Los hijos rotos Chapter 36
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Chapter 36

Solo cuando terminaron la fiesta y se fueron a dormir, ya en su cuarto, Amelia fue capaz de hacerle la pregunta a Rei.

—¿Qué ha pasado con Tomás?

Rei se estaba sacando la camiseta por la cabeza. Amelia contemplaba el torso lampiño del muchacho.

—Se ha ido —dijo sin más.

Amelia se quitó las zapatillas blancas, salpicadas de bebida y sucias de polvo y se subió a la cama sentándose con las rodillas dobladas y la falda del vestido metida entre los muslos.

—¿Sin más? ¿No te ha dicho nada?

Rei se quitó sus propias zapatillas de bota y reptó sobre el colchón hasta llegar a la chica. Le pasó una mano sobre la suave piel de sus piernas, provocándola un escalofrío, y apoyó la cabeza en su regazo.

—Lo dijo todo en su confesión, ¿no crees?

Amelia le acariciaba el cabello rubio.

—Rei, ¿no crees que realmente pueden existir adultos “buenos”?

Rei sonrió, aunque en la posición que estaba ella no podía verlo.

—Sí, claro que sí. Pero no se trata de eso. Se trata de crear un mundo nuevo. En mayor o menor medida, los adultos ya están contaminados, no pueden abstraerse de las ideas que llevan en la sangre. Por eso hay que empezar de cero.

Amelia se mantuvo un rato en silencio .

—Volverá a casa y les contará a sus padres lo que hacemos.

Rei se giró para mirarla a la cara.

—No. Él no volverá a casa, aunque no lo admita, sabe que la vida que quiere no es la misma que sus padres esperan de él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque fue de lo que hablamos cuando se marchaba. No quería volver a casa, solo empezar una vida por su cuenta. Pero no entiende nuestro pacto, no está preparado, y cuando quiera darse cuenta y regresar será tarde, ya se habrá contaminado.

Amelia le acarició el pecho. Aquella noche, mientras bailaba con Lorenzo y el resto podía sentir el deseo que aquellos cuerpos, abandonados al baile y la relajación de la bebida y las drogas, transmitían.

—Rei, ¿tú me deseas?

El muchacho levantó la cabeza de su regazo y la sujetó de la barbilla.

—Con toda mi alma.

—Entonces por qué no… —Se detuvo azorada.

—No es el momento. Tú eres especial, eres pura. Antes de mancharte moriría. Soy yo quien debe purificarse primero, limpiar mi cuerpo antes de fundirlo con el tuyo. Debería haberlo guardado para ti, ahora lo estoy haciendo, me estoy redimiendo, ¿entiendes?

Amelia no entendía. Solo sabía que el calor que recorría su cuerpo desdel pubis revolviendo su vientre parecía ir a quemarla en cualquier momento, igual que cada noche la madera ardía crepitando en la hoguera que observaba sus reuniones y sellaba un pacto invisible entre todos ellos.

—Dime una cosa, Rei, ¿algún día ocuparás la butaca de las confesiones?

Él arrugó la frente pillado por sorpresa. No había pensado en aquello.

—No, creo que no. Pero qué quieres saber.

Amelia parpadeó con rapidez. Aquella pregunta estaba de más. Quería saber lo mismo que sabía de los demás. Lo que él sabía de ella.

—Quiero saber tu historia. Quiero saber por qué tú los odias —dijo despacio— ¿Quienes son tus padres? ¿Qué es de ellos?

—Bueno, mi historia es bastante corriente.

No conocí a mi padre, abandonó a mi madre cuando estaba embarazada.

Ella no era una mala mujer, hacía lo que podía por mí, pero no era suficiente.

Murió consumida cuando yo tenía doce años, después de contarme mi historia, la de mi padre, la de su abandono, la de la mísera vida que llevó después.

No era más que una cría cuando me tuvo, pero no tuvo fuerzas para enfrentarse a los adultos.

Ellos terminaron con ella. Después rodé de casa en casa de acogida.

Cada adulto que trató de inocularme su veneno era peor según iba cambiando de casa y familia.

Y a los dieciocho se acabó. Decidí ser libre.

Vagué por muchos lugares y cuando llegué aquí lo supe.

Amelia le miró intrigada.

—¿El qué?

—Que este era el lugar y el momento, que aquí comienza mi historia, mi verdadera historia y que quiero transmitirla y deshacer mis cadenas, pero sobre todo, cuando  te vi supe que quería deshacer las tuyas. Entonces nos uniremos y será para siempre.