Chapter 33
Amelia estaba en la cocina con las mellizas. Ese día se encargaban de pelar patatas y calabacines para preparar una crema fría para comer. Ese día, además, Amelia se ocuparía de dar de comer al viejo.
Colocó sobre la bandeja el plato con la crema y un poco de queso fresco, un vaso de vino, los cubiertos y comenzó a subir las escaleras hacia la habitación del Rubio. Apenas llevaba unos escalones cuando Tomás la alcanzó en dos zancadas y le quitó la bandeja.
—Deja que te ayude.
Como muchos de los muchachos, llevaba el torso desnudo y Amelia evitó mirárselo, pues la perturbaba. No dijo nada mientras el chico la acompañaba a la habitación.
El viejo roncaba totalmente destapado y despatarrado en la cama y Amelia comenzó a cubrirle hasta el pecho con la ligera sábana. Tomás sonrió burlón buscando la complicidad de Amelia al tiempo que el viejo abría los ojos, momentáneamente desubicado, para luego fijar la mirada en Amelia.
—Válgame Dios, hoy me trae la comida la mismísima Reina de la casa.
Amelia sonrió con timidez.
—Aquí todos somos iguales. Hermanos.
El Rubio se volvió hacia Tomás guiñándole un ojo.
—Demasiado incesto hay en esta casa entonces.
Quiso reír, pero se empapizó y comenzó a toser.
Entre Tomás y Amelia le incorporaron hasta dejarle sentado apoyado en el cabecero. El torso desnudo de Tomás se rozaba con los finos brazos de Amelia mientras ella se ruborizaba sin que al viejo se le escapara detalle.
Una vez sentado, Amelia hizo lo propio a su lado y le dio el vaso para que bebiera un trago.
Tomás aprovechó para sentarse junto a Amelia, acercando su pierna hasta pegarla a una de las de la chica.
—¿Cómo estás hoy? —preguntó ella, educada.
—Con una chica tan guapa como tú, ahora mismo estoy en la gloria. ¿No es cierto, Tomás?
El chico pasó un brazo sobre los hombros de Amelia y le retiró el cabello a un lado dejando descubierta parte de su nuca.
—Es como una flor delicada.
Los labios del muchacho se acercaron y dejaron un leve beso sobre la suave piel cubierta de pelusilla de la nuca de Amelia.
Ella se puso en pie como impulsada por un resorte haciendo que la bandeja se zarandeara y parte de la crema cayera del plato.
—Eh, qué pasa —exclamó el muchacho—. Solo era un beso de hermanos.
El viejo y Tomas se echaron a reír ante la incomodidad de Amelia y esta abandonó la habitación agitada.
Mientras bajaba las escaleras se cruzó con Rei y este la detuvo observándola al ver su estado.
—¿Qué pasa, Amelia ?
Ella clavó los ojos en los peldaños mientras negaba con la cabeza.
Se sentía demasiado avergonzada y al mismo tiempo confundida, porque, ¿no tenía razón Tomás en el fondo?
Aquellas eran las enseñanzas de Rei, ¿no?
Todos eran iguales y ella veía cómo unos y otros se amaban, sin distinciones, a su alrededor, excepto ella y Rei.
Rei la sujetó por los hombros y con suavidad, pero firmeza, la dirigió de nuevo a la habitación del viejo.
Este saboreaba la crema mientras Tomás le contaba la incursión de Duli en el grupo la noche anterior. Al entrar Rei con Amelia guardaron silencio.
—¿Qué ha pasado aquí?
Tomás se encogió de hombros y el viejo se sonrió con lascivia.
—Que yo sepa no ha pasado nada —dijo el muchacho.
—Será porque la Reina no ha querido —murmuró con picardía el Rubio.
Rei no le quitaba el ojo de encima a Tomás y el chico le sostenía la mirada. Finalmente movió la cabeza a los lados.
—¿Qué? ¿Acaso no dices que aquí todos somos iguales?
Que todo es de todos. —Elevó los brazos estirando el pecho y pasó la lengua por los labios— ¿O sí hay excepciones?
Porque Amelia y tú tenéis un cuarto propio.
Y parece ser que la reina es “tu” Reina —dijo recalcando la palabra— . ¿Dónde queda lo de los hermanos?
Rei se acercó a él hasta casi rozar su rostro .
—Aquí nadie obliga a nadie a nada. Si quieres hacer el amor con cualquiera que esté dispuesto, bienvenido sea, pero si una de las dos o más partes no están de acuerdo, se respeta, ¿entiendes?
Tomás desvió la mirada hacia Amelia y ella bajó la vista.
—No la mires. —Ordenó Rei—. Llamas retrasado a Duli, pero al parecer eres tú el que no se entera.
Las fosas nasales de Tomás se dilataron y el viejo soltó una sonora carcajada.
—Quizá es que tú debas ser más claro. O quién sabe, cambiar las normas.
Rei se distanció un poco del chico, sonriendo, y extendió las palmas de las manos.
—¿Qué normas? Las normas aquí es que no hay normas. En eso nos diferenciamos de nuestros padres. Quien quiera estar aquí está, y quien no, no hay problema en que se vaya. Pero aquí no se le obliga a nadie a hacer nada que no quiera, ¿te queda claro así?
Tomás volvió a pasar la lengua por los labios. Luego sonrió y le tendió la mano en señal de paz a Rei. Cuando este se la estrechó, tiró de él para acercarse a su oreja derecha.
—Me queda claro. Y esta noche me gustaría ser el próximo en ocupar la butaca. Si es posible, por supuesto.
De vuelta a la planta de abajo Rei se acercó a Fila.
No se fiaba de aquel y él no podía proteger a Amelia las veinticuatro horas del día.
Debía atender también al resto del grupo para que ningún otro se rebelara ante un trato tan preferente, aunque hasta ahora parecían haberlo tomado con naturalidad .
—Necesito que cuides de Amelia. Cuando yo no pueda estar con ella, tú serás su sombra.
Fila le miró sorprendido.
—¿Ha pasado algo?
Rei negó con la cabeza.
—No, aún no —contestó.