Los hijos rotos Chapter 48
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Chapter 48

Rei volvió a la planta baja y dejó la bandeja sobre la encimera de la cocina.

Los muchachos habían comenzado con su rutina diaria de mantenimiento de la casa y el jardín.

Luci preparaba el desayuno del viejo.

—¿Se lo llevas tú, entonces?

En vez de contestar a la pregunta, Rei le entregó la campanilla.

—Asómate a la puerta y toca. Quiero que todos os reunáis en el salón.

Luci recogió la campanilla de manos de Rei, confundida, pero sin replicar nada al respecto.

Mientras reunía a los chicos, Rei fue a su cuarto. Amelia se encontraba mucho mejor, aunque tenía ojeras marcadas y  aún se notaba débil. Fila salió con diligencia dejándolos solos.

Rei la besó en los labios.

—Hoy comienza el nuevo mundo —dijo.

La tomó de una mano y la dirigió al salón. Los muchachos se esparcían por el lugar, expectantes, confusos ante la interrupción de la rutina diaria.

—Hoy todos habéis presenciado una nueva intromisión de los adultos en nuestro mundo.Nosotros solo queremos vivir en paz, a nuestra manera, creando un lugar y forma de vida mejor, pero está claro que ellos nunca nos dejarán.

Quieren destruir nuestra pureza, nos temen.

Saben que hemos descubierto que no son más que carcasas vacías, seres sin alma, adultos que han perdido la capacidad de entender que un nuevo mundo llega para sustituirlos.

Los muchachos observaban en silencio, algunos asentían.

Rei apuntó hacia arriba, hacia el cuarto del Rubio.

—Incluso él nos ha traicionado. Quiere que dejemos su casa, después de todo lo que hemos hecho por él.

Se escucharon murmullos de sorpresa, algunos de desaprobación.

—Ahora, le daremos una lección. Le mostraremos que sin nosotros él no es nadie.

Ninguno de nosotros le atenderá. ¿Y su casa?

Su casa tampoco. Ya no vamos a ser más sus esclavos.

Ni de él ni de ningún otro adulto. Ha llegado la hora de que paguen por todo lo que nos han hecho.

Por su desprecio, por sus órdenes absurdas, por sus golpes tan solo porque se creen con el derecho a abusar por tener más edad.

No, hermanos, porque ahora todos llevamos en nuestro interior la sangre de todos, por eso somos hermanos, por eso ahora nosotros somos nuestra familia y la anterior no existe, y si existe haremos que deje de existir.

—Sí —gritó Lupa exaltado, y rápidamente le imitaron el resto.

Sonia, que estaba pálida y muda, sintió cómo Lorenzo le tomaba la mano y la alzaba mientras gritaba con el resto.

De pronto le pareció que todas las miradas se posaban sobre ella y temió que no la considerasen una hermana, así que se unió a los gritos y a medida que gritaba su corazón se aceleraba y le apetecía destrozar todo a su alrededor .

Como si Rei pudiera leer su pensamiento, el muchacho dio una patada a una pequeña lámpara de mesa y el sonido de los cristales enervó al resto.

—Acabaremos con el viejo mundo. No más ataduras. Queremos paz, pero son ellos los que nos obligan a usar la violencia para conseguir esa paz.

Otro de los muchachos tomó una escoba y de un golpe tiró todos los adornos que había sobre la repisa de la chimenea. Platos, jarrones y cuadros cayeron con estrépito al suelo.

La voz de una de las chicas comenzó a cantar.

“La línea está trazada, la maldición está lanzada / El lento de ahora será rápido más tarde / Como el presente ahora será después pasado / El orden se está desvaneciendo rápidamente / Y el primero ahora será el último más tarde / Porque los tiempos están cambiando”

Fue como si hubiesen estado esperando aquel momento toda su vida.

Los muchachos comenzaron a destrozar todo a su paso.

Los libros volaban por la habitación, los platos y vasos se estrellaban contra las baldosas de la cocina.

Los armarios y cajones se vaciaban desparramándose su contenido por los suelos.

Los chicos gritaban, cantaban aquella estrofa una y otra vez.

El Rubio temblaba encerrado en su cuarto sin saber qué hacer.

De pronto su mundo sí que se había derrumbado.

Todo se había venido abajo. Recordó el día que Rei había aparecido cuando él estaba harto de Minia, rabiado con todo, asqueado de aquella vida absurda.

Aquel chico le había parecido una señal enviada desde los cielos para hacer de sus últimos días los mejores.

Había enloquecido, ahora lo entendía. Pero ya era demasiado tarde.

Él mismo había alejado cualquier posibilidad de pedir ayuda ante lo que estaba seguro que iba a convertirse en un infierno.

Y Duli, que había llegado cuando la gata salía corriendo de la casa con un ataque de pánico ante tanto jaleo, lloraba y se balanceaba sentado en las escaleras del porche, tapándose los oídos y murmurando sin cesar “parad, parad, estáis asustando a la gatita”.