Los hijos rotos Chapter 54
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Chapter 54

El jefe, López y el sargento fueron directos a la pequeña comisaría del pueblo después del encuentro con Rei y los otros muchachos.

El camino transcurrió en absoluto silencio.

Solo una vez dentro del local Prieto abrió la boca.

—Me vuelvo a Vega. Aquí no tengo nada más que hacer. Ningún juez emitirá ese tipo de orden sin tener pruebas y no tenemos nada. Lo peor es que ese mierda lo sabe. Se ha reído de nosotros.

El jefe se rascó la cabeza.

—Quédate a comer, total,  tienes razón, no se les puede obligar, qué más da que te vayas ahora o en unas horas.

Prieto no quería confesar lo incómodo que se sentía con toda aquella situación que se había generado en El Páramo.

—No, quiero volver cuanto antes. Desde aquí no puedo hacer nada y en Vega he dejado a una compañera tratando de encontrar algo sobre ese chico. Si tuviéramos algo, cualquier cosa de la que tirar…

López  acompañó al sargento hasta su coche y le estrechó la mano.

—No se sienta mal sargento, El Páramo es un lugar peculiar donde suceden cosas peculiares a las que la ley no alcanza.

El sargento miró a López y se dijo a sí mismo que aquel tipo sí que era peculiar.

—¿A qué te refieres López ?

Pero López ya se estaba marchando y tan solo movió una mano en el aire en señal de despedida.

—A nada, sargento, que es como si este lugar no existiera en realidad. Buen viaje y suerte con su investigación.

El sargento vio a López entrar de nuevo en la comisaría. El jefe salía del cuarto de baño, la mano en su vientre dolorido.

—¿Te vienes a comer tú, López? Estoy seguro de que Minia ha hecho comida para el sargento y encima a mí me está matando el estómago y no sé si comeré algo.

López sonrió como un niño chico.

—Claro, jefe, así felicito a Minia por las magdalenas. Pero debería ir al médico de una vez y hacerse mirar lo del estómago.

El jefe empujó a López hacia la salida.

—Estoy seguro de que mejorará cuando se acabe todo este asunto.

Mientras, Prieto, camino de Vega no podía quitarse de la cabeza los ojos claros entrecerrados y la sonrisa prepotente de aquel muchacho. Lo sabía, le retaba porque sabía que no podían hacer nada contra él. Al menos de momento.

Tenía ganas de consultar con Martínez qué era lo que había encontrado en la base de datos acerca de aquel chico.

Si era de Vega, como confirmaba la dirección de su documento, estaba seguro de que un tipo como él estaría fichado aunque no fuese más que por alguna clase de trifulca.

Era un policía intuitivo y olía a los chicos como Rei desde lejos. Era a líos a lo que olían .

Prieto paró en un bar del polígono de entrada a Vega a comer el menú del día. Llevaba años divorciado y nadie le esperaba en casa. De ahí fue directo a la comisaría, donde se llevó el segundo chasco del día.

—No hay nada en la base de datos. Ni siquiera una multa de tráfico.

Prieto resopló. Se sentó a la mesa de su despacho.

No le apetecía nada, pero sabía que era lo único a lo que le quedaba agarrarse, así que leyó la dirección que había anotado de Rei y volvió a salir de la comisaría camino al que se suponía era el verdadero hogar de Rei.

Si quería encontrar algo tenía que darse prisa, el comisario había sido muy claro y no le dejaría pasarse ni un minuto más del tiempo concedido.

Una vez transcurriera, adiós a la investigación para siempre y aquel chico habría ganado.

El barrio estaba a las afueras y todos los edificios eran un calco. Era una barriada de trabajadores, con edificios que no pasaban de las tres alturas y pisos diminutos e idénticos en cada bloque.

Santiago Prieto se plantó ante la puerta convencido de que se encontraría con un piso vacío, teniendo en cuenta el desaprovechado día que llevaba y, ante su sorpresa, una mujer abrió la puerta.

Era una mujer diminuta, apenas mediría un metro cincuenta y su delgadez era enfermiza. No tendría más de cincuenta años, pero su pelo corto y canoso, su rostro plagado de arrugas y unas gafas de pasta negra y ancha la hacían parecer mucho mayor.

Se quedaron uno frente a la otra mirándose con incredulidad y sorpresa.

—Buenas tardes, señora, soy el sargento Santiago Prieto y busco a Reinaldo Castro Antuña .

La mujer se pasó las manos por las orejas metiendo tras ellas el corto y escaso cabello. Se la veía nerviosa, no por la situación en sí, sino como su forma habitual de ser.

—Dios mío, ¿le ha pasado algo a mi niño?

—No, no. —El sargento trató de tranquilizarla —El chico está bien. Bueno, en realidad no le busco, sé dónde está —Se estaba haciendo un lío y la mujer le miraba cada vez más asombrada.

—¿Sabe dónde está? ¿Está bien? ¿Entonces es que se ha metido en algún lío? Dios mío, se ha metido en algún lío, es un niño tan ingenuo, seguro que le han engañado.

El sargento se encontraba cada vez más desconcertado.

—Señora, ¿le importa si pasamos dentro y le hago unas preguntas?

La mujer se hizo a un lado murmurando “pase, pase” .

En cuanto el sargento lo hizo, ella cerró la puerta y luego le adelantó ágil como una pequeña ardilla para guiarle por un corto pasillo hasta una salita sobrecargada de figuras en miniatura como un reflejo de su propio aspecto frágil y enanito.

La sala era pequeña y dos sofás la desbordaban creando junto a las figuras una atmósfera claustrofóbica.

—Siéntese, siéntese.

El sargento lo hizo sintiéndose como un elefante en una cacharrería. Un gigante torpe a punto de tirar algo al más mínimo movimiento.

—Entonces usted no sabe dónde está su hijo.

Ella negó, sentándose frente a él .

—No, no lo sé, señor. ¿Está bien? —volvió a preguntar.

—Sí, pero, dígame, ¿su hijo vivía con usted?

—Sí, señor, pero siempre ha sido un chico muy ingenuo, fantasioso, ¿sabe? Un soñador.

El sargento observaba a la mujer sin poder creer lo que escuchaba, pero al mismo tiempo viendo la sinceridad y el desgarro con el que aquella mujer hablaba de su hijo.

—¿Y sabe por qué se fue?

Ella se encogió de hombros.

—No es la primera vez que pasa algún día fuera de casa. A veces desaparecía cuatro, cinco días, una semana… pero nunca tanto tiempo.

—¿Recuerda cuándo se fue?

Ella no hizo el más mínimo esfuerzo para recordar.

—A finales de julio. Dijo que iba a construir un nuevo mundo, un mundo mejor, más libre. —La mujer no solo parecía una ardilla, se reía como una—. Ya se lo he dicho, es un soñador. ¿Pero dónde está? ¿Ha pasado algo malo?

Al sargento había algo que no le cuadraba nada en aquella situación.

—Está en El Páramo, ¿sabe por qué podría haber ido allí?

La mujer elevó las cejas.

—No. Lo cierto es que ni siquiera conozco ese lugar. ¿Qué hace allí? No creo que trabaje, nunca ha conseguido trabajar, es un chico muy especial, no todo el mundo puede entenderlo y la gente no lo quiere cerca, le encuentran raro.

El sargento no podía estar más de acuerdo en que Rei era soñador y raro, pero no le parecía precisamente un iluso sino más bien un ilusionista. Comenzó a mover la cabeza mirando a su alrededor. No encontraba lo que estaba buscando.

—Señora, ¿tiene una foto de Reinaldo?

—Claro.

La mujer se levantó y salió de la habitación haciendo un ligero ruido con el roce de sus esqueléticas piernas en la larga falda que vestía.

El sargento comenzaba a hacerse una idea de lo que estaba sucediendo.

La teoría crecía a pasos agigantados en su cabeza.

Hasta que la mujer llegó con una foto enmarcada en la que aparecía ella misma junto a un muchacho que era prácticamente una fotocopia de la mujer y confirmó lo que estaba pensando.

—Este es mi niño. ¿Y qué me decía que está haciendo en ese lugar? Cuando vuelva se va a llevar una buena reprimenda. No puede irse durante tanto tiempo sin dar ni una sola noticia a su madre.

El sargento se puso en pie.

—Señora, debería haber puesto una denuncia por su desaparición. Ahora mismo debería acompañarme a comisaría para hacerlo.

Ella le miró por encima de los cristales de sus gafas, descolocada.

—No lo entiendo, acaba de decirme donde está .

—Me he equivocado señora. No estamos hablando de la misma persona.

Al sargento le pareció que los ojos brillantes de ardilla perdían vida por momentos. Recogió un bolso de ganchillo, se calzó unos zapatos de tacón bajo y salió delante del sargento dispuesta a poner aquella denuncia.

El sargento pensó que podía ser que el hijo de aquella mujer fuera un ingenuo, pero que ella no tenía un pelo de tonta y había entendido a la primera lo que había sucedido con su hijo.