Chapter 47
Apenas salieron de la casa, la campanilla del viejo reclamando atención no se hizo esperar.
Fila resopló y giró sobre sus talones, pero antes de llegar a la escalera, Rei le retuvo.
—Escuchadme todos, a partir de ahora yo seré el único que atenderá al viejo. No quiero que ni tan siquiera os acerquéis a su cuarto, ¿entendido?
Los muchachos asintieron incrédulos y sorprendidos mientras la campanilla volvía a sonar, impaciente, y Rei subía los escalones.
Sonia estaba cabizbaja y se miraba el corte de la palma de su mano con atención. Los demás hablaban entre ellos de la visita y se quejaban de que no les dejasen en paz.
Rei entró al cuarto y vio al Rubio con la gata sobre su regazo. El viejo le miró algo sorprendido, porque no era el muchacho quien solía acudir a su llamada.
—¿Qué pasa, Rubio?
—Tráeme leche, me apetece dar de comer a Clara.
Rei se acercó y se sentó con suavidad junto al viejo. Acarició el cuello de la gatita, que ronroneaba con la fuerza del motor de una camioneta, y después se dirigió al viejo.
—Clara ya no toma leche, ya es capaz de ingerir alimentos sólidos y lo hace por su cuenta.
El viejo observó al animal, consternado .
—Que lástima, me encantaba ver cómo succionaba el biberón, esos ojos clavados en los míos como si la estuviese salvando la vida. Pero todo se acaba.
—Sí, Rubio, todo se acaba. Esos tipos también quieren terminar con lo que estamos formando aquí.
El Rubio hizo un ademán despectivo al aire.
—No tienes de qué preocuparte, ladran, pero han dado en hueso duro. Con mi permiso podéis continuar aquí todo el tiempo que deseéis.
Rei tomó a la gata en sus manos y la acercó a sus labios rozando el pelaje negro de su cabecita.
—Ya, pero ¿y si tú murieras, viejo?
La carcajada del Rubio resonó en el cuarto y la gata movió las orejitas molesta.
—Ya me estás matando, muchacho. No te preocupes, creo que tenéis Rubio para rato.
Rei se pasó la lengua por los labios.
—Viejo, ¿por qué me aceptaste en tu casa?
El Rubio enarcó las cejas.
—Eres más guapo que Minia —bromeó.
Rei sonrió sin ganas.
—¿Nunca te has enamorado, viejo? Esta casa tan grande, tanto dinero, qué chica iba a resistirse.
—¿Enamorarme? ¿Para qué muchacho? Escúchame, las mujeres son los seres más malvados y posesivos que Dios creó. Ahora piensas que estás enamorado de la hija del tabernero, pero deja que pase el tiempo .
Rei se levantó y se acercó a la ventana con la gata en sus brazos. La dejó sobre el alféizar y la gata se sentó y comenzó a lamerse el cuerpo girando su cabeza en posiciones imposibles.
—¿E hijos? ¿Nunca quisiste tener hijos? ¿Para quién será todo esto, esta casa, la finca, todo el dinero que atesoras en esta casa? El que tienes escondido.
El Rubio se incorporó un poco más en la cama con gran esfuerzo.
—¿Qué pasa, Rei? Estás comenzando a asustarme.
Rei se encogió de hombros.
—Solo siento curiosidad.
El viejo alzó la voz.
—Gírate, mírame, ten el valor de decirme a la cara que eso es lo que buscabas cuando llegaste aquí. Quieres mi casa, mi dinero, ¿verdad? De alguna manera te enteraste de mi existencia: un viejo decrépito, soltero, sin familia, sin hijos.
Rei se volvió y fijó la mirada en el viejo.
—Hace tiempo que podría haberme ido con todo tu dinero.
—Eso es cierto. He sido un viejo estúpido y confiado. Pero mírame, aposté y gané. No tenía nada que perder, tú lo has dicho. No tengo mujer y tú eres lo más cercano que tengo a un hijo.
Rei se rio.
—¿No me crees? Llama a un notario. Tráelo y haré testamento si tanto te preocupa que pueda morir .
Rei volvió a acercarse a la cama y sentarse junto al viejo. La gata saltó del alféizar al suelo y salió con paso elegante de la habitación.
—Solo hay una cosa que me preocupa de que mueras.
El viejo le miraba intrigado.
—¿Qué pasó aquí hace veinticinco años? Todos hablan de ello como de algo terrible, pero no dicen lo que fue.
El viejo se removió inquieto en la cama. Fue como si le hubiesen pegado un puñetazo. Las comisuras de los labios se le tensaron hacia abajo.
—Rencillas. Ya sabes lo que se dice, ¿no? Pueblo pequeño, infierno grande.
—Sí, pero qué clase de rencillas.
—No soy una vieja chismosa. ¿Quieres enterarte? Pregunta a cualquier vieja del pueblo, a ellas les encanta chismorrear. Es más, pregúntale a Minia, ella está muy enterada.
—Quiero que me lo cuentes tú.
El Rubio evaluaba la mirada de Rei. De pronto sintió miedo. Percibió una corriente de aire frío en el calor sofocante del nuevo día. Notó cómo algo se torcía.
—No me gusta hablar de eso. Pero vuelvo a repetírtelo, si eso es todo lo que te preocupa de que yo muera, puedes enterarte por cualquiera.
—Me contarán su versión. Quiero conocer la tuya.
Rei se mantuvo en silencio. No apartaba la mirada de los ojos del viejo.
El reto duró unos segundos eternos y después se levantó, abrió el cajón de la mesilla y sacó las cajas de la medicación del Rubio.
Las depositó sobre la bandeja en la que reposaba una jarra de agua y un vaso y se metió la campanilla en el bolsillo del pantalón.
—Rei, muchacho, ¿qué estás haciendo?
Pero Rei ya no escuchaba. Se acercó a la puerta del cuarto con la bandeja.
—Rei, dame la campanilla, ¿cómo voy a llamar cuando necesite algo?
Rei le enseñó la llave de la puerta de la habitación.
—A partir de ahora solo necesitas una cosa, viejo: contarme la verdad. Tú lo has dicho, ya sé lo que pasó. Solo quiero escucharlo de ti, saber si tienes huevos a contarme lo que realmente pasó. Nadie más que yo podrá entrar a tu cuarto.
—Rei, déjame el agua, hace mucho calor, moriré de sed. Mis medicinas…
Rei salió del cuarto y el viejo escuchó horrorizado cómo echaba la llave.