Chapter 39
Dos días después, Rei se rindió y tuvo que llamar al doctor. Le pidió amablemente que se pasara por la casa para visitar al Rubio, pero a quien en realidad quería que viese era a Amelia.
Al principio, la chica trató de disimular el dolor, pero, al poco tiempo, la fiebre se adueñó de ella y, al final, tuvo que postrarse en la cama porque se mareaba.
—Fila, no quiero que la dejes sola ni un minuto mientras yo no pueda estar con ella —le volvió a ordenar, a pesar de que el peligro que Tomás representaba había desaparecido.
Por supuesto, el doctor se sorprendió con la llamada y, por supuesto, también acudió raudo a la misma.
—¿Le pasa algo al Rubio? —Había preguntado, alarmado y, por otra parte, deseando que así fuera.
Que al fin se demostrara que el viejo necesitaba algo más que a una pandilla de chiquillos para cuidar de su salud.
Si al viejo le pasaba algo, quizá eso sirviera para poder desalojar aquella casa y ponerse de nuevo al mando.
—No, no, pero creo que una visita rutinaria le vendría bien. —Mintió Rei.
El doctor atendió a sus obligaciones durante la mañana y, después de comer, sobre las cinco, se dirigió a la casa.
Al llegar a la verja de entrada, pudo ver al grupo de muchachos repartidos por el jardín y el porche, y uno de ellos, que seguramente estaba al tanto de su visita, le dejó entrar .
El cielo estaba encapotado, pero seguía haciendo mucho calor y los muchachos, en su mayoría, lucían su torso desnudo.
Algunos estaban bajo la sombra de los árboles hablando en grupo y otros reposaban en las escaleras, barandilla o el suelo del porche.
El doctor en una primera ojeada calculó que serían treinta o más.
El Rubio estaba en el porche, sentado en una silla de playa que apenas resistía su peso.
Como la mayoría de los muchachos, teníal torso desnudo, poblado de un vello escaso y canoso, y llevaba unos pantalones de pijama holgados.
Sujetaba un vaso con hielo y un líquido oscuro que el doctor, a primera vista, no podía saber si se trataba de whisky o té.
—Buenas tardes, doctor.
—Buenas, disfrutando del aire fresco, ¿eh?
El Rubio señaló a su alrededor.
—Del aire fresco y de las vistas.
Algunas muchachas rieron al darse cuenta de que se refería allas.
—¿Qué le parece, doctor? Estos chicos jóvenes y fuertes me bajan de la habitación en esta vieja silla y me hacen revivir mi propia juventud. ¿Qué le trae por aquí?
El doctor encogió un poco las cejas sorprendido ante la pregunta, pero antes de poder responder, Rei se asomó desde el interior de la casa.
—Buenas tardes, doctor. Le agradezco que se tomara la molestia de venir .
El doctor, que estaba al pie del porche, subió las escaleras y tras estrechar la mano del Rubio se volvió hacia Rei.
—Sí, bueno, pensé que el Rubio no se encontraba bien.
—¿Yo? Pero si estoy mejor que nunca. —Rio.
—Espero que eso que está bebiendo no sea whisky.
—Es un delicioso té —dijo el viejo tendiendo el vaso hacia el doctor —. Puede probarlo si no me cree. No sé cómo lo hace Fani, pero prepara unas infusiones que le llevan a uno directo al paraíso.
La chica que debía ser la tal Fani soltó una risita y luego se acercó al viejo y le plantó un sonoro beso en la frente.
El doctor miró a Rei, confundido.
Este le hizo un gesto para que le siguiese y el doctor entró en la casa. Atravesaron el salón, bastante ordenado y, luego, Rei abrió la puerta de un cuarto invitándole a entrar.
Fila se levantó del borde de la cama, donde el doctor pudo ver que conversaba con alguien.
—Sal —ordenó Rei.
El muchacho abandonó la habitación cerrando la puerta al salir.
—Siento haberle mentido, pero pensé que tal vez si fuese por uno de nosotros no vendría y no quería llevarla a su consulta porque está muy mareada.
Rei descorrió las cortinas para dejar entrar la luz y el doctor pudo ver a Amelia en la cama .
—Amelia, ¿qué tienes?
Se acercó alla y vio sus ojos febriles. Posó una mano sobre su frente y después dejó el maletín sobre la mesilla, rebuscó y sacó un termómetro.
—¿Desde cuándo estás así?
—Desde ayer. —Mintió de nuevo Rei antes de que la chica contestara.
—¿Tienes algún otro síntoma? ¿Tos? ¿Diarrea? ¿Náuseas?
Amelia volvió la mirada hacia Rei y este asintió.
Amelia extendió la mano derecha mostrando la palma al doctor.
—Es un corte muy feo, ¿cómo te lo has hecho?
—Pelaba patatas —respondió la chica, escueta.
El doctor le echó un vistazo rápido.
—No necesita puntos, pero se ha infectado.
Sacó del maletín agua oxigenada y le limpió el corte. Después le echó una pomada y se lo vendó.
Preparó una jeringuilla y le dijo a la chica que levantara el camisón a la altura de la cintura.
—Tienes que aguantar un poco, la inyección es dolorosa.
Efectivamente, el rostro de Amelia se contrajo por el dolor y una lágrima silenciosa rodó desde una de sus mejillas hasta la comisura de sus labios, pero no se quejó.
El doctor sacó de su maletín un par de cajas de pastillas .
—Estas son para la fiebre, y estas antibiótico.
Es importante que las del antibiótico las termine, aunque deje de tener fiebre.
Tiene que tomar una cada ocho horas y que procure guardar un horario riguroso en la toma.
Hay que limpiarle el corte cada día y echarle esta pomada.
Me pasaré por aquí en un par de días para ver cómo sigue.
Rei asintió.
—Gracias, doctor. Yo le avisaré de cómo avanza y le llamaré si necesito que vuelva.
El doctor se quedó cortado. Miró el rostro macilento de Amelia y su expresión exangüe. Pensó en el tabernero, en qué pensaría si viese a su hija postrada así en aquella cama. Y aquel muchacho le estaba diciendo a las claras que no quería que volviera por allí a menos que él le llamara.
—¿Cuánto le debo?
La desfachatez de aquel muchacho al despacharle de aquella forma le indignó.
—¿Me pagas tú o El Rubio?
—¿Acaso importa?
El doctor se enfrentó a él.
—Mira, muchacho, no sé lo que haces aquí, ni cómo te has camelado al Rubio para que al parecer te dé incluso acceso a su dinero cuando todos sabemos que lo tiene en casa porque no se fiaba ni de los bancos, pero el resto no confiamos en ti, y lo creas o no, estamos alerta.
Rei no se amilanó.
—Usted mismo lo ha dicho todo. Ahora dele una vuelta, ¿qué hacían ustedes para que el Rubio no se fiara ni de los bancos para depositar su dinero en un lugar tan “seguro”?
El doctor se quedó tieso y perplejo. Rei le indicó la puerta y este salió del trance y de la habitación. Al llegar al porche, el Rubio levantó su vaso hacia él.
—¿Se va, doctor?
—Sí, ya no me necesitan más.
El doctor se fijó en la mano derecha del viejo sujetando el vaso y no vio herida alguna, pero al comenzar a mirar a otros de los chicos que sostenían sus cervezas por el cuello de las botellas observó la marca.
Vio a la hija del alcalde y se acercó alla.
—Sonia, ¿cómo estás?
Alargó la mano con la intención de que la chica se la estrechara, pero esta evadió el gesto y cerró los dedos ocultando la palma.
—Estoy bien.
—¿Qué tal tu hermano? —El doctor giró la cabeza buscando al muchacho — No le veo por aquí.
Sonia entonces pasó la mano bajo su nariz en un gesto nervioso y el doctor vio el corte, pero fingió no ver nada.
—Está bien, todos los estamos.
—Menos Amelia —replicó el doctor. Y al no obtener más respuesta de la chica, sonrió un poco y se dirigió a la verja de salida —. Le diré a tu padre que te he visto, seguro que se alegra, a todos nos alegra saber que estáis bien.
41 .
Efectivamente, el doctor no fue a su casa y se plantó frente a la del alcalde. Alterado y sudoroso presionó el timbre y esperó a que le abriesen.
—Buenas tardes, doctor.
La mujer del alcalde le miraba sin parpadear, un poco sorprendida ante la apariencia nerviosa del médico.
—Hola, Belinda, ¿está Sotomayor en casa?
—Sí, está en el salón, pase.
Se hizo a un lado y el doctor entró con más ímpetu del que quisiera mostrar.
Belinda cerró la puerta y caminó tras él.
El médico ya había estado muchas veces en la casa y conocía de sobra el camino al salón, pero a Belinda le pareció una falta de educación que la adelantara y no estaba acostumbrada a que el doctor no guardara las formas.
—¿Pasa algo?
Su pregunta cayó en el vacío. El alcalde estaba sentado a la mesa comedor y observaba sellos con una lupa en un álbum abierto frente a él.
Todos sabían que era un gran aficionado a la filatelia.
Levantó la cabeza y dejó la lupa a un lado mientras veía entrar alterado al doctor y a su mujer tras él con un gesto contrariado.
—Tengo que hablar contigo —dijo el doctor dejando a un lado el tratamiento de usted.
—¿Es por mis hijos? —preguntó Belinda. No había otra cosa en la que pensara a lo largo del día.
El médico guardó silencio sin quitar la vista de encima al alcalde. Estaba claro que esperaba que este despachara a su mujer para poder hablar a solas .
—Doctor Cadevilla, nos conocemos desde el colegio, no vas a ignorarme ahora y menos si se trata de mis hijos.
Si vienes a hablar con mi marido de temas del consultorio o personales, me da igual, pero si tiene algo que ver con mis hijos te aseguro que no me sacarás de aquí ni con la ayuda de una grúa.
Belinda también abandonó el tratamiento de usted desafiando al médico.
El alcalde cerró el álbum, se puso en pie y se dirigió al mueble bar.
Sirvió tres coñac y le tendió el primero a su mujer dejando claro que ella se quedaba.
Después le hizo un gesto al doctor para que tomara asiento en el sofá de cuero marrón y él y su mujer lo hicieron en cada uno de los dos sillones a juego.
El doctor se dio por vencido.
—Vengo de la casa del Rubio.
—¿Fue a verle por su cuenta? ¿Le dejó entrar? —volvió a tratarle de usted.
—El chico me llamó. Fue él quien me pidió que acudiera. Me dijo que quería que revisara al viejo, pero cuando llegué allí resultó ser mentira.
Le pegó un trago al coñac y el alcalde y su mujer esperaron con paciencia.
—Era por Amelia, la hija del tabernero. Tenía un corte muy feo en la palma de la mano derecha y se le había infectado. Se lo limpié con agua oxigenada, le eché pomada y…
El alcalde se impacientaba.
—Sí, sí, le hizo una cura, ahorremos los detalles, no creo que sea eso lo que quería contarnos .
—No, no era eso. Dijo que se lo había hecho pelando patatas, pero estoy seguro de que mintió.
Belinda se aguantaba como podía para no preguntar por sus hijos.
—¿Por qué piensa que mintió? —preguntó a cambio.
—Porque comencé a fijarme y todos tenían ese mismo corte.
—¿Todos?
El doctor se terminó de un trago el coñac.
—Cuando llegué, el jardín y el porche estaba lleno de muchachos, creo que al menos hay una treintena. Hasta el viejo estaba en el porche. Rei me hizo pasar a la casa porque Amelia estaba en la cama, la infección le había dado fiebre y estaba mareada…
—Sí, sí… —volvio a instarle el Alcalde.
—Puede que hubiese alguien más en la casa, todos sabemos que es muy grande, pero no me dio esa sensación. Yo creo que todos estaban fuera.
El alcalde y su mujer no entendían a dónde quería llegar. Entonces el doctor se dirigió directamente a Belinda.
—Al salir vi a Sonia y quise estrecharle la mano para comprobar si tenía el corte.
Belinda se llevó una mano a la boca y sus ojos se volvieron vidriosos al escuchar el nombre de su hija.
—Ella me evitó, pero, aun así, luego se pasó la mano por debajo de la nariz y vi que, efectivamente, también teníal corte .
Belinda se tapó el rostro con las manos. El alcalde se levantó de su sillón y tratando de parecer fuerte se colocó tras su mujer y le apretó los hombros.
—Un ritual. Es lo que piensa, ¿verdad?
El doctor se encogió ligeramente de hombros.
—Nadie sabe lo que hacen realmente en esa casa. Con el Rubio es imposible hablar, le tienen totalmente abducido y aislado. Yo no lo sé tampoco, pero esos cortes, ese hermetismo, no me gusta nada y tenía que contárselo a alguien. Y ya sabemos que el jefe no está por la labor.
El alcalde se sonrió recordando su última conversación con el jefe García.
—Pero habrá que hacer algo —clamó Belinda —. Hoy es un corte, pero ¿hasta dónde pueden llegar?
—Por eso he venido a hablar con su marido —dijo el doctor—. Si el jefe no está dispuesto a hacer nada quizá sea el momento de pensar en si nosotros podemos hacer algo.
—Pero ¿qué? —El tono de Belinda era desesperado.
El doctor se puso en pie dando a entender que él ya había cumplido con el deber de avisarles. Le puso una mano sobre el hombro a Belinda y dijo:
—Al menos puedo decirte que, de momento, están bien.
Ella asintió y se quedó sentada mientras el alcalde acompañaba al doctor a la puerta. Una vez en el porche, el médico bajó la voz.
—Hay otra cosa que me preocupa .
El alcalde sabía que no les había contado todo. Que no quería hacerlo frente a Belinda. Asintió dando a entender que le escuchaba.
—Vi a Sonia, pero no a Tomás.
El alcalde trató de mantener la calma.
—Dice que son al menos una treintena.
—Sí, pero como dije, me dio la sensación de que todos estaban fuera. Y no vi a Tomás. Ya sé, ya sé, puede que estuviera en cualquier parte, en el baño, en la ducha, entre algunos de los grupitos y a mí se me despistara…
El alcalde no quería alargar demasiado su ausencia para que Belinda no se preocupara o sospechase que estaban hablando a sus espaldas.
—¿En qué piensa, doctor?
—Mejor diga en quién pienso. Hay una persona que está con ellos en esas fiestas. Quizá podamos intentar hablar con él.
El alcalde entendió de inmediato.
—Muy bien, a las siete le diré a Belinda que voy a acercarme a la taberna a tomar algo y hablar con el padre de Amelia, pero le voy a esperar a usted en los caños, ¿entiende?
El doctor asintió y después bajó los escalones.
Ya eran las seis. Se dijo que él sí iría a la taberna, pero no a hablar con el tabernero, de momento prefería mantenerlo al margen, era un hombre demasiado burdo.
Iría a tomarse otro coñac antes de reunirse con el alcalde y ver si conseguían sacar algo en claro.