Chapter 55
La tarde avanzaba pesada, sin nada que hacer. Los muchachos bebían, fumaban hierba, alguien se arrancaba a cantar inesperadamente las estrofas repetidas una y otra vez durante las reuniones nocturnas, languidecían esperando a que Rei hiciera algo.
El muchacho se había encerrado con Amelia en su habitación. Tumbados boca arriba en la cama, uno al lado del otro, entrelazaban las manos, enredaban sus dedos y miraban al techo sin querer reconocer que llegaba el fin.
Amelia se mantenía en silencio, de vez en cuando suspiraba y pegaba su cabeza a la de Rei haciéndole cosquillas con su pelo.
Vendrían a por ellos. No pararían hasta sacarlos de aquella casa y separarlos a todos.
Rei se levantó sobre las ocho, cogió la mochila con la que había llegado al Páramo y vacío su contenido en el lado de la cama que había dejado libre. Amelia se incorporó hasta quedar sentada mirando los objetos desparramados sobre la cama.
—¿Qué haces?
Pero él no contestó y fue a la habitación del viejo. Empezaba a escucharse el canto de los primeros grillos, aunque aún no se había puesto el sol. El viejo yacía en la cama con la almohada sobre el rostro.
Rei bordeó la cama hasta llegar a la ventana y dio un golpe en la pared, bajo la misma. Un rectángulo se movió un poco y el chico introdujo los dedos por la rendija y lo abrió del todo. Dentro del pequeño habitáculo estaba todo el dinero del viejo y una pistola .
Metió todos los fajos de billetes en la mochila y la pistola la introdujo en la cintura de su pantalón vaquero y la cubrió con la camiseta.
Al pasar por el salón le hizo un gesto a Fila. Los dos muchachos salieron al porche.
—Aquí tengo lo que os prometí a ti y a Lupa. Habéis sido unos amigos leales y sé que seguiréis siéndolo cuando llegue el momento.
Fila tomó la mochila que Rei le entregaba.
—Llévala a la camioneta y comprueba que tiene gasolina suficiente.
El otro asintió y se marchó con la mochila.
Rei echó un vistazo desde el porche. El sol comenzaba a esconderse y le parecía que todo estaba muy tranquilo. Todo estaba en orden. El equilibrio se restablecería.
Entró de nuevo en la casa y dio unas palmadas para atraer la atención de los chicos.
—Muchos piensan que esto es el final, pero en realidad solo es el principio. No dejaremos que vengan a por nosotros sin pelear.
Los chicos le miraban obnubilados sin llegar a comprender.
—Hoy me mostraréis si sois fieles a nuestra comunidad.
Hoy acabaremos con todos esos adultos que quieren destruirnos.
El Páramo arderá y empezaremos de cero.No vamos a dejar que se salgan con la suya.
Os armaréis con cuchillos, con azadas, con hachas, con gasolina… Hoy saldremos a exterminar ratas .
Los muchachos iban despertando de su letargo, tomando conciencia de que aquello ya no era un ritual diario, sino una realidad cercana.
—Yo creo —dijo Rei.
Y, poco a poco, todos los muchachos fueron alzando sus voces para responder.
—¡Yo creo! ¡Yo creo!
Comenzaron a rebuscar por la casa cualquiera cosa que pudiera servirles como arma.
Rei estaba en pie, en el centro del salón.
—Destruiréis a cualquier adulto que encontréis a vuestro paso.
De veinticinco para arriba todos son enemigos, y también las propiedades, las casas, la iglesia, el consultorio, la comisaría, la taberna…
Tú, tú y tú —dijo señalando a tres muchachos — os encargaréis del tabernero.
—Se giró hacia las mellizas —. Vosotras del cura —dijo guiñándole un ojo a Fani, que había confesado el abuso sufrido por un párroco—.
Vosotros dos a por el médico y vosotros a por el alcalde.
Sonia se estremeció al escuchar nombrar a su padre. Sin embargo, no fue alla a quien le ordenó encargarse, sino a Luci y a un chico llamado Marcos.
—Tú te ocuparás del jefe y de Minia —dijo dirigiéndose a Lorenzo y evitando llamarles “sus padres”—, pero solo quiero que los reduzcas, en cuanto termine de ocuparme de lo que tengo que ocuparme aquí yo iré a buscarlos.
El resto ya sabéis, atacad a cualquier adulto, quemad todo lo que podáis …
Los ojos de los muchachos relucían, fulguraban, sus cuerpos estaban tensos y deseosos de destrucción. Porque a ellos los habían destrozado primero y cuando se estaban reconstruyendo volvían para destruirlo todo.
Rei se volvió hacia una esquina y vio a Duli sentado en el suelo. Tenía a la gata en su regazo y mantenía la vista baja.
Se acercó a él y cogiendo una manta que estaba sobre el sofá se la tendió.
—A ti te encomiendo cuidar de Clara. Quédatela, protégela. Esta noche quiero que vayas hasta la gran roca y duermas allí. No te acerques al pueblo hasta que no haya amanecido.
Duli recogió la manta con una mano temblorosa mientras no dejaba de acariciar a la gatita con la otra.
Rei sacó la pistola del interior de la cintura del pantalón. Todos contuvieron el aliento.
—Fila, Lupa y Amelia os quedáis hasta que terminemos lo que hay que hacer aquí y después al pueblo, con nuestros hermanos, a comenzar un mundo nuevo.
Apuntó con la pistola hacia el techo.
—Esta es nuestra noche, hermanos, salid ahí fuera y haced que me sienta orgulloso. Recordad, no tengáis miedo, por cada uno de nosotros que caiga, diez más se nos unirán.
El disparo resonó en la casa y los muchachos salieron corriendo listos para demostrar que habían tenido un gran maestro.