Chapter 41
El doctor y el alcalde se pusieron en marcha hacia la casa del jefe. Sabían que a aquella hora ya no estaría en la comisaría.
Fue Minia quien les recibió, ataviada con un mandil y con una espumadera en la mano. Miró al doctor con un gesto de interrogación en la cara.
—¿Pasa algo, doctor?
Cuando había terminado su trabajo aquella mañana se había despedido del doctor sin notar nada raro en la actitud del médico.
—Sí, sí que pasa —El alcalde era incapaz de disimular su frustración—. Pasa que todo esto se nos está yendo de las manos.
El tono alterado del alcalde atrajo al jefe a la puerta, que observó a los otros con gesto hastiado.
—¿No voy ni a poder cenar tranquilo?
El doctor temió que el alcalde saltase sobre él.
—¡Claro! Claro que puede cenar tranquilo, puede cenar con toda la calma del mundo, porque a usted ¡no le importa nada! Usted ejerce un puesto de pacotilla, de mentira, de postureo. Es el jefe de policía mientras no sucede nada, pero cuando sucede, ¿dónde está usted?
Minia se había puesto pálida y el doctor prácticamente sujetaba al alcalde por la pechera.
—Pero ¿qué pasa? —preguntó Minia dejando la boca medio abierta .
—Mi hijo ha desaparecido. Eso pasa —gritó el alcalde—. Y quiero poner una denuncia de su desaparición. Pero usted cene tranquilo, jefe.
García se pasó una mano sobre el cabello ralo y extendió las manos frente a ellos como pidiendo calma.
—Vamos a ver, Sotomayor, ¿de dónde sacas que Tomás ha desaparecido?
Minia les hizo un gesto con la espumadera para que pasaran y luego fue a la cocina a apagar el fuego para volver a toda prisa al salón donde los otros ya estaban contando la historia de unos estigmas en las palmas de las manos de los muchachos.
También contaban la visita del doctor a Amelia y la reciente conversación con Duli.
El jefe se veía afectado, pero no paraba de cuestionar cada uno de los relatos.
—Pero el viejo se veía bien, ¿no?
—¿Qué mierdas tiene eso que ver? —exclamó el alcalde.
—¿Está seguro de que todos tenían los estigmas?
—Hombre, no pude ir mirando uno por uno —Rezongó el médico —, pero a los que llegué a verles la palma lo tenían.
—Duli no —afirmó el jefe.
El alcalde no podía más.
—Joder, García, te estoy diciendo que mi hijo no está donde el Rubio y no ha vuelto a casa. No seas necio .
El jefe estaba sentado al borde del sofá, con las manos apoyadas en los muslos. Minia a su lado le puso una mano sobre el hombro.
—Yo dije desde el principio que ese muchacho no me gustaba nada.
García la miró como si quisiese matarla con la mirada. Eso ya lo sabía, pero ahora esperaba un poco de apoyo por parte de su esposa.
—Está bien, Sotomayor. Voy a hacer algo, pero te pido que me des hasta mañana antes de denunciar ninguna desaparición.
El alcalde no se veía convencido.
—¿Qué va a hacer? Creo que tengo derecho a saberlo.
El jefe asintió.
—Mañana a primera hora iré a casa del Rubio para cerciorarme de que tu chico no está allí. Llamaré a López ahora mismo.
—Yo iré también.
El Jefe se pasó las manos por la cara. No le agradaba la idea, pero sabía que no era el momento de negarse.
—Está bien. López y yo le recogeremos a las ocho en su casa.
El médico se puso en pie y el alcalde le imitó sin quitar la vista de encima al jefe.
—Le espero a las ocho. Que le aproveche la cena —dijo con desdén y después se volvió a su mujer haciendo una pequeña inclinación como despedida—. Buenas noches, Minia .
Médico y alcalde salieron de la casa. Sotomayor ya no estaba furioso, ahora era un hombre totalmente vencido.
—Buenas noches, doctor. Tengo que volver a casa y darle la noticia a mi mujer.