Chapter 53
A pesar de que Rei hacía lo imposible por disimularla, también era clara la contrariedad que le había supuesto la visita de los agentes.
Los ánimos de los chicos estaban por los suelos y se desperdigaban por la casa como motas de polvo que se depositaban sobre el sofá, las sillas de la cocina, la mesa del comedor e incluso sobre las alfombras que cubrían el suelo del salón.
Callados y confundidos, ninguno se molestaba por los destrozos del día anterior.
No hacían nada más que beber, fumar, dormirse, comer lo primero que encontraban…
el orden se había evaporado como el agua de las lagunas en un caluroso mes de agosto como aquel.
Ya ni siquiera se escuchaba la quejumbrosa voz del viejo pidiendo atención. Se había ido dilatando en el tiempo hasta desaparecer por completo.
Rei enfiló hacia su cuarto. Ninguno de los chicos, salvo Sonia, se fijó. Ella estaba también cuando el sargento les quiso interrogar, pero no era tan valiente como para contradecir a Rei, porque aunque él decía que eran libres, ella sabía que no era más que una ilusión.
También ahora se comportó como un ratoncito, que avanza pegado a la pared tratando de pasar inadvertido, mientras seguía a Rei y aguzaba el oído para escuchar lo que hacía al otro lado de la puerta entreabierta del cuarto del Rubio.
—Despierta, viejo.
Rei abrió la ventana de par en par tratando de mitigar el insoportable olor a orines y excrementos. Se sentó en el borde de la cama y con asco lo zarandeó hasta obligarle a abrir los ojos .
—Rei, muchacho, dame un poco de agua, por piedad.
Rei contuvo el aliento y su gesto se endureció.
—¿Piedad? Pensé que en El Páramo no sabíais lo que es eso.
El viejo alargó torpemente una mano para coger la de Rei, pero él la apartó con repulsión.
—¿Qué es lo que sucede, muchacho? ¿Qué he hecho para que me trates así?
Rei se levantó y sacó la cabeza por la ventana. El olor era tan hediondo como el odio que sentía por el Rubio.
—Dímelo tú, viejo, estoy esperando a que me lo cuentes. ¿Qué ocurrió aquí hace veinticinco años?
El viejo hizo una mueca de dolor.
—¿Qué puede importarte a ti eso? Además, hace mucho tiempo que pasó.
—¿Lo has olvidado?
—No, claro que no. Todos en este pueblo lo recuerdan, todos los saben, ¿por qué no preguntas a cualquiera?
—¿Y por qué no a ti?
El Rubio le apuntó con el dedo índice, con la mano temblorosa, sin fuerza.
—Lo sabes, sabes lo que pasó, ya te lo han contado. No entiendo por qué te empeñas en que yo te lo repita.
Rei se encogió de hombros .
—Me gusta escuchar las historias de primera mano, no versiones. A la gente le encanta adornar, exagerar, ya sabes.
El viejo lo volvió a intentar.
—Dame un poco de agua y te lo contaré. Pero dime por qué te importa tanto, por qué me estás haciendo esto.
Rei se volvió hacia el viejo. Cogió un vaso de la mesilla y salió caminando hacia el baño. Sonia quedó petrificada tras la puerta conteniendo el aliento. Al momento Rei volvió con el vaso mediado de agua. Hizo acopio de valor para volver a sentarse a su lado.
—Haz los honores, viejo. Tú primero y después, si lo haces bien, terminaré con tu sufrimiento —dijo mostrándole el vaso.
El Rubio pareció darse por vencido. Miró el vaso y pasó la lengua sobre sus labios resecos.
—Está bien. Fue por una mujer. Siempre es por una maldita mujer.
—¿Una mujer? ¿Qué edad tenía?
El viejo le miró confundido.
—¿Qué edad? Y yo qué sé, chico, dieciocho, veinte, no lo sé. Su padre era el herrero, pero murió de neumonía y ella quedó huérfana, su madre había fallecido siendo niña. Yo la recogí.
Rei torció la cabeza observando el rostro traspasado de venas rojas del Rubio.
—La recogiste.
—Sí, le di trabajo, sustento y un techo .
Las palmas de las manos de Rei restregaron sus muslos sobre el tejido de los pantalones.
—¿Y qué más? ¿Qué más le diste?
El viejo enrojeció. Comenzó a toser y Rei, lleno de asco le incorporó un poco y le golpeó la espalda.
—Chico, dame un poco de agua.
—En seguida. Antes cuéntame.
—Tú ya lo sabes, se nota que te lo han contado.
—Quiero tu versión.
El viejo inhaló y exhaló varias veces como dándose ánimos para seguir.
—La dejé preñada, sí. Y yo no quería líos, nunca me casé ni quise hijos, mucho menos de una ramera infeliz. Me engatusó, pensó que todo sería suyo, pero se equivocó.
—¿Qué hiciste?
—La eché, ¿qué querías que hiciera? No iba a permitir que se hiciera la dueña y señora. No, era mala pécora, solo buscaba que la mantuvieran, ¿por qué crees que Minia me odia?
—¿Por qué?
—Porque cuando yo me deshice de ella se fue directa a por el jefe.
Se fue a denunciarme, pero cuando vio que no tenía nada que hacer, entonces sedujo al jefe.
Pero Minia no iba a pasar por ahí. Le puso una casa en medio del pueblo —el viejo rio—.
Fíjate, mientras que a Minia la condenó a vivir en esa casucha heredada de sus padres, a su ramera la instaló en el centro del pueblo .
Rei apretó los dientes y tragó con dificultad. Su nuez subía y bajaba y sus ojos se entrecerraban.
—¿Y qué hizo Minia?
—Vino a verme, me encaró, me dijo que era yo quien debía hacerme cargo.
Yo le dije que no tenía culpa de que ella fuese tan poca cosa como para que su marido la cambiase por una vulgar ramera.
Y luego sucedió todo. Minia puso a todo el mundo en contra de esa mujer, a las otras mujeres decentes que temían perder a sus mariditos, al cura, que veía cómo esa mujer vivía en pecado, en fin a todo el pueblo.
Montó tanto ruido que consiguió reunir a un grupo y acudir a la casa de esa desgraciada.
Rei miraba al viejo a los ojos, pero este no le sostenía la mirada.
—Sigue.
—Pasó lo que tenía que pasar. Prendieron fuego a la casa para hacerla salir, la insultaron, le tiraron piedras y la “acompañaron” así a la salida del pueblo. Le dejaron claro que no era querida en El Páramo.
Rei se levantó mordiéndose una mano.
—¿Y el jefe? ¿Tú, viejo? ¿Nadie hizo nada?
El viejo se rió mientras tosía.
—¿Para qué, chico? Era lo mejor para todos. Quizá al jefe le hubiera gustado que se quedara, ya sabes, jugar un poco más con ella. Pero qué iba a hacer con todo un pueblo en contra, la primera su esposa.
Rei volvió junto a la cama.
—¿Cómo se llamaba?
—¿La mujer? Ni siquiera me acuerdo .
Rei tomó al viejo por el cuello de la sucia camiseta. Le obligó a enfrentarse a su mirada.
—¿Cómo se llamaba? —repitió.
El Rubio trató de girar la cabeza para no mirarle, pero Rei le sujetaba con fuerza, haciéndole daño y no le sacaba los ojos verdes de encima.
—Clara, se llamaba Clara. Lo sabes muy bien. Y tenía quince años, ¡quince! Cuando un viejo como tú la dejó embarazada.
El viejo comenzó a toser y gotas de saliva salpicaron el rostro de Rei.
—Clara, como la gata —dijo el Rubio entre toses, turbado y haciéndose el sorprendido por la casualidad.
—Sí, como la gata, como mi madre.
El viejo abrió los ojos como si acabase de ver la luz.
—Tienes sus ojos —dijo rendido a la evidencia.
—Y el color de tu cabello —completó Rei.
Sonia cerró los ojos al otro lado de la puerta.
Durante un momento hubo un silencio tran profundo que creyó que se estaban abrazando, reconociéndose como padre e hijo.
Estiró el cuello y se asomó hasta ver la espalda de Rei.
Estaba agachado sobre el viejo y sujetaba la sucia almohada sobre su rostro.
Se quedó inmovilizada, incapaz de apartar la mirada aunque solo quería salir corriendo.
—Ya estamos en paz, viejo. Prometí acabar con tu sufrimiento.
Sonia tapó la boca al notar una arcada y, sigilosa, enfiló las escaleras, pasó por el salón, salió al porche, caminó hacia la verja y solo allí quitó la mano de su boca y gritó.
Gritó su miedo, gritó su seguridad de que nunca más vería a su hermano y gritó la angustia de saber que la única forma que tenía de salir ilesa de todo aquello era fingir que no le importaba nada y que también ella haría lo que fuese que les ordenase Rei, porque era una hermana, una de ellos y había bebido de su sangre y pronunciado el “yo creo” en el juramento que les unía contra el viejo mundo.