Los hijos rotos Chapter 31
44%

Chapter 31

El alcalde no tardó ni dos días en acudir a ver al jefe a su oficina. El Páramo se desperezaba a primera hora de la mañana, aparentemente tranquilo, a pesar de que él sentía, cada vez con más fuerza, que una extraña amenaza se cernía sobre todo el pueblo.

López no se encontraba en su puesto habitual a la entrada y el alcalde golpeó con los nudillos en la puerta que separaba la recepción del despacho del jefe y la abrió sin esperar respuesta.

—¿Se puede?

El jefe García estaba al teléfono y le hizo una señal para que pasara.

—Dale también un almax, la empanada de pulpo me ha dejado el estómago en llamas, joder, esto no lo arreglan ni los bomberos.

El alcalde se paseó por la estancia y asomó media cara por la ventana sin llegar a ver ni a un solo vecino.

—Que sí, Minia, que sí, que ya sé lo que dice el doctor, no hace falta que me des también tú la matraca. Adiós, adiós y dile a López que venga directo, que le conozco.

Colgó el teléfono y se volvió hacia el alcalde mientras torcía el gesto al tiempo que se cogíal vientre, ya prominente, bajo el uniforme.

—Me hago viejo, alcalde. Mi estómago cada vez aguanta menos.

El alcalde dio por terminado el paseo y tomó asiento en una de las sillas frente al jefe. No parecía interesado en los problemas digestivos del policía.

—¿Alguien ha vuelto por allí ?

El jefe pasó los brazos tras la nuca y se echó hacia atrás en su silla. Entrecerró los ojos mientras miraba al alcalde.

—¿Desde que sus hijos se han unido a ese tal Rei? No.

Al alcalde no se le escapó el tono de reproche en la respuesta del jefe. Sabía bien a qué se refería, a aquello que había dicho su esposa Minia de que qué pensaría si fueran sus hijos los que abandonaran el hogar para largarse a vivir con aquel muchacho llegado de la nada.

—No me lo ponga difícil, jefe. Estoy preocupado.

Este se encogió de hombros.

—Fuimos nosotros los primeros en decir que no se podía hacer nada. Ante la alarma e indignación del doctor, el tabernero y mi propia mujer, nos mostramos indiferentes y aseguramos que no estaba haciendo nada fuera de la ley y no había nada que hacer.

En ese momento se escuchó la puerta de entrada y los pesados pasos de López. Este abrió la puerta del despacho sin llamar y le dejó un paquete de almax al jefe en la mesa y un vaso con tapa.

—Una manzanilla. Minia ha dicho que en vez de fumar se beba eso.

Después miró al alcalde y salió del despacho cerrando la puerta.

—¿Alguien sabe lo que hacen allí?

El jefe levantó la tapa del vaso e hizo un gesto de asco ante el olor mientras apartaba el vaho que despedía .

—No puedo creer que ni siquiera se haya tomado la molestia de intentar averiguar qué pasa allí cuando su propio hijo se ha largado también.

—Creo que les cortan la cabeza a las gallinas y las observan correr descabezadas antes de comenzar con rituales vudú.

El gesto del alcalde se congeló y sus ojos quedaron clavados en el jefe. Este estalló en carcajadas.

—Por Dios, alcalde, era una broma. ¿Qué cree que hacen? Son jóvenes, vagos, algunos apuntaban a maleantes. Pues beben, fuman, vaguean… imagino que habrá sexo…

El alcalde había comenzado a sudar. A pesar de ser temprano el calor ya apretaba y se pasó una mano por la nuca para limpiarse el sudor.

—¿No le importa, jefe? ¿De verdad no le importa lo que su hijo esté haciendo allí?

El jefe se tragó el almax acompañado de un trago de agua de una botella de plástico y luego vertió un poco en la manzanilla con la intención de enfriarla un poco.

—Usted sabe que en la última visita el Rubio dejó claro que no nos quería en su propiedad. Invadirla sin su permiso sí es delito.

El alcalde iba a responder, pero el jefe alzó una mano para que le dejara seguir.

—Aun así, López y yo hemos dado una vuelta por los alrededores y sabemos que por la noche hacen fiestas en la parte noreste de la finca.

Se ve desde fuera que encienden una hoguera donde la gran roca y, de vez en cuando, llegan gritos, risas, incluso aplausos, hasta la parte más cercana a la que hemos podido llegar .

El alcalde le escuchaba con atención. El jefe, le estaba diciendo a su manera que sí le preocupaba lo que ocurría en aquella finca. Si no era por él, al menos por Minia intentaba averiguar qué sucedía con su hijo y por ende con los demás muchachos.

—¿No podrían colarse sin que les vean?

—¿Me está pidiendo que cometa un delito, alcalde?

El alcalde enrojeció. Olvidó sus pensamientos anteriores y se dejó llevar por la ira.

—Son nuestros hijos los que están allí. Ya sé que a usted el suyo no le importa, todos saben que no es orgullo exactamente lo que siente por él, más bien vergüenza, pero…

Antes de llegar a darse cuenta de cuánto se había pasado en su desesperación, el jefe se había puesto en pie tirando de un empujón la silla, derramando sobre la mesa la manzanilla y tomando al alcalde del cuello de la camisa. Lo empujó hacia abajo hasta golpear su rostro sobre la mesa.

El alboroto atrajo a López de inmediato.

—Jefe…  —dijo al ver al alcalde en la humillante posición.

García le soltó, como si de repente hubiese vuelto en sí, mientras se pasaba las manos por la frente y el alcalde se incorporó y recolocó el cuello de la camisa.

—Lo siento, jefe —dijo consciente de la metedura de pata. Sabía muy bien que se había extralimitado al pronunciar aquellas palabras.

—Lárguese de aquí.

El alcalde se quedó pasmado. Buscó en su cabeza las palabras que pudiesen poner remedio a todo aquel desaguisado. Ya había suficientes rencillas entre los vecinos como para que ahora se sumara una más. Sin embargo, se dio cuenta de que no era el momento. Debía esperar a que el jefe se calmara.

López sujetó la puerta del despacho mientras el alcalde salía. Luego le acompañó hasta la calle. Estaba claro que había escuchado toda la conversación, porque se acercó a la oreja del alcalde para hablarle sin que el jefe pudiera oírle.

—Lo intentamos, alcalde. Pero tienen vigilancia, es imposible entrar a la finca y acercarse sin que nos vean. Aunque no lo crea, Minia y el jefe están tan preocupados como usted.