Los hijos rotos Chapter 40
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Chapter 40

A las siete en punto el doctor, que ya esperaba sentado en el murete de cemento de la fuente de los caños, fumando un cigarro, vio llegar al alcalde.

Tiró el cigarrillo al suelo, sobre la tierra húmeda que rodeaba la fuente y le hizo un ligero gesto de saludo.

—¿Cree que estará en casa? Le gusta deambular por ahí.

—La hermana va a misa de seis y después vuelve a casa a preparar la cena y le gusta que él esté allí.

No tuvieron que caminar mucho, si habían quedado en los caños era porque la casa estaba prácticamente enfrente.

El alcalde golpeó a la puerta y fue la hermana quien la abrió.

La mujer, bajita y muy flaca, contrastaba con su hermano, de grandes dimensiones tanto a lo alto como a lo ancho.

Estaba vestida con ropa de calle, vieja y austera, lo que les hizo pensar que hacía poco que había regresado de la misa.

No pasaría de los sesenta, pero una vida dura y mísera podían hacer estragos en la apariencia de las personas.

Les miró sin inmutarse, casi como si los estuviera esperando.

—¿Está tu hermano en casa? —preguntó el doctor.

Ella asintió mientras miraba al interior.

—¡Obdulio! —gritó.

Pero nadie acudió a la llamada.

—Lo mismo está en el patio .

—¿Podemos pasar?

La mujer se hizo a un lado, obediente, y les guio a través de un pasillo oscuro hasta llegar a un pequeño patio interior.

El gigante estaba al fondo, junto una destartalada valla de alambre tras la que se veían unas pocas gallinas. Estaba echando trigo a las mismas y se volvió sonriendo, enseñando los pocos dientes que le quedaban.

—Hola, Duli —saludó el alcalde.

La hermana dio por terminada su misión.

—Voy a cambiarme y a preparar la cena.

No parecía tener ni el más mínimo interés en saber por qué el alcalde y el doctor buscaban a su hermano. Pero ambos estaban seguros de que la mujer lo sabía de sobra.

—Sopas de ajo, sopas de ajo —canturreó Duli mientras seguía tirando trigo a las gallinas.

—¿Cómo estás, Duli? —preguntó el doctor.

—Bien, doctor. Duli ya no tose —dijo, recordando la vez, hacía años ya, que tuvo una neumonía y el doctor le visitaba en la casa.

—¿Estás contento? He oído que has hecho nuevos amigos.

Duli sonreía bobalicón.

—Los chicos del Rubio y Clara, sí.

—¿Clara? —preguntó el alcalde confundido.

—Sí. La gatita negra, la gatita guapa.

El alcalde asintió. Se sentía incómodo. No tenía experiencia en tratar con personas que parecían niños sin serlo y aquello le hacía sentir inseguro, como si en cualquier momento fuese a decir algo inconveniente. Así que miró al doctor esperando que este tomase la iniciativa.

—¿Y qué tal con tus nuevos amigos?

—Bien —respondió Duli, agitando tanto su enorme cabeza que parecía que se fuese a descoyuntar de un momento a otro. Al alcalde le recordó una de aquellas gallinas.

—Vas a verles por las noches, ¿no?

El hombre hinchó el pecho con orgullo.

—Duli es amigo de Rei, y de Clara.

El alcalde se desesperaba y quería ir al grano, pero el doctor asentía siguiendo el juego a Duli.

—Te tratan bien entonces, ¿no?

Duli volvía a asentir. Se apretaba una mano contra la otra. Sonreía. Se sentía importante.

—Y dime Duli, ¿qué hacéis en esas fiestas para pasarlo tan bien?

El hombre pareció pensarlo un momento.

—Hacemos una hoguera.

El alcalde no aguantaba más.

—¿Y ya está? ¿No hacen nada más?

—Sí, claro. Bailan, hay música y risas, muchas risas.

El doctor le hizo un gesto al alcalde para que fuese paciente.

—¿Y jugáis a algo ?

Duli cerró los ojos. Parecía que explotaría de tanto concentrarse. Después negó con la cabeza.

—No recuerdo jugar a nada.

El doctor se acercó a él.

—¿Me dejas ver tus manos? Así —dijo volteando él mismo las suyas para mostrar las palmas

Duli le imitó. Aparte de suciedad y cayos, nada más.

El alcalde pareció decepcionado. Sin embargo, el doctor no estaba dispuesto a rendirse.

—¿Y siempre hay risas en las fiestas? ¿Nunca se enfada nadie?

Duli volvió a apretar los ojos. Luego los abrió y miró al alcalde. Ahora su gesto estaba afligido.

—Tomás, Tomás se enfadó un día.

El alcalde entrecerró los ojos.

—¿Por qué?

Duli se encogió de hombros. Estaba claro que no le gustaba recordar aquel momento.

—No sé, pero a Duli no le gusta que la gente se enfade.

Al alcalde le apetecía sacudirle, saber todo lo que había pasado ese día del que hablaba, pero el doctor volvió a tomar el mando de la conversación.

—¿Estaba muy enfadado Tomás?

—Estaba enfadado y gritaba.

—¿Con quién estaba enfadado?

—Con Rei, y gritaba a todos .

El alcalde tragaba saliva con dificultad. Duli se llevó las manos a las orejas como si le doliese recordar aquel momento. Como si pudiese estar escuchando la discusión en diferido.

—Duli les dijo que pararan. Parad, parad. No me gusta que la gente se enfade, no me gusta que la gente grite.

—¿Y luego volvieron a hacerse amigos? —preguntó el doctor.

Duli volvió a encogerse de hombros.

—No lo sé. Tomás se fue y no volvió. Ya nadie grita.

El alcalde palidecía por momentos. Sin quererlo o poder controlarse se acercó a Duli y levantó la voz.

—¿Cómo que no volvió? ¿Cuándo fue eso? ¿Dónde está?

Duli elevó los brazos sobre el rostro, asustado, como si temiese que el alcalde fuera a golpearle.

—No sé, no sé, Duli no sabe. No me gustan los gritos.

La hermana se asomó al patio.

Se acercó a su hermano y le tomó de un brazo.

—Ya está la sopa, Duli.

El rostro del hombre se rehizo.

—Sopas de ajo.

El alcalde temblaba sin moverse del sitio y el doctor tuvo que empujarle para seguir a los dos hermanos al interior de la casa.

—¿Anoche estuviste en la fiesta ?

Duli asintió mientras se sentaba a la mesa.

—Y Tomás ya no estaba, ¿no?

Duli negó y cogió la cuchara esperando a que su hermana le sirviera la sopa.

—¿Y antes de ayer?

La hermana miró al doctor.

—No sabe qué es antes de ayer.

Sin embargo, a Duli se le pareció iluminar el pensamiento.

—Cuando hice de guardián, Tomás ya no estaba.

—¿Cuando hiciste de guardián? ¿Qué es eso?

El doctor era más práctico. Imaginaba a lo que el hombre se refería, a que le habían puesto a vigilar para que nadie se pudiera colar en la fiesta. Lo sabían, tanto adultos como otros jóvenes que lo habían intentado. Sabían que vigilaban las entradas para preservar la intimidad en la finca.

—¿Hiciste de guardián anoche?

Duli negó.

—No, antes.

La hermana se acercó con la cacerola para servir la sopa y miró al doctor. A este no le hizo falta nada más para entender.

—Muy bien, Duli, te dejamos cenar. Buen provecho.

Duli agitó la cuchara y clavó la vista en el plato que su hermana comenzaba a rellenar.

El doctor y el alcalde salieron de la casa .

—Ahora sabemos que Tomás lleva al menos tres días fuera de esa casa.

El alcalde parecía hipnotizado. Trataba de entender, pero no lo conseguía.

—Pero no ha vuelto a casa.

—Creo que ha llegado el momento de hablar seriamente con el jefe. Y la única forma de que nos tome en serio va a ser que pongas una denuncia por la desaparición de Tomás.