Los hijos rotos Chapter 46
65%

Chapter 46

Aparcaron de nuevo ante la verja de entrada del jardín de la casa del viejo. López se apeó del coche sintiendo que estaba viviendo el día de la marmota. Ya antes de que los otros dos hombres tan siquiera abriesen la puerta para bajar se lío a silbar como un cabrero.

Aquel día era más tarde y no tardaron en aparecer varios muchachos, asomados en la puerta gesticulaban y volvían la cabeza al interior.

Al momento apareció Rei y, como el día anterior, se dirigió a la verja con tranquilidad.

—Buenos días, ya veo que se han traído refuerzos —dijo mirando al sargento Prieto.

Este sonrió sin acritud y levantó una mano mostrando su placa.

—Sargento Santiago Prieto, ¿con quién tengo el gusto de hablar?

—Rei, aunque dudo que sus amigos no se lo hayan dicho ya.

El sargento se acercó más a la cerca. Cada vez llegaban más y más muchachos.

—Vaya, menuda familia numerosa. Yo soy hijo único y siempre tuve curiosidad por saber cómo sería convivir rodeado de gente.

Rei mostró los dientes y entrecerró los ojos verdes protegiéndolos del sol.

—¿No tuvo que hacer la instrucción, sargento?

Prieto rio con desparpajo .

—Chico listo. Pero no tiene nada que ver. Demasiada disciplina. Esto es más como un hogar, ¿no?

Rei parecía aburrido.

—¿Cuál es el problema, sargento? Ya le dijimos ayer al jefe que Tomás se largó. Aquí no retenemos a nadie.

El sargento se acercó un poco más.

—¿Entonces por qué no nos abres la verja y nos dejas entrar?

—Esto es una propiedad privada. Supongo que conoce la ley.

El sargento volvió a reír de forma sonora.

—Mira chico, solo voy a decírtelo una vez, porque lo que menos me apetece es tener problemas y tener que dar mil vueltas y perder el tiempo y creo que en eso estamos de acuerdo, ¿no?

—Muy de acuerdo, pero tenemos unos derechos —contestó Rei sin dar el brazo a torcer.

El sargento se volvió a mirar al jefe y a López. Estos ya estaban dando la batalla por perdida.

—Entonces hay dos opciones. Se ha interpuesto una denuncia por la desaparición de Tomás Sotomayor y este es el último sitio en el que estuvo, así que puedo volver a Vega y conseguir una orden, volver y ponerlo todo patas arriba o —sonrió a Rei— puedes dejarnos entrar, comprobar que el propietario os da permiso para estar aquí, identificaros y si todos tenéis dieciocho añitos o más por mí podéis hacer tantas fiestas con orgías, alcohol y marihuana como se os antojen y os aseguro que nadie os va molestar. ¿Qué me dices, Rei ?

Y el tono de mofa con el que pronunció el nombre, aflautando la voz, hizo enrojecer al jefe García al hacerle recordar a su propio hijo.

Rei no dejaba de mirar al sargento, tratando de no achantarse, pero, al final, le hizo un gesto a Fila y le dijo que abriese la puerta. El chico sacó una llave del interior de la camiseta, colgada por una cuerda al cuello, y quitó el candado.

—Buen chico —dio dos aplausos el sargento. Y López silbó por lo bajo admirado.

—Pueden mirar lo que quieran, aquí no retenemos a nadie.

—Ya. Lo primero vamos a ver al propietario.

—Fani, mira a ver si está despierto.

—Déjalo Fani, mejor lo vemos nosotros mismos.

Fani se quedó indecisa y Rei se adelantó al sargento.

—Por aquí.

Todos marcharon en procesión tras ellos. García y López avanzaron hasta colocarse junto al sargento y fueron de los primeros en entrar a la casa.

El sargento echó un ojo a su alrededor. La casa estaba bastante en orden para estar habitada por una cuadrilla de mocosos.

—Arriba —dijo Rei comenzando a subir —, vosotros esperad aquí — ordenó a los otros muchachos que se movían todos al unísono como ovejas tras el pastor.

Al llegar al cuarto, Rei empujó la puerta semiabierta y se acercó a abrir las contraventanas para dejar entrar la luz .

El viejo estaba tumbado boca arriba y roncaba plácidamente, sin que la luz del día alterara su sueño.

Los agentes observaron el cuarto, bastante recogido, limpio, con una cuña que asomaba bajo la cama y, sobre la mesilla, una taza, un vaso junto a una jarra de agua, y una campanilla.

Rei se sentó en la cama y zarandeó con cuidado al Rubio.

—¡Eh! ¿Qué? ¿Qué pasa?

Abrió los ojos con dificultad y miró a los agentes sin ubicarse.

—Tienes visita, Rubio —dijo Rei.

El viejo se incorporó hasta quedar semisentado en la cama con la ayuda de Rei.

—Buenos días, Rubio —dijo el jefe.

—García —contestó el viejo. Y como si de repente hubiese recordado— ¿Trae una orden?

El sargento rio.

—¿Y este quién es? —preguntó el viejo a Rei.

—Tranquilo, Rubio, vienen en son de paz.

El sargento se volvió hacia López.

—Baje y vaya pidiendo la identificación a los muchachos. Compruebe que tienen dieciocho años o más.

López salió de la habitación de inmediato.

—Soy el sargento Santiago Prieto, de Vega, y solo quiero saber cómo se encuentra.

El viejo le miraba como si fuese un estúpido .

—¿Que cómo estoy? ¿Cuántas veces y cuántos más van a venir a preguntar? Acaso no se lo ha dicho el médico, estuvo aquí hace cuánto, dos días. Estoy mejor que nunca, por qué no nos dejan en paz de una vez.

—No tiene un buen despertar, por lo que veo. ¿Los chicos le tratan bien?

Ahora fue el viejo el que rompió a reír a carcajadas que desembocaron en una tos persistente. Cuando la dominó, tomó la campanilla de la mesilla y la hizo sonar.

Al momento Lupa entró en la habitación.

—Me meo, chaval.

El chico sacó la cuña y echó la sábana del viejo hacia atrás. El sargento y el jefe apartaron la vista hasta que terminó entre suspiros y gruñidos de satisfacción y Lupa desapareció con la cuña.

El sargento se dio por aludido a su pregunta.

—Voy a hacerle una pregunta muy sencilla. ¿Los chicos están aquí con su permiso?

—Que sí, cojones. ¿Cuántas veces lo tengo que repetir?

Rei se sonrió. El sargento y el jefe tendrían que agachar la cabeza e irse con el rabo entre las piernas.

Prieto se recompuso con rapidez.

—Tu documentación —ordenó a Rei.

—La tengo en mi cuarto.

—Vamos —ordenó el sargento encontrando la forma de salir de aquel cuarto con cierta dignidad .

—¡Eh, Jefe! Salude a Minia de mi parte —dijo el viejo con recochineo.

Rei les condujo a su cuarto. Amelia estaba en la cama, cubierta con una sábana, leyendo un libro.

—¿Cómo estás, Amelia? —preguntó el jefe.

—Bien —dijo ella con timidez.

Rei abrió el cajón de la mesilla y le dio el documento de identidad al sargento. Este lo miró un rato y se lo devolvió.

—¿Qué le ha pasado, señorita?

—Me corté pelando patatas.

El sargento ya lo sabía.  Era una de las historias que el alcalde le había contado en su verborrea.

—Mejórese.

Ya fuera del cuarto el sargento le preguntó a López si había identificado a todos los muchachos y este asintió.

—Todo en orden.

El jefe vio a Lorenzo sentado en el sofá de la sala. Evitaba mirarle y solo lo hizo cuando se dirigió hacia él.

—Tu madre está muy preocupada.

El rostro de Lorenzo se puso lívido. Su mirada se mantuvo fija en un punto indefinido, sin centrarla en la de su padre.

—Lo siento mucho, pero estoy bien donde estoy .

Se hizo el silencio. Podían escucharse los pájaros piando en el exterior. Al silencio le acompañaba una inmovilidad muy poco natural.

El sargento se volvió hacia Rei.

—Muy bien, aquí termina nuestra tarea —le tendió la mano y cuando Rei iba a estrechársela se la sujetó y la giró para dejar la palma boca arriba.

—Tened cuidado con los cuchillos.

El duelo de miradas fue lo último que se cruzaron antes de que los policías salieran de la casa camino al coche policial.