Chapter 57
Sonia salió con el resto de los muchachos de la casa del Rubio. El corazón palpitaba con estruendo en su pecho, como si fuese un tambor desaforado. Le parecía imposible que el resto no pudiese escucharlo. Como tampoco parecían apreciar el terror en su rostro. El miedo y la traición.
Pasaban las diez de la noche y había oscurecido, pero había luna llena y se veía bien entre las sombras.
Apenas atravesó la verja corrió con todas sus fuerzas mientras escuchaba los gritos de los otros muchachos tras ella.
—¡Eh, no tengas tanta prisa!
—¿A dónde vas sola? Vuelve, es mejor ir en grupos.
Pero Sonia tenía una sola idea en la cabeza, y era llegar a su casa antes que los dos muchachos a los que Rei había encargado ocuparse de sus padres.
Los encargados eran Marcos y Luci. Cómo había cambiado aquella chica.
Tan apocada cuando llegó, tan temerosa, como una ratita silenciosa.
Y ahora se había transformado. Era una de las más fervientes en las reuniones, de las más acaloradas a la hora de repetir las consignas y, Sonia estaba segura, también a la hora de llevarlas a cabo.
No tardó en llegar al pueblo, pasó frente a la cantina en la que vio al tabernero y un par de parroquianos rezagados antes de irse a cenar.
Después recorrió, jadeante, las calles empedradas, pasando frente a las casas con las luces encendidas, a la puerta de algunas se formaban solanas de vecinos que sacaban sus propias sillas para charlar a la fresca.
Había niños jugando en la plaza, grupos de personas paseando tras la cena…
Sonia se limpió con rabia las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Vio su casa, sobresaliendo entre la de dos vecinos, como si la escoltasen.
Comenzó a aporrear la puerta. El sonido provocó los ladridos del perro de uno de los vecinos y, en medio del escándalo, su madre abrió la puerta y miró a Sonia como si fuese un fantasma.
La chica empujó a Belinda sin miramientos al interior y cerró la puerta.
—¡La llave! ¡Dame la llave!
Belinda no reaccionaba y Sonia la descolgó ella misma del portallaves atornillado a la pared y la giró en la cerradura dejándola puesta.
—Sonia, ¿qué pasa?
Belinda trató de abrazarla, pero la chica se zafó y siguió corriendo por la casa, bajando las persianas de la planta baja para luego seguir por las de arriba.
Belinda la perseguía por la casa, sin saber cómo actuar.
—Sonia, ¿vas a quedarte? Dime que has vuelto para quedarte. Dime a dónde ha ido tu hermano.
Entonces Sonia se detuvo en seco, como si acabara de caer en la cuenta. Había recorrido la casa de abajo a arriba y no le había visto.
—¿Y papá? ¿Dónde está papá?
Belinda, por fin pudo abrazarla, aunque Sonia se quedó rígida, con los brazos caídos, sin corresponderla.
—Papá está en el ayuntamiento .
—¿En el ayuntamiento? Pero es muy tarde. No, no, ¿qué hace allí?
Se llevó las manos a la cara y parecía que fuese a arañarse las mejillas. Belinda la sujetó por las muñecas y se las apartó.
—Sonia, dime qué está pasando.
De repente un grito hendió el aire y a Sonia se le heló la sangre. Pronto comenzaron a escucharse más gritos y pasos que corrían por la calle. Una algarabía pasó frente a la puerta y se escucharon unos golpes desesperados y de nuevo pasos que corrían alejándose.
—¡Mamá, no abras la puerta a nadie!
Ella giró la llave de nuevo dispuesta a salir, pero Belinda la sujetó por el antebrazo y la hizo volverse.
—Qué pasa, dímelo —su voz sonó histérica y Sonia se mordió el labio inferior con tanta fuerza que se hizo sangre.
Veíal terror junto a la estupefacción y la sorpresa en el rostro de su madre. Las palabras acudían en tropel a su boca, sabía que no podía detenerse a explicar nada si quería salvar a su padre.
—Mamá, hazme caso. No abras a nadie. ¡A nadie! No importa lo que te digan, o que supliquen. ¡Quédate dentro y no abras!
Belinda la seguía sujetando. No comprendía lo que sucedía, escuchaba los gritos, los golpes, el sonido de cristales que se rompían, los gañidos de los perros, y solo una cosa le importaba.
—Está bien, pero quédate conmigo.
—No puedo, tengo que avisar a papá .
Los gritos en la calle cada vez se volvían más frecuentes. También las carreras, los golpes secos de puertas que se cerraban, persianas bajando a toda prisa.
—No sé que está pasando, pero quédate conmigo, por favor. Es peligroso que salgas.
—A mí no me harán nada, ¿no lo entiendes, mamá? Soy una de ellos.
Belinda la miró con ojos horrorizados, fuera de las órbitas, traicionados. Y, aun así, suplicó.
—Quédate conmigo.
Sin embargo, Sonia abrió la puerta y salió corriendo de nuevo por las calles.