Chapter 32
La noche comenzó como tantas otras. Un muchacho contó cómo sus padres le reprendían constantemente.
Primero le habían obligado a estudiar exigiéndole buenas notas, pero él prefería pasar las tardes y noches en el restaurante de comida rápida con otros chicos mayores, lo que le había costado broncas y palizas hasta que sus padres le sacaron del instituto y le pusieron a trabajar en la granja.
Pero tampoco aquello era lo suyo y sus padres no estaban orgullosos de él y se lo hacían saber a diario.
Las palabras más bonitas que recordaba haber escuchado salir de su labios eran: vago, inútil, parásito o maleante.
—¿Y a ti, qué te gustaría hacer?
El muchacho se encogió de hombros.
—No sé. Ser libre, vivir mi vida. Quizá dibujar, se me da bien, podría hacer cómics —Sonrió—, pero cuéntales eso a mis padres.
Rei se puso tras él, con las manos sobre sus hombros, como hacía habitualmente con cada miembro que se confesaba.
—Tienen miedo, tienen pavor de nuestras posibilidades, de que abramos los ojos y veamos que el mundo no es como nos lo contaron.
Ese es su poder. Creen que pueden mantenernos dormidos como sus padres hicieron con ellos.
Y no son más que una cadena de esclavos, atados a sus trabajos, a sus miedos, a sus deudas.
Dicen que lo hacen todo por nuestro bien, pero ¿es cierto eso? ¿Es por nuestro bien o por el suyo?
El grupo asentía. Algunos se balanceaban en sus sitios como si entraran en trance .
—Quieren hacernos creer que tienen razón, que la salvación está en sus reglas.
Señaló la hoguera.
—Su mundo está en ruina, ellos lo arruinaron y nosotros lo levantaremos. Lo reconstruiremos desde las cenizas. Solo tenemos que despertar y acabar con ellos, acabar con lo viejo. Debemos destruir lo viejo. ¿Qué tenemos que hacer?
Una tímida voz salió desdel grupo.
—Destruirlos.
Rei miró hacia la chica que había hablado.
—Ella ya está despertando. ¡Despertad todos con ella!
Entonces las voces comenzaron a sonar desde el grupo, primero descoordinadas y luego al unísono y con fuerza. Todos se unían para aclamar con fuerza aquello que visualizaban como la única y verdadera solución a sus problemas, a las injusticias que habían sufrido.
—¡Destruirlos! ¡Destruirlos!
Y de golpe, todas las voces se detuvieron creando un silencio sepulcral y los ojos se clavaron en una figura plantada ante la hoguera.
En un primer momento parecía que un fantasma se hubiese aparecido como invocado por el rezo de los chavales. Pero entonces uno rompió la magia gritando:
—Es el Retra.
Y muchos comenzaron a reír. La magia del momento se rompió en un instante .
Rei se acercó al hombre y otros muchos se levantaron y le rodearon. El hombre, de cerca de sesenta años, permanecía inmóvil dando la espalda a la hoguera y claramente sobrepasado por el grupo que le rodeaba. A pesar de su altura y corpulencia se veía apocado.
Teníal pelo ralo y canoso, los ojos más inocentes que Rei había visto nunca y sostenía entre sus enormes manazas, con sumo cuidado, a la gatita negra
—Eh, retrasado, ¿tenías ganas de fiesta? —Se mofó uno de los chicos.
Fani se acercó y se colgó melosa de uno de sus hombros.
—¿Y este hombretón tan guapo?
El hombre parecía indeciso, pero con ganas de salir corriendo. Rei apartó a Fani con suavidad y alzó una mano para indicar al grupo que guardase silencio.
—¿Cómo has entrado aquí? —preguntó en un tono tranquilo, sabiendo que Fila y Lupa vigilaban las dos entradas posibles.
El hombre liberó un poco el abrazo sobre la gata y se la mostró. No respondió directamente a su pregunta.
—La gatita estaba en la carretera. La podía atropellar un coche —dijo con una voz extremadamente suave que no parecía corresponder con un corpachón como el suyo.
Rei miró a la gatita y luego a los ojos de aquel hombre.
—¿Cómo te llamas ?
—Es un retrasado. —Repitió otro de los muchachos. Algunos rieron.
Fani se acercó con una galleta para ofrecérsela.
—Seguro que le gustará tomar su primera comunión.
El hombre negó con la cabeza. Inocente.
—Yo ya hice la primera comunión.
Todos estallaron en risas. Sin embargo, Amelia se acercó y le quitó con rudeza la galleta a Fani.
—Ya está bien. Dejadle que se vaya.
Amelia cogió la gata de las manos del hombre y le hizo un gesto para que se fuera mientras murmuraba “gracias, Duli”.
Pero Rei recogió la gata y se acercó al hombre.
—¿Te gusta la gata? Se llama Clara.
El hombre volvió a cogerla con delicadeza y la acarició mientras la gatita le lamía las manos.
—¿Quieres quedarte, …?
Se giró hacia Amelia.
—Duli, se llama Obdulio.
—Pero todos le llaman Retra —Apostilló Tomás, el hijo del alcalde. Y mirando a Rei como si le retara —, de retrasado.
Esta vez nadie rió.
Rei volvió a hablar con el hombre.
—¿Quieres quedarte con nosotros, Duli ?
Tomás resopló.
—¿Dónde queda la norma de tener veinticinco años como mucho?
Rei se revolvió hacia él.
—Duli es como un niño. Él tiene la bendición que ninguno de nosotros tendrá. Será siempre un niño.
Tomás le mantuvo la mirada.
—Sí, tiene una bendición cojonuda. —Murmuró.
Antes de que Rei dijese nada, el hombre volvió a hablar.
—¿Vivir con vosotros? No, no puedo, mi hermana se preocuparía mucho. No la puedo dejar sola.
—Qué buen hermano, aquí también somos todos hermanos, lo podemos entender. Pero puedes venir siempre que quieras.
Y así fue como a Duli se le comenzó a ver a diario por la casa del Rubio, siempre sonriente y siempre con la gatita negra en brazos.