Los hijos rotos Chapter 35
49%

Chapter 35

Solo Rei salió del grupo para seguir a Tomás. El resto regresó a entonar aquellas estrofas que parecían sagradas para ellos.

Luci, la chica apocada que había llegado semanas atrás con las mellizas se acercó a Duli que estaba arrollidado en el suelo y le ayudó a incorporarse y sentarse de nuevo en la silla. Después recogió a la gatita y se la puso en el regazo

—Tranquilo, Rei lo arreglará.

Lorenzo puso el radiocasete en marcha y le ofreció una galleta al pobre hombre, pero este denegó con la cabeza mientras se consolaba acariciando a la gata.

Entonces Lorenzo se acercó a Amelia, que se había quedado un poco apartada y le dio la galleta a la boca. Luego la introdujo en el centro del grupo y sonrió mientras comenzaba a bailar al compás de la música acompañado del resto de cuerpos.

Rei alcanzó a Tomás poco antes de que llegara a la salida en la que Lupa se encontraba apostado.

Sin mediar palabra se abalanzó sobre él y lo derribó al suelo. Tomás se revolvió y golpeó en el aire tratando de alcanzar a Rei en la cara

—¡Suéltame, cabrón!

Rei no contestaba y trataba en vano de sujetar al muchacho, subido a horcajadas sobre él, pero Tomás era fuerte y consiguió voltearlo tomando ventaja.

—¡Lupa! —gritó Rei.

El chico gordo con gafas de cristales gruesos apareció en la oscuridad guiado por el jaleo y le quitó a Tomás de encima .

Rei aprovechó para golpearlo en el estómago.

A lo lejos se escuchaba la música, las risas y los gritos de los demás, divirtiéndose.

Tomás trataba de zafarse de Lupa, pero Rei le siguió golpeando hasta hacerlo caer de rodillas al suelo.

—Eres un estúpido —dijo Rei.

El otro aún tuvo fuerzas para levantar la cabeza y mirarle con ojos vidriosos.

—Dijiste que me podía marchar, que nadie estaba obligado a estar aquí.

Rei se acuclilló a su altura. Lupa le sujetaba por los brazos, vueltos hacia la espalda, aunque Tomás ya no hacía amago de intentar escapar.

—Y tú dijiste que soy un charlatán.

Tomás siguió con la mirada el movimiento del brazo de Rei. Observó cómo con la mano derecha cogía una piedra que apenas le cabía en el puño.

—Adivina quién de los dos mentía y quién decía la verdad.

El golpe en la cabeza le rasgó una ceja y la sangre comenzó a manar con abundancia.

—¡No!

Tomás gritó mientras tragaba su propia sangre, que le resbalaba por el rostro. Su grito se perdió entre los de los jóvenes que festejaban, igual que el resto de los que emitió hasta que el sonido de un crujido parecido al de una nuez al cascarse lo dejó en completo silencio.

Rei se dirigió a Lupa .

—Ve a buscar a Fila, coged pico y pala de la caseta de aperos y enterradlo detrás de esos arbustos. —Ordenó señalando a su derecha.

Lupa no hizo preguntas.

Rei rodeó a los chicos hasta llegar a la casa, se desvistió, metió todo en una bolsa y lo dejó sobre la encimera de la cocina. Se dio una ducha, se cambió de ropa y ya iba a salir de la casa cuando escuchó la campanilla del viejo, llamando.

Sorprendido acudió a la habitación. El viejo estaba medio erguido en la cama, apoyado en los codos y con los ojos entreabiertos.

Rei echó un ojo a la bandeja de la cena y vio el vaso de la infusión medio lleno.

Amelia se había encargado aquel día de las comidas del viejo, pero no había cumplido con su deber de asegurarse de que se bebía la infusión completa.

—Rei… ¿qué ruido es ese?

Rei tomó el vaso con la infusión y se sentó en el borde de la cama.

—Shhh, es tarde, tómate esto, Rubio.

El viejo obedeció medio dormido.

—¿Es música?

—Alguno de los chicos se ha pasado con el volumen de la radio. No te preocupes, viejo, ahora bajo y lo arreglo.

Recostó al Rubio y salió de la habitación.

Atravesó el patio, se introdujo en el camino arbolado de la finca y cuando llegó a la gran roca tiró en la hoguera, ya próxima a apagarse, la bolsa con la ropa manchada con la sangre de Tomás, lo que hizo revivir durante un momento las llamas .

El único que se fijó fue Duli, que acompañado únicamente de la gatita, aplaudió entusiasmado ante el resplandor naranja que iluminó los cuerpos jóvenes y desmadejados que se dejaban llevar por la música.