Los hijos rotos Chapter 51
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Chapter 51

Mientras los muchachos estaban en su aquelarre particular, Santiago Prieto y el jefe se sentaron en el porche con un par de botellines de cerveza.

Prieto había llegado a las ocho de la tarde y se había dirigido directamente a la casa de García, al que ya había avisado de la visita por teléfono.

Minia preparó cena para los tres y el jefe puso sábanas limpias en la habitación para invitados.

Después de cenar, Minia se disculpó diciendo que estaba muy cansada y el jefe fregó los platos y luego sacó un par de cervezas y se llevó a Prieto al porche.

—Está afectada por lo de Lorenzo —dijo el jefe, refiriéndose a su mujer.

—¿Y tú?

—Yo creo que se le pasará y volverá a casa. El verano está por terminar y confío en que muchos de los muchachos vuelvan a casa.

—¿Cómo si esto hubiesen sido unas vacaciones?

—Algo así. Un desahogo, un acto de rebeldía antes de volver a retomar la vida real —dijo el jefe dando un largo trago a su cerveza.

—¿Y qué hay del chico del alcalde? ¿No estás ni un poco preocupado?

El jefe se encogió de hombros.

—Cada uno sabe lo que hay en su casa, pero no en la de los demás. No sé qué tipo de relación tenía ese chico con sus padres ni si tenía sus motivos para no volver .

Prieto también dio un trago a la cerveza.

—¿Y tú relación con el alcalde? ¿Con el viejo? No me gusta meterme donde no me llaman, pero no pude evitar notar cierta tensión entre vosotros.

El jefe suspiró y se golpeó los muslos.

—En fin, en todas las familias cuecen habas, y este es un pueblo muy pequeño.

Es casi como si todos fuésemos familia. Las tensiones son inevitables.

Hace años hubo conflictos entre el viejo, Minia y yo.

Al final afectaron a todo el pueblo, pero todo quedó entre nosotros.

Y sí, a veces pienso si esto no será un tipo de venganza del viejo.

Engorrosa, demasiado, pero una venganza al fin.

Prieto le observaba con una expresión entre extrañada y divertida.

—¿A qué te refieres? ¿Qué tipo de venganza? ¿Por qué?

El jefe hizo un gesto en el aire con la mano queriendo quitar importancia a sus propias palabras.

—Olvídalo, son tonterías. Es como si se hubiera convertido en el flautista de Hamelin y se hubiese llevado a nuestros hijos mientras tocaba una melodía.

—Solo que a mí me parece que el flautista no es el viejo —dijo Prieto.

El jefe entró en la casa y salió con otros dos botellines. Se frotó la barbilla.

—Es verdad. Ese chico primero cameló al viejo y luego a nuestros hijos.

—¿Y para qué? Piénsalo. Yo por más que lo hago no encuentro ningún motivo. ¿Diversión? ¿Sectarismo? ¿Qué ?

El jefe se encogió de hombros.

—Juro por Dios que tampoco yo lo entiendo. Solo quiero terminar con esto cuanto antes, que el alcalde, el médico, el tabernero, hasta el puto cura dejen de darme la tabarra.

—¿Cuánto hace que el viejo está postrado en esa cama?

El jefe elevó los ojos tratando de recordar.

—No estoy seguro. Llevaba mal bastante tiempo, ya apenas salía de ese caserón. Luego le amputaron las dos piernas hará… un año, más o menos.

—¿Y cómo pudo aceptar a ese chico en su casa así como así? No me cabe en la cabeza, podría ser un maleante, haberle dejado desatendido, robarle… Y él no hubiese tenido forma de avisar.

El jefe resopló.

—Tú también. No, por favor. No tengo ni idea de lo que se le pasó al viejo por la cabeza.

Está claro que el muchacho vio la oportunidad de su vida, un tullido que le abrió las puertas de su casa para montarse sus propias fiestas, pero ¿el Rubio?

Ni idea. Quizá pensó que, en el peor de los casos, como tú dices, el chico lo que haría sería desaparecer con algunos billetes y ya. Está forrado.

—¿Y el chico lo sabe?

—Supongo. Todos en el pueblo lo saben y está rodeado de muchachos de aquí. Además ¿de dónde crees que está sacando el dinero para sus fiestas?

Prieto se pasó una mano por la nuca sudorosa. A pesar de la hora, aún hacía mucho calor. Estaba resultando un verano especialmente caluroso. Y extraño, pensó.

—¿Y si le llega a dejar tirado? Si hubiese cogido los billetes que encontrara y se hubiese largado ¿qué habría hecho el viejo? No tiene forma de avisar.

—Esto es un pueblo, si se hubiese largado, la noticia de su marcha habría corrido tan rápido o más que la de su llegada. Más pronto que tarde alguien se enteraría e iría por la casa, el viejo volvería a lo de siempre.

Prieto terminó de un trago lo que le quedaba de cerveza.

—Bueno, espero que mañana se presten a ayudar y descubramos algo sobre el hijo del alcalde. Sería un buen comienzo y también un buen final que apareciera.

El jefe recogió la botella vacía que le tendía el sargento y elevó un poco la mano desocupada cuando este se retiró a la habitación de invitados.