oscuridad. Allí la tranquilidad era total, en contraste con el caos que reinaba en el pueblo.
Sabían que Amelia y Rei tenían que hablar a solas.
Amelia se apoyó en la mesa de la cocina y observó a Rei, que abría la nevera para sacar un botellín de cerveza.
—¿Qué va a pasar ahora, Rei?
—Nada. A ti no va a pasarte nada.
Amelia se metió el pelo tras la oreja. Cogió el botellín que Rei le tendía y le dio un trago.
—¿De quién vamos a ocuparnos nosotros?
Rei suspiró. Se acercó hasta casi rozarla y le elevó el rostro hacia el suyo sujetándola por la barbilla.
—¿A ti de quién te gustaría ocuparte ?
Ella apartó la mirada al tiempo que se deshacía suavemente de su agarre.
—Rei, yo…
Vio cómo se debatía.
—Dilo, Amelia.
La chica volvió a enfrentarle la mirada.
—Yo no creo, Rei.
El muchacho sonrió. Tomó a Amelia de la cintura y la besó en los labios.
—Lo sabía. Sabía que eras tú desde el primer instante en que te vi y eso me entristeció. Porque ya no había marcha atrás. Y pensé cómo hubiera sido todo si te hubiese conocido en otro momento, en otro lugar.
Amelia le miraba sin comprender.
—¿Lo sabías? Creo que no me entiendes. Yo nunca he creído en tus palabras, en ese mundo del que hablas.
Pensé que me odiarías si te enterabas, que no me dejarías formar parte de tu vida, pero yo no quiero ocuparme de nadie, no quiero dañar a nadie.
Esto me parece horrible, lo que van a hacer me parece inhumano. ¿Acaso no lo entiendes?
Rei seguía abrazando su cintura y cuanto ella más hablaba, él más sonreía.
—Claro que lo entiendo, y no esperaba menos de ti. Lo que yo temo, la razón por la que nunca te he tocado como mujer es que yo no puedo permanecer al margen de lo que sucederá esta noche. No soy digno de ti.
Amelia bajó la vista al suelo .
—Tú has provocado todo esto, pero puedes quedarte al margen también. No tienes por qué dañar a nadie.
Rei alzó los ojos hacia el techo, haciendo un gesto para indicar la habitación del viejo.
—Demasiado tarde.
Amelia comprendió. Se llevó la mano derecha a la boca y sus ojos brillaron por las lágrimas.
—Pensaba que el viejo…
—Un día te explicaré todo, si tú me lo permites.
—¡Claro que te lo permito! ¡Explícamelo, por favor, haz que pueda perdonarte y no me sienta como una escoria por seguir amándote a pesar de lo que has hecho!
Fila se asomó a la puerta de la cocina. No dijo nada, pero Rei sabía que le estaba apurando. Tenían que darse prisa.
—Ahora no puedo explicártelo. Tienes que irte con Fila y con Lupa.
—¿Qué?
Rei la cogió de una mano y la arrastró hacia la puerta de salida. Fila esperaba allí y Lupa estaba al volante de la camioneta, con ella en marcha, esperando en el jardín.
—Voy a hacer lo que tengo que hacer, iré al pueblo, tengo que ocuparme de alguien más. No sé si podrás seguir amándome, pero yo a ti te voy a amar siempre.
Fila tomó el relevo y fue él quien agarró a la chica llevándola hacia la camioneta. Amelia solo se resistió cuando quiso empujarla dentro .
—Rei, ven con nosotros. Explícame lo del viejo, sé que podré entenderlo.
—Sube a la camioneta. No puedo pedirte que me esperes, solo te pido que vivas, que disfrutes lejos de las cadenas que te impuso tu padre, que seas libre, y si me sigues amando cuando sepas todo de mí, llegará nuestro momento.
Fila empujó ligeramente a la chica y esta se sentó entre Lupa y él. Rei cerró la puerta de la camioneta.
—Nos vemos, hermano —dijo Fila, evitando llamarle Rei.
Amelia sollozaba en silencio. Rei le estrechó la mano a Fila.
—Tres partes iguales, la mía para Amelia —le dijo—. Y cuídala.
Fila asintió.
—Un trato es un trato —contestó.
—Cuídate, hermano —dijo Lupa, en el mismo tono que antes lo había hecho Fila.
Se pusieron en marcha y Rei se dio la vuelta, mirando de frente a la casa. Recogió las dos garrafas de gasolina del porche, subió al cuarto del viejo y vació una antes de tirar la cerilla encendida.
Después fue vaciando la otra mientras bajaba las escaleras y atravesaba el salón hacia el porche. La tiró a un lado y volvió a entrar en la casa para acercarse a un rincón y hacer levantar a Duli con la gata en los brazos.
Salieron de la casa y Rei tiró otra cerilla. Duli se llevó una mano a los ojos ante el resplandor. Era hermoso. A pesar de lo que significaba, la casa en llamas era una visión hipnótica y se quedaron unos minutos observándola.
—Prométeme que la cuidarás, esa es tu misión —dijo refiriéndose a la gata.
—Lo prometo —dijo el hombre, muy serio.
—Ahora vete junto a la piedra grande. Esta es la última noche de fiesta y tienes la hoguera más grande y bonita que verás nunca —dijo Rei apuntando a la casa—. No vuelvas al pueblo hasta el amanecer.
Duli asintió sin apartar los ojos del fuego, como si estuviera obnubilado con el baile de las llamas. Luego, obediente, se dio la vuelta y caminó en dirección a los árboles que daban entrada a la finca. Rei también salió caminando, pero él tomó la carretera que llevaba al pueblo.