Chapter 52
El amanecer sorprendió al jefe despierto después de una noche inquieta pensando en su hijo Lorenzo. No era del todo cierto lo que le había contado al sargento, no estaba especialmente preocupado por el chico —nunca le había entendido y le parecía bastante inestable —, pero sí lo estaba por Minia.
Desde que aquel muchacho había llegado al pueblo se mostraba tensa y agobiada.
La marcha de Lorenzo no había hecho más que acrecentar su inquietud y por alguna razón no dejaba de sacar aquel maldito hecho de hacía ya un cuarto de siglo, como si tuviese algo que ver con todo lo que estaba pasando, o como si lo que estaba sucediendo le hubiese revuelto los recuerdos y la cabeza y no consiguiera centrarse en otro tema.
Se levantó y preparó café en la pequeña cocina. La casa la había heredado de sus padres y, aunque podía permitirse algo mejor y más grande, no había sido capaz de abandonar el que siempre había sido su hogar. Sin embargo, Lorenzo…
—Buenos días. —Escuchó la voz de Prieto.
El Jefe hizo un gesto con la cabeza.
—¿Café?
—Me gustaría darme una ducha primero, si no te importa.
—Estás en tu casa.
El jefe aprovechó a llamar a López mientras Prieto se duchaba.
Le recordó que pasara a buscarles por allí para acercarse a la finca.
No era el más espabilado, pero era un buen muchacho.
El jefe no recordaba haberle escuchado nunca el tipo de pullas que estaba acostumbrado a oír en boca de muchos de los vecinos del pueblo acerca de su hijo.
Algunos incluso lo alegaban al karma por lo sucedido años atrás.
Pero claro, López era demasiado joven, conocía la historia por las habladurías de otros, como todos los habitantes más jóvenes del Páramo.
Quizá Tomás se había largado de verdad por su cuenta.
Primero se había refugiado en la casa del Rubio y después había decidido dejar aquel pueblo de mierda.
No era el único que soñaba con largarse de allí, sobre todo entre los jóvenes.
Aquel lugar era demasiado pequeño, demasiado alejado de todo y la juventud era inquieta y aún pensaba que lo mejor siempre estaba y ocurría en otros lugares.
Lugares grandes y bulliciosos, lugares llenos de gente, luces, edificios enormes y promesas indefinidas.
Prieto volvió a la cocina con el cabello húmedo y el jefe le sirvió una taza de café.
—Hay magdalenas y bizcochos. A mí a estas horas no me entra nada en el estómago.
Prieto hizo un gesto negativo declinando la invitación y bebió el café de un sorbo.
El timbre anunció la llegada de López. El jefe le hizo pasar mientras terminaba de vestirse y el ayudante sí dio buena cuenta de las magdalenas.
—A Minia cada día le quedan mejor —dijo cogiendo un par dellas y comiendo mientras salían de la casa hacia el coche.
De nuevo se vieron plantados frente a la verja. No se observaba movimiento y el jefe se resignó cuando vio a su ayudante meter el índice y el pulgar bajo la lengua para silbar con fuerza .
Fue el muchacho gordo el que abrió la puerta de entrada. La dejó entreabierta y volvió a meterse en el interior de la casa mientras los agentes esperaban.
No tardó en aparecer Rei. Seguido de Amelia, se acercaron con lentitud.
—¿Otra vez aquí? ¿No tienen nada mejor que hacer? ¿Qué pasa ahora?
Fue Prieto quien se adelantó unos pasos hacia la verja.
—Hay una denuncia interpuesta por la desaparición de Tomás, así que no, no tenemos nada mejor que hacer. Este es nuestro trabajo, chico.
Rei entrecerró los ojos, molesto por los rayos de sol primerizos, que dañaban el verde casi transparente de su iris.
—Ya le he dicho que no está aquí. Se largó. Ya estuvieron en la casa. ¿Qué más quieren?
Prieto echó un ojo a Amelia, que parecía esconderse tras el muchacho.
—Verás… Rei, estoy aquí para interrogar al viejo y a los… otros habitantes, uno por uno. Es el procedimiento habitual.
Rei sonrió y miró al suelo. Movió un pie haciendo un pequeño círculo en la tierra.
—¿Tiene una orden, sargento?
—Es un proceso voluntario. Se trata de testificar, no vengo a detener a nadie.
Rei volvió a elevar la mirada satisfecho .
—Eso me parecía. Amelia, llama a los chicos, por favor.
La muchacha volvió hacia la casa. López se apoyó en el coche y se puso a comer la magdalena que le quedaba. El jefe puso los brazos en jarras.
—¿Qué te pasa muchacho? ¿Por qué te empeñas en dificultar tanto las cosas?
Los muchachos iban saliendo de la casa. Parecían un ejército que avanzaba hacia la primera línea de fuego y se colocaba alrededor de su superior.
—Chicos, estos agentes quieren haceros algunas preguntas —dijo Rei ignorando las palabras del jefe.
—No, así no —dijo Prieto con firmeza —. De uno en uno, en privado.
Los muchachos se miraban y miraban a Rei.
—¿Tenemos que hacerlo? —preguntó al fin uno de ellos.
—No, a no ser que queráis. Sois libres —el sarcasmo en la voz de Rei molestó a los agentes.
—También os puede citar un juez.
Rei paseó su mirada sobre los muchachos. Ninguno daba señales de querer hablar.
—Me temo que tendrá que ser así, sargento —dijo Rei encogiéndose de hombros.
Se escucharon las risas de algunos de los chicos. López dejó de masticar y observó al jefe y al sargento, sabía que se sentían humillados.
El sargento apretó puños y dientes. Aquel chico le estaba tocando los cojones mucho más de lo que se esperaba. No eran más que una panda de críos, pero se estaban saliendo con la suya y riéndose en su cara.
Reculó hacia el coche mientras el jefe le seguía. Ya vería cómo se apañaba para joder a aquel chaval, pero por ahora sabía que estaba atado de pies y manos.
Aun así quiso que la suya fuese la última palabra. Antes de subir al asiento del copiloto se giró hacia la verja y se encogió de hombros como si la situación le fuese indiferente.
—Muy bien, Rei, que sea así entonces.
Él mismo sabía que era un farol demasiado endeble. El comisario nunca cedería ante aquella petición sin que le presentase algún tipo de prueba contundente.