Los hijos rotos Chapter 38
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Chapter 38

—Esta noche tengo un encargo importante para ti —dijo Rei mientras le pasaba a Duli una mano sobre sus anchos hombros.

El hombre le miró entre atento y asombrado.

—¿Para mí?

—Claro, Duli. Has demostrado ser un gran guardián de Clara y por eso, esta noche tú te encargarás de controlar las entradas a la finca y te asegurarás de que nadie entre o merodee por los alrededores.

Duli agachó la cabeza azorado.

—Es una misión muy importante, por eso te la confío a ti.

El hombre sonrió tontamente e incluso hinchó un poco el pecho con orgullo.

—¿Como si fuese el jefe? —preguntó haciendo referencia a García.

—Eso es—exclamó Rei—. Incluso puedes llevar a Clara para que sea tu ayudante. Sabes que tiene un oído muy fino.

Duli aplaudió un poco y de inmediato miró a su alrededor buscando a la gatita.

Los muchachos estaban preparando la hoguera y sobre la mesa ya estaba la bandeja repleta de galletas y los baldes con hielo, cervezas y botellas de licor en su interior.

Rei les hizo un gesto a Lupa y Fila para que se acercasen .

—Hoy Duli se encarga de la vigilancia, vosotros id a buscar el cuchillo de la carne y no tardéis en volver.

El hombre bisbeaba llamando a la gatita y esta no tardó en aparecer estirándose, perezosa, entre los arbustos. La hoguera comenzaba a arder y los ojos verdes del animal refulgían en la oscuridad.

Duli se apuró a cogerla en brazos y después de llevarse una mano a la frente haciendo un saludo militar, él mismo se perdió entre la arboleda dispuesto a cumplir con su cometido.

Rei puso el radiocasete en marcha y repartió la comunión entre los miembros de La Comunidad, que a aquellas alturas rondaban ya la treintena.

Los muchachos compartían cigarrillos de hierba y bebían cervezas a morro y licor en vasos de plástico.

Después de las tareas diarias y de asegurarse de que el viejo dormía profundamente tras tomarse su infusión, comenzaba la mejor parte del día, es decir: la noche.

Lupa y Fila llegaron con el cuchillo y Rei lo recogió y depósito junto a una jarra de cristal que permanecía vacía sobre la mesa.

Durante un par de horas todos bebieron, fumaron, bailaron, algunos se besaron y otros incluso practicaron sexo sin importar que el resto les viera.

Allí no había nada prohibido excepto mostrar violencia hacia otro miembro del grupo.

Cuando todos habían alcanzado el nivel de relajación que Rei consideró oportuno, puso en el radiocasete la canción cuyas estrofas todos repetían como un salmo y tras unas cuantas repeticiones Rei bajó el volumen hasta que este quedó como un soniquete de fondo .

—Anoche perdimos a uno de nuestros miembros —Alzó la voz—. Él no cree en nuestra causa, en nuestro renacer, en la posibilidad de un mundo mejor sin adultos para empezar una nueva generación desde cero.

Les dirigía miradas al grupo captando toda su atención.

—Él no pudo ver la importancia de lo que está por llegar.

Y sobre todo, no pudo ver que nosotros somos la primera generación que será libre, la que luchará porque todas las demás lo sean.

Todo tiene un inicio, en algún momento alguien pone un proyecto en marcha y le llaman loco.

¿No llamaban loco al mismo Jesús de Nazaret?

¿No llamaron loco al primer hombre que osó decir que  la Tierra giraba alrededor del sol y no al revés?

¿Al primer hombre negro que soñó y luchó por su libertad y la de sus hermanos?

Algunos lanzaron gritos y vítores al aire.

—Ha llegado el momento de fundirnos los unos con los otros. De ser todos unos. De ser todos la misma sangre.

Se acercó a la mesa y tomó el cuchillo.

—Esta noche no solo comulgaremos a través de las galletas que representan nuestro cuerpo. Esta noche también comulgaremos compartiendo nuestra sangre, mezclándola y uniéndonos en un solo ser a través de ella y nuestros estigmas.

Rei elevó la mano izquierda con el cuchillo y después lo abrazó por el filo con la palma de la derecha apretando hasta que las gotas rojas comenzaron a escurrir desde su puño a la jarra de cristal .

Al principio el resto le miraba alucinado, como si aquello fuese una locura, pero rápidamente Fila le quitó el cuchillo y tras soltar un alarido actuó de la misma forma que Rei, dejando caer su sangre en la jarra.

Tras él, un Lupa enloquecido repitió la acción y, de pronto, el ansia se apoderó del grupo, que se amontonaba y peleaba por ser el siguiente en derramar la sangre en la jarra, hasta que todos contribuyeron al sacrificio y el líquido rojo llenaba más de la mitad del recipiente.

—En fila —ordenó Rei—todos beberéis la sangre de todos. Todos lleváis el estigma de la nueva era en vuestra mano derecha. Todos formáis parte de la primera generación, la que ha venido a salvarnos de los salvajes, de los cegados, los mediocres, los sometidos, los opresores…

Y al tiempo que él hablaba, la fila se iba acortando a medida que todos bebían y caían en un trance mientras repetían aquellas estrofas que Tomás había desdeñado como una simple canción del puto Bob Dylan.