Chapter 49
Santiago Prieto, sentado a la mesa de su despacho en Vega Río, sacó la libreta en la que había anotado los datos, previamente memorizados, del documento de identidad de Rei.
Reinaldo Castro Antuña. Golpeó pensativo con el bolígrafo sobre el cuaderno. Aquel muchacho tenía algo, buscaba algo, había creado algo y tenía que existir una razón.
Era cierto que no estaba haciendo nada ilegal por el hecho de vivir en la casa de aquel viejo, ya que contaba con su permiso. Y se había asegurado de que todos sus acólitos fueran mayores de edad, nada que hacer tampoco por ese lado, pero precisamente esa premeditación hacia sospechar al sargento.
Además un muchacho había desaparecido. Era mayor de edad y aseguraban que se había largado voluntariamente, pero la forma en la que había desaparecido, sin explicaciones, sin despedirse, incomunicándose del resto e incluso de sus padres, era cuanto menos sospechosa.
Y aquella casa era el último lugar en el que había estado y aquellos muchachos los últimos en verle.
Tenía que volver al Páramo. Poner a su superior al tanto y volver a interrogar a aquellos chicos.
Traspasó los datos del documento de identidad de Rei a un pósit y salió pensativo.
Camino al despacho del comisario, se detuvo en la mesa de una compañera, una de las expertas informáticas, y le entregó el pósit.
—Comprueba si está en la base de datos, por favor .
Luego golpeó en la puerta del despacho de su superior.
—Pasa. —Escuchó.
El comisario estaba de pie junto a la ventana.
La tenía abierta y fumaba. El sonido de los automóviles, viandantes y algún martillo hidráulico que trabajaba sin descanso en las inacabables obras de la ciudad parecían la banda sonora de aquel cuarto y Prieto levantó la voz para hacerse oír por encima de la misma.
—Pido permiso para ir al Páramo a ocuparme de la desaparición de un muchacho.
—¿El Páramo?
—Sí, señor, el hijo mayor del alcalde ha desaparecido.
El comisario lanzó la colilla por la ventana, impulsándola entre el índice y el pulgar, pero no cerró sus hojas. A él no parecía molestarle el ruido.
—Nunca pasa nada en El Páramo.
—Pues ha pasado.
—¿Qué edad tiene el chico?
—Veintitrés años.
—¿Y usted cómo se ha enterado?
—Los padres han interpuesto una denuncia. El jefe García, del Páramo, y yo somos viejos amigos y solicitó mi ayuda. Hay una historia extravagante detrás de todo esto.
El comisario arqueó las cejas y le hizo un gesto a Prieto para que se sentara, aunque él se quedó de pie y encendió otro cigarrillo. No, no tenía pensado cerrar la ventana. A pesar de la edad, al parecer su capacidad auditiva estaba en perfecto estado.
Prieto describió lo mejor que supo la extraña situación que se estaba produciendo en El Páramo, sin que el comisario abriera la boca nada más que para succionar de su cigarrillo, hasta que el sargento quedó callado.
—No voy a decirle que no sea… raro, pero usted, como yo, sabe que no se está cometiendo ningún delito.
—Aun así me gustaría investigar un poco. No le robaré tiempo a otros asuntos, tiene mi palabra.
El comisario se acarició la barbilla perfectamente rasurada con la mano en la que sujetaba el cigarro.
—¿Ha comprobado la identidad de ese misterioso mesías? —dijo haciendo referencia a Rei.
—Martínez está ahora mismo con ello.
El comisario hizo un gesto hacia la puerta con el cigarrillo.
Era un hombre de pocas palabras, lo que a Prieto no le molestaba en absoluto.
Él acudía a por un permiso y le bastaba con un sí o un no, mucho mejor conseguirlo sin tener que escuchar sermones.
El comisario siempre hablaba con claridad, sin rodeos, no daba lugar a malentendidos.
—Un par de días, tres a lo sumo, es mayor de edad y no hay indicios, si no encuentra nada en ese tiempo que se arreglen los del Páramo.
Prieto asintió mientras se levantaba. Aquella misma tarde partiría de nuevo a reunirse con el jefe García.