Chapter 42
Por más que el jefe y el alcalde insistieron fueron incapaces de convencer a Belinda para que se quedara en casa.
López les miraba desde la puerta del copiloto del coche policial, ajeno a la discusión y masticando chicle.
Al fin, los cuatro subieron al vehículo y se detuvieron al llegar a la verja de la casa del Rubio.
No había movimiento alguno.
García gritó varias veces, primero llamando al Rubio y luego al propio Rei, pero nadie respondió a la llamada.
—Voy a entrar —dijo el alcalde.
—¿Va a saltar la verja?
López echó mano a la cadena con candado que la mantenía cerrada.
—El Rubio jamás tuvo un candado en su verja. Es todo desde que estos están aquí. Nada bueno harán cuando no dejan pasar a las personas decentes —se quejó Belinda.
El jefe comenzó a bordear los setos que rodeaban el jardín intentando acercarse lo máximo posible a la casa. Medían cerca de metro ochenta y eran espesos, lo que impedía ver el interior.
Belinda era la única que se había quedado junto a la verja, sin apartar la vista de la casa.
—¡Alguien se ha movido! ¡He visto moverse a alguien tras esa ventana! —gritó a los otros .
Un agudo silbido atravesó el aire y el tímpano del jefe. Se volvió hacia su ayudante.
—¡Joder, López!
—Están abriendo la puerta —gritó Belinda, y López se encogió de hombros ante su superior como si esperara una felicitación y no una reprimenda.
Los tres hombres volvieron junto a Belinda mientras el jefe se rascaba la oreja. Belinda hacia gestos hacia la puerta.
Una chica menuda, con el cabello negro azabache se hacía sombra con una mano sobre los ojos observándoles. Luego, sin decir nada volvió a entrar y cerró la puerta tras de sí.
Todos se quedaron expectantes, hasta que vieron al chico rubio aparecer.
—¡Rei, solo queremos hablar contigo!
El muchacho llevaba unos pantalones anchos de lino que le llegaban a los tobillos y tenía el torso desnudo y los pies descalzos. Se acercó con tranquilidad a la verja.
—¿No es un poco temprano para hacer una visita?
Belinda no se anduvo por las ramas.
—¿Dónde está mi hijo?
Poco a poco, como fantasmas, iban saliendo más chicos y chicas de la casa. Algunos se acercaban y otros se quedaban en el porche.
Belinda vio a su hija junto a la barandilla.
—¡Sonia! ¿Dónde está tu hermano ?
Rei se rascó el cabello corto. Bajo el sol lucía casi blanco.
—¿Están buscando a Tomás?
El jefe se acercó a la verja conciliador. También él veía a su hijo Lorenzo en el porche.
—Rei, déjanos entrar y hablamos. Dile a Tomás que salga.
Rei sonrió y se giró mirando hacia atrás. López contaba en voz baja moviendo ligeramente los labios. Junto a Rei habría al menos otros quince o veinte muchachos, más los que se habían quedado en el porche.
—Me temo que el Rubio dejó claro que no quería que entrara nadie en su propiedad sin su permiso.
El alcalde se iba acalorando por momentos.
—¿Dónde cojones está mi hijo, hippie de mierda?
Belinda no apartaba la vista de Sonia y el jefe vio cómo su hijo Lorenzo la abrazaba y los dos juntos volvían al interior de la casa.
—¿Ustedes lo ven?
—No.
López contestó sin ni siquiera pensar. Seguía con el recuento mental aunque ya se había perdido varias veces.
—¿Dónde está? Por favor —suplicó Belinda, despegando por fin la vista de la puerta por la que había desaparecido su hija.
Rei pareció compadecerse.
—Ya no está aquí. No sé dónde está. Se fue .
Belinda se llevó las manos a la cara y el alcalde la abrazó por los hombros.
—¿Cuánto hace de eso?
Rei se encogió de hombros.
—Dos días. No, tres —dudó—. No estoy seguro.
El jefe sonrió cínico.
—Ya. No vas a dejarnos entrar, ¿verdad?
Rei negó lentamente con la cabeza.
—¿Puedes dejarme hablar con mi hijo?
—¿Con quién?
—Lorenzo —contestó Lopez, ingenuo ante la pregunta envenenada del chico.
Rei le indicó a Carla, que había sido la primera en salir, que fuese a buscar a Lorenzo. Esta se dio la vuelta y volvió hacia la casa con lentitud, como retando al jefe. Era como si aquellos muchachos supiesen exactamente lo que tenían que hacer para sacarles de quicio.
—Rei, si no tenéis nada que esconder, no veo el problema en que nos dejéis entrar.
—Verá, jefe, ¿yo voy a molestarle a su casa?
—No. Pero si vinieses a hablar conmigo, no tendría problema en dejarte entrar.
Rei no dejaba de sonreír.
—Es la casa del Rubio.
—Pregúntale, entonces.
—Está durmiendo .
—Puedes desper… —López comenzó la frase, pero el jefe elevó la voz sobre la suya.
—Ya, entiendo.
Carla volvió sola de la casa. Lo hizo con la misma lentitud con la que se había marchado y al llegar junto a la verja sonrió y contestó con suavidad.
—Lorenzo dice que no quiere verle.
Rei se encogió de hombros satisfecho.
—¿Lo ve, jefe? Aquí no obligamos a nadie a hacer nada, y menos lo que no quiere. Tomás se fue y nadie se lo impidió.
—Me niego a creer que nuestro hijo se fuera de aquí y no volviese a casa —dijo Belinda al borde del llanto. El alcalde la sujetó por los antebrazos tratando de insuflarle valor.
—Señora, lo que usted crea no me incumbe. La decisión la tomó su hijo. Por algo sería.
El alcalde soltó a Belinda y sujetando los barrotes de la verja la zarandeó.
—Eres una sabandija, un sinvergüenza. No sé qué pretendes, no sé lo que buscas, pero esto no va a quedar así.
Algunos de los chicos cuchichearon, otros reían por lo bajo, otros con descaro.
El jefe separó al alcalde de la verja. Echó un último vistazo hacia la casa. Lo cierto es que daba miedo ver a tantos jóvenes juntos que parecían seguir a aquel muchacho como a un Dios.
Se dijo que quizá el alcalde tenía razón.
Había llegado el momento de dejar el orgullo y las rencillas de hacía años atrás y buscar la forma de deshacer aquel campamento que se estaba formando de una forma tan siniestra en la casa de uno de los hombres más ricos, más poderosos y más rastreros que había conocido en su vida.
Incluso postrado en una cama y a punto de terminar su vida, no parecía estar dispuesto a hacerlo sin antes seguir dando por el culo a sus vecinos del Páramo.