Los hijos rotos Chapter 56
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Chapter 56

Santiago Prieto se llevó con él a la pequeña mujer a la comisaría.

La dejó sentada con un agente mientras interponía la denuncia por la desaparición de su hijo y él se fue, a la carrera, hasta el despacho del comisario. Abrió la puerta sin llamar y lo sorprendió hablando por teléfono.

Este le miró perplejo, pero cuando vio que Prieto no salía del despacho acortó la conversación y se despidió con brevedad.

—Sargento…

—Tengo que volver al Páramo.

El comisario se levantó y cerró la puerta que Prieto había dejado abierta.

—¿Qué ha pasado? ¿Alguno de esos chicos ha declarado algo importante?

—Ninguno de los chicos ha declarado. Se han negado. —El sargento apuntó con su mano hacia la puerta —. Tengo ahí fuera a la madre de Reinaldo Castro Antuña denunciando la desaparición de su hijo.

El comisario movió la cabeza hacia los lados indicando no entender.

—Pero sabemos dónde está el chico.

Prieto sonrió con satisfacción.

—No, no el verdadero Reinaldo.

El comisario comprendió de inmediato.

—Se está haciendo pasar por otro .

—Y ya tenemos dos desaparecidos, el Reinaldo real y el hijo del alcalde.

El comisario asintió. Lo que se presentaba como una huida voluntaria se estaba complicando.

—¿Necesita refuerzos? La inspectora Ordóñez le acompañará, ¿pero cree que puede necesitar más agentes? Dice que son unos cuantos muchachos los que viven en ese lugar.

El comisario levantó el teléfono y pidió a la inspectora que se presentara en su despacho.

Prieto estaba reflexionando sobre la propuesta de llevarse más efectivos cuando la inspectora ya golpeaba a la puerta.

No era exactamente novata, pero llevaba poco tiempo en la comisaría y estrenaba su ascenso a inspectora.

Era una mujer treintañera, no muy alta, delgada, de aspecto frágil aunque despierto.

Prieto recordó la última visita a la finca y la treintena de muchachos que flanqueaban al falso Rei, todos dispuestos a seguir órdenes de su mesías.

—Quizá un par de agentes más no me vendrían mal.

El comisario volvió a asentir. De nuevo levantó el teléfono y Prieto aprovechó para explicar muy por encima la situación a la inspectora Ordóñez.

—En el viaje le contaré más detalles.

El comisario dio su visto bueno y Prieto y Ordóñez salieron dispuestos a ponerse en marcha hacia el Páramo de inmediato.

Dos agentes esperaban al final de la sala listos para acompañarlos en otro de los coches.

Al pasar junto a la mesa en la que la madre del verdadero Rei interponía la denuncia, esta le sujetó de una muñeca con una fuerza que Prieto nunca se hubiese esperado de una mujer tan pequeña.

—Traiga a mi hijo, por favor, es un buen chico, cualquiera puede engañarle.

Prieto se soltó con suavidad del agarre de la mujer e intentó transmitirle con una tímida sonrisa que lo intentaría.

¿Estaría el verdadero Rei entre ese grupo? ¿Era posible que hubiesen intercambiado y falseado sus documentos de identidad él y aquel carismático muchacho? A Prieto le gustaría pensar que había sido así, pero su intuición le decía que la realidad sería mucho más dura.

Los cuatro agentes salieron de la comisaría y se dividieron por parejas ocupando cada una uno de los coches policiales.

Eran casi las diez de la noche y tenían más de una hora de viaje por delante.

Más tarde, Prieto se preguntaría cómo había podido ser que a ninguno de ellos se les hubiese ocurrido llamar al jefe García para ponerle al tanto de la situación.