Los hijos rotos Chapter 50
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Chapter 50

Aquella noche, los muchachos volvieron a reunirse en la gran roca, junto a la hoguera, acompañados del canto de los grillos, el ulular de las lechuzas y el chisporroteo de las ramas al arder.

Antes de salir, Rei había acudido a una de las incansables llamadas del viejo a lo largo de la tarde.

Al abrir la puerta le recibió el olor hediondo de los excrementos de aquel hombre, que estaba echado en la cama, totalmente descubierto y con los ojos desorbitados.

—Rei, ¿por qué me estás haciendo esto? Te lo he dado todo. Mi casa, mi dinero, todo lo he puesto a tu disposición. ¿Y así me pagas?

Rei aguantaba el olor como podía. Su gesto de asco no parecía afectar al viejo, que tenía mayores preocupaciones.

—Por favor, haz que alguien limpie esto y me lave. Llevo horas así. ¡Y tampoco he comido!

El muchacho se acercó a la ventana y la abrió para orear la habitación y soportar el olor.

—¿Qué pasó hace veinticinco años?

Los ojos del Rubio se abrieron aún más.

—¿Qué importa eso? Lo sabes, sé que lo sabes. ¿Cuál es la razón por la que quieres que te lo cuente yo?

—¿Cuál es la razón por la que no quieres contármelo?

Rei volvió a cerrar la ventana y caminó hacia la puerta. El viejo trató, sin éxito de incorporarse en la cama.

—¡Necesito mis calmantes! Me duele todo el cuerpo. ¡Rei, tengo mucha sed!

El chico hizo amago de cerrar la puerta.

—¡Mierda, chico! Hace veinticinco años hubo una discusión que implicó a unas cuantas personas en este maldito pueblo.

—¿A unas cuantas?

—Bastantes.

—¿A ti?

—A mí, al jefe, a Minia…

—¿Qué pasó?

El viejo entrecerró los ojos y apretó los labios, con lo que estos se torcieron hacia abajo como los de un monigote que dibujara un niño queriendo representar enfado. Era como si Rei quisiera meterle una cucharada de papilla en la boca y él la cerrase con fuerza y girase la cabeza a un lado.

Rei cerró la puerta de golpe y bajó las escaleras. Los gritos del viejo se fueron quedando atrás, hasta que salió de la casa y llegó a la gran roca.

—Todos sentados en círculo. —Ordenó, mientras él ocupaba el lugar del centro.

—Hermanos, se está acercando la hora. Ya veis cómo tratan de cercarnos. No van a dejarnos en paz. Esa es su tarea, insistirán en su empeño de separarnos, de hacernos regresar al rebaño y no cejarán en su empeño hasta conseguirlo .

Los muchachos le escuchaban atentos. Algunos enlazaban sus manos.

—Pero solo lo lograrán si nosotros lo permitimos.

—¿Y qué podemos hacer, Rei? —preguntó Carla, afectada.

Los otros murmuraban, asentían, esperaban.

—Tenemos que estar dispuestos a usar aquello contra lo que luchamos, pero que es lo único que ellos entienden.

—¿Violencia? —Casi murmuró Amelia.

Rei les fue mirando, uno a uno.

—¿Acaso no sois mis hermanos? ¿Acaso no mezclamos nuestra sangre? Ellos quieren destruir lo que nosotros más ansiamos: vivir libres de sus cadenas.

—Pero, Rei, el jefe, las autoridades nos detendrán —protestó otro de los chicos.

Rei se puso en pie.

—¿Cuál es el precio que estáis dispuestos a pagar? ¿Hasta dónde estáis dispuestos a llegar para crear un mundo mejor? Un futuro mejor.

Lupa parecía estar en éxtasis. Extendió los brazos hacia Rei.

—Yo estoy contigo, hermano. Yo pagaré el precio que haga falta para lograr ese lugar mejor, si no para nosotros, para las generaciones que vienen detrás.

Los murmullos se fueron acrecentando y más brazos se fueron extendiendo hacia Rei. Él se movía por el círculo dejando que todos alcanzaran a tocarlo .

—¿Qué podemos hacer? —preguntó una chica pelirroja con una boca enorme y los dientes de arriba adelantados.

—Les demostraremos que somos fuertes. Que estamos unidos y que ya no les tememos.

Acudiremos a su pueblo, a sus casas, como ellos han acudido a la nuestra y nos defenderemos.

Cogeremos cuchillos, hachas, azadas y descargaremos toda la furia que nos han hecho acumular sobre ellos.

Sobre cualquier persona que veamos que supere los veinticinco años, porque ellos ya no tienen remedio.

El círculo se miraba desconcertado. Rei no lo decía claramente, pero estaba hablando de matar a los adultos. Ninguno lo decía en voz alta, pero todos estaban seguros de que era a aquello a lo que se refería.

—Y el resto se unirá a nosotros. Creceremos. Seremos cada día más. Por cada uno de nosotros que caiga, diez más se unirán. ¿Creéis en mí?

De nuevo Lupa fue el primero en hablar.

—Yo creo —gritó.

Y tras él lo hizo Carla, Fani, la pelirroja, el muchacho al que su padre golpeaba con el cinturón, la chica de la que su tío había abusado mientras sus padres le encubrieron al descubrirlo, Lorenzo mientras recordaba el desprecio con el que le trataba el jefe.

Todos, uno a uno, cuando Rei les miraba repetían “Yo creo”.

Solo Sonia se mantenía cabizbaja, sus ojos enrojecidos  y el cuerpo tembloroso. Pensaba en Tomás. Cuando Rei la tomó de la barbilla y la obligó a mirarle, comprendió que no había lugar para otra respuesta. Moduló la voz, apretó los dientes y manteniendo sus ojos fijos en los de Rei dijo: “Yo creo”.