Chapter 34
La noche comenzó como cualquier otra. El frescor tras la caída del sol animaba a estar al aire libre y los cuerpos jóvenes se dejaban llevar por la música tras haber recibido la comunión.
Duli estaba sentado tras la mesa en la que reposaba la bandeja, ya con muy pocas galletas, acariciando a la gatita que ronroneaba en su regazo y que solo movió un poco las orejas cuando la música se detuvo y Rei anunció que esa noche ocuparía la butaca Tomás.
El grupo se distribuyó por el suelo, sentados unos junto a los otros, algunos fumando, otros entrelazando sus manos o recostando sus cabezas sobre la persona que tenían a su lado.
En la lejanía se escuchaba el sonido apagado de los truenos y el cielo relampagueaba de vez en cuando, como si se quejara de tantos días seguidos de intenso calor.
Tomás se sentó en la butaca y cerró los ojos durante un momento, hasta que se hizo el silencio y solo se escuchaba el crepitar de las llamas de la hoguera y el insistente canto de los grillos.
—Mis padres me tuvieron cuando contaban más o menos con mi edad. —Comenzó—. Después nació mi hermana Sonia.
La chica sonrió con dulzura al escuchar su nombre.
—Desde muy jóvenes trabajaron duro para que ni a mí, ni alla nos faltara de nada. Nos alimentaron, nos vistieron, nos dieron amor y más tarde unos estudios.
El grupo comenzó a mirarse entre sí, un poco aturdido e impaciente por llegar a la parte en que todo el relato llegara a la parte lúgubre .
—Cuando terminé el instituto, mi padre me buscó un trabajo ayudando al farmacéutico mientras yo preparabal ingreso para estudiar farmacia.
Tomás paseó la mirada sobre el grupo, que se la devolvía expectante. Entonces abrió los brazos y sonrió.
—Y ya está, eso es todo. Ni yo, ni creo que mi hermana, tenemos nada que reprochar a nuestros padres.
El silencio lo acaparaba todo. Hasta los grillos detuvieron su concierto nocturno.
Solo entonces, se escucharon las palmadas de un aplauso solitario. El aplauso de Duli, que hizo que la gata saltara de su regazo para estirarse en el suelo curvando la espalda.
De pronto, Rei se unió al aplauso ante la atónita mirada del resto.
—Bravo, eres la mismísima imagen de la ingenuidad —dijo señalando a Duli— que vive dormido creyendo que el hecho de que porque alguien le alimente y lo asee se lo debe todo.
Tomás entornó los ojos. Los puños se mantenían apretados sobre los brazos de la butaca.
—¿Y qué eres tú, Rei? Un charlatán que trata de volvernos en contra de nuestros padres, por alguna extraña razón, mientras haces exactamente lo mismo que ellos: alimentarnos, emborracharnos, drogarnos y asegurarnos diversión eterna.
Pero esto terminará algún día, en algún momento habrá que volver al mundo real.
Rei le sostenía la mirada. El grupo la pasaba de uno a otro sin llegar a entender lo que sucedía .
—Tú pronto cumplirás veinticinco —Continuó Tomás—. Lupa ya los tiene. Según tus propias reglas, esas que dices que no existen, ni él ni tú podríais estar aquí ya.
Rei se volvió hacial grupo. La congregación conmocionada se veía expectante, ansiosa de una explicación que aclarara todo.
—He aquí un ciego, un pobre dormido incapaz de ver lo que estamos construyendo en esta nueva comunidad.
—¿De qué hablas? Aquí no construímos nada. Al contrario, solo se habla de destrucción.
Rei le ignoró, aunque aprovechó sus últimas palabras.
—Solo destruir lo viejo puede dar paso a lo nuevo. Ellos te educaron para seguir sus reglas, sus pasos. Metieron el miedo en tu cuerpo y te hicieron creer que lo que ellos hacen por ti es lo bueno, lo correcto. Ellos están atados por cadenas invisibles y eso es lo mismo que desean para ti.
Tomás se levantó de la butaca y se dirigió al grupo, desesperado.
—Es un charlatán, ¿es que no lo veis? Habla mucho, pero no responde a nada. ¿Qué pasará cuando cumplas veinticinco? Cuando todos los cumplamos.
Rei no se alteró.
—Para eso estamos aquí, para crear un nuevo mundo.
Nosotros no seremos como ellos, y cuando les venzamos construiremos un mundo nuevo, renaceremos de las cenizas —dijo señalando la hoguera —.
Ahora os necesitaba a vosotros, mayores de dieciocho y menores de veinticinco para luchar contra ellos dentro de la legalidad del sistema, pero cuando acabemos con ellos, todos partiremos del nuevo mundo.
Los que cumplamos más de veinticinco, los que tengan menos de dieciocho, las generaciones que vendrán —Se volvió hacia Tomás —.
Puede que tú aún no hayas conseguido abrir los ojos.
—Volvió a voltearse hacial grupo —, pero vosotros sí, ¿verdad hermanos?
Entonces los miembros comenzaron a asentir y las voces se sucedían. Se pusieron alerta. Uno de los suyos estaba tratando de destruir todas sus ilusiones. No iban a permitir que destrozara su nueva vida.
—Claro que sí, que tú hayas sido un mimado no significa que ellos no nos sometan.
—¡Abre los ojos, hermano! Si no son tus padres, otros adultos te pondrán límites que puede que no logres superar.
—¡Hay que destruirlos! ¡Hay que empezar desde cero! ¡Despertad! ¡Despertad!
Alguien comenzó a cantar a voz en grito: “La línea está trazada, la maldición está lanzada / El lento de ahora será rápido más tarde / Como el presente ahora será después pasado / El orden se está desvaneciendo rápidamente / Y el primero ahora será el último más tarde / Porque los tiempos están cambiando”
El resto le acompañaba como si de una letanía se tratara.
Tomás se agarró con fuerza la cabeza, fuera de sí, desesperado.
—¡Basta! ¿Es que no veis que no es más que una estúpida canción de Bob Dylan ?
Pero el resto le contestaba con otra estrofa: “Vengan, madres y padres, a través de la tierra / Y no critiquen lo que no pueden comprender / Sus hijos e hijas no seguirán sus órdenes / Su antiguo camino envejece con rapidez / Por favor, salgan del nuevo, si no pueden brindar su apoyo / Porque los tiempos están cambiando.”
Tomás se adentró a trompicones en el grupo, tropezando con su propia hermana, a la que sujetó por un brazo.
—¡Vámonos, Sonia!
La muchacha alzaba la voz siguiendo la canción y se soltó del agarre de su hermano mientras le escupía.
Tomás, incrédulo, inspiró con fuerza y le soltó un puñetazo en la cara. La chica cayó hacia atrás golpeando con su trasero en el suelo, mientras algunos chicos la ayudaban y otros se encaraban con Tomás, que, de pie, hacía oscilar sus puños en alto para defenderse.
—¡No, no, no!
Las palabras sollozantes de Duli era lo único que se escuchaba en aquel momento. Sonia se tocaba la mandíbula.
—¡Parad! ¡Parad ya! —Gimoteaba Duli.
La misma Sonia comenzó a recitar:
—Rei, Rei, Rei…
Y, como si se tratara de una contraseña, todos comenzaron a aclamar a su líder.
—Rei, Rei, Rei …
Coreaban mientras le rodeaban ignorando su postura de defensa. El chico miraba a unos y a otros y cada vez se sentía más vulnerable.
Rei, satisfecho, se interpuso entre ellos.
—Pienses lo que pienses, aquí no hay normas y nadie retiene a nadie, pero no vamos a tolerar la violencia contra nuestros propios hermanos.
Tomás paseó su mirada sobre el resto. Le miraban como si hubiese cometido un crimen. Como si no fuese Rei quien les inculcara odio y deseos de destrucción cada noche, sino él mismo.
Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, rompió el círculo que le atenazaba y echó a correr hacia la salida. Tenía que alejarse. No podía ser cierto que fuese el único que viese lo que estaba sucediendo y, aun así, fuese a él al que todos consideraban un ciego.