Chapter 45
El sargento Santiago Prieto se presentó en El Páramo a la mañana siguiente. Aparcó frente a la comisaría y estrechó la mano del jefe García, con el que había coincidido, hacía ya demasiados años, en la instrucción de la academia.
Después saludó al alcalde y se sentaron los tres en el despacho mientras López preparaba café en la vieja cafetera eléctrica que tenían en la recepción.
Al jefe le hubiese gustado poder hablar con Prieto a solas, pero no hubo forma de sacarse al alcalde de encima.
Apenas se sentaron comenzó con el relato de la llegada de Rei, adornando su participación en el mismo y exagerando la historia de las fiestas nocturnas con detalles que se inventaba, pues nadie, excepto los muchachos que las celebraban, sabía realmente lo que sucedía allí.
Santiago le prestaba atención y obviaba las toses del jefe cuando el alcalde se excedía en su efusividad.
—Entonces su hijo se trasladó a ese lugar voluntariamente —dijo Prieto.
—Bueno, yo creo que ese chico le manipuló.
—Pero, en principio, fue voluntario.
Al alcalde no le quedó más remedio que asentir a regañadientes.
—Y ahora, ellos, los muchachos que siguen en esa casa afirman que ha dejado ese lugar de la misma forma.
—Eso es —contestó el jefe por él.
El alcalde se removió en su silla. López entró con tres cafés en vasos de plástico y los dejó sobre la mesa. Se quedó allí plantado hasta que el jefe le hizo un gesto con la cabeza.
—Cierre al salir.
Prieto se acariciaba la barbilla.
—No puedo prometer gran cosa, alcalde. Su hijo es mayor de edad y supuestamente se ha ido voluntariamente, o eso afirman varios testigos.
—¿Testigos? ¿A qué testigos se refiere? Son una pandilla de mocosos a los que esa sabandija manipula. Igual que al viejo.
—Está bien. No digo que no vaya a hacer nada, sino que la situación es complicada.
El jefe asentía complacido al verse respaldado por un sargento de Vega Río.
—Muy bien —dijo Prieto mirando al jefe—, vamos a ese lugar. Con un poco de suerte puedo estar de vuelta en Vega para la hora de comer.
El jefe y el alcalde se pusieron en pie.
—Esperaba que comiera con mi mujer y conmigo —decía el jefe mientras salían de la comisaría. López les seguía y cuando abrió la puerta del copiloto el sargento Prieto se coló en el coche mientras se dirigía al alcalde.
—Usted no, esto es cosa nuestra, pero le mantendremos informado.
Tanto López como el alcalde torcieron el gesto aunque cada uno por motivos diferentes.
El alcalde se quedó allí plantado con un chasco de tres pares de narices y López se sentó en la parte trasera del coche como un vulgar borracho al que se llevaban a comisaría después de haber montado una trifulca.
A aquel tipo de actividad policial era a la que habían estado acostumbrados en El Páramo hasta hacía tan solo unas semanas.