Chapter 37
García, sentado en su lado de la cama, también se estaba quitando las zapatillas de andar por casa, mientras Minia hacía lo propio en el suyo.
Como si estuvieran sincronizados, ambos se tumbaron en sus respectivos lados y Minia cogió un libro y el jefe una revista de coches, cada uno de su mesilla de noche.
Antes de que le diera tiempo a echar un vistazo a aquel vehículo último modelo, Minia suspiró con fuerza y el jefe supo que no le dejaría disfrutar de una sola imagen más. Trató de hacerse el sordo, como que no la había escuchado, pero, por supuesto, no sirvió de nada.
—¿De veras no te preocupa? ¿No le echas ni un poco de menos?
El jefe cerró la revista resignado.
—¿En serio? Trabajo todo el día, esta tarde he tenido que aguantar al alcalde dando la tabarra con el mismo tema, y ¿ahora tú?
—¿El alcalde?
—Minia, tu hijo —dijo, como si no fuera suyo también, y obviando la curiosidad de su mujer por el alcalde— ya es mayor de edad. No hay nada que podamos hacer.
Pero Minia no estaba dispuesta a conformarse
—¿Qué ha pasado con el alcalde?
El jefe se quitó las gafas de ver de cerca que hacía unos meses había tenido que empezar a usar y dejó las mismas en la mesilla, sobre la revista .
—Que se pone tan pesado o más que tú con el tema. Primero bien que me dió la razón en que no se podía hacer nada, pero como ahora son sus hijos los que se han ido con ese…
No encontraba las palabras para clasificar a Rei.
—Ese hippie —terminó Minia—. Y tiene toda la razón en preocuparse. ¿Eres el único que no lo ve?
—Que no veo ¿el qué?
Minia dejó caer el libro en la cama sobre su regazo y comenzó a hacer aspavientos con las manos.
—Dios mío, Enrique, —Era la única que llamaba a su marido por el nombre— ¿De verdad ves normal que un chaval salga de la nada, se instale en casa del viejo y se lleve a vivir con él a nuestros hijos?
El jefe negaba con la cabeza.
—¿Acaso he dicho yo que me parezca normal? Lo único que digo es que no están cometiendo ningún delito. Mierda, Minia, ¿qué quieres, qué queréis que haga yo? No puedo entrar en la propiedad del viejo sin motivos, tampoco puedo traer a tu hijo de los pelos…
—¡Deja de llamarle mi hijo! ¡Es nuestro hijo! ¡Nuestro! Ya sé que tú hubieras preferido otro, pero es el que tienes, el tuyo propio.
El jefe se levantó de la cama con una energía que ni se imaginaba que aún tenía.
—Déjalo ya, Minia. He tenido bastante con el alcalde y sus insinuaciones como para ahora tener que aguantar las tuyas. ¿Cuántos años hace, Minia? ¿Veintitrés, veinticuatro, veinticinco?
Minia le miraba sin amilanarse .
—Casi veinticinco, y lo recuerdo como si fuese ayer.
El jefe recogió la revista y las gafas de la mesilla.
—Si tanto rencor me guardas, no sé qué pintamos juntos. Debería haberme ido de este pueblo aquel mismo día.
Los ojos de Minia relampagueaban.
—No te atreviste, reconócelo. También entonces fuiste un cobarde.
El jefe cerró los ojos. Los labios le temblaban y arrugó la revista entre las manos. Después, sin decir palabra se dirigió a la puerta y tan solo se escuchó el tremendo portazo que pegó al salir.