Los hijos rotos Chapter 43
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Chapter 43

Regresaron al pueblo y fueron directos a la comisaría. Belinda tenía los ojos arrasados y el alcalde repitió varias veces, en la poca distancia que recorrieron, que aquello no iba a quedar así y que el jefe debería haber hecho algo antes de llegar a ese punto.

—Pero si usted tampoco quiso hacer nada cuando el doctor y el tabernero lo pidieron. Estaba de acuerdo en que no se estaba cometiendo ningún delito y no había nada que se pudiese hacer.

López salió en defensa del jefe o simplemente dijo lo que pensaba, pero su superior le dio un codazo desde el asiento del conductor y el ayudante se limitó a mascar el chicle con furia.

—Bien, vamos a poner esa denuncia por desaparición.

El jefe estaba nervioso. No quería confesar que no sabía qué hacer, nunca se había encontrado ante una situación como aquella. En El Páramo no ocurría nada que no pasase de una pelea entre borrachos o alguna que otra multa de tráfico.

—Déjeme los datos completos de Tomás, nombre, apellidos, fecha de nacimiento… y López les acompañará para que nos faciliten una fotografía reciente.

López alzó las cejas contrariado. Estaba harto de escuchar las quejas del alcalde.

—Todo eso está muy bien, pero tendrá que hacer algo más, ¿no?

—¿A qué se refiere ?

—¿No va a detener a ese chico?

—¿Detenerlo? ¿Acusándolo de qué? ¿Con qué pruebas?

El alcalde golpeó con fuerza la mesa del despacho con el puño.

—No tiene ni idea, jefe, dígalo de una vez.

El jefe había enrojecido y trataba de salir como fuera de aquel embrollo.

—Usted dele la foto a López y déjeme a mí hacer mi trabajo.

López sujetó a Belinda por los hombros y la empujó suavemente hacia la salida. El alcalde le mantuvo todavía unos segundos la mirada al jefe y después salió tras su mujer y el ayudante.

Una vez solo, el jefe se devanó los sesos hasta decidirse a levantar el teléfono y pedir a una telefonista que le pusiera en contacto con el sargento Santiago Prieto en Vega Río.