Chapter 30
A partir de ese día, cada noche, un miembro de La Comunidad se sentaba en la butaca y dejaba salir la rabia que acumulaba hacia sus padres y el resto de adultos que los oprimían.
Algunos hablaban directamente de sus padres, otros de sus profesores, y hubo uno que había tenido varios problemas con el jefe de policía por pequeños actos vandálicos. Cuando ocupó la butaca comenzó así su historia:
—Un día, cuando tenía quince años estaba haciendo pellas en el instituto…
—Ese día podía ser cualquiera, Nando, sería raro el que no las hicieras.
Gritó, interrumpiéndole, otro de los muchachos. La carcajada en el grupo fue generalizada.
—Ya, ya ves, me gustaba ir a ver a tu madre.
—¿Qué madre? Aquí ninguno tenemos padres. —Siguió bromeando el otro.
Nando se dio por vencido.
—El caso es que fui al ultramarinos y compré un paquete de chicles.
Pero salí de allí también con un botellín de cerveza y un paquete de cigarrillos.
Estos no los compré, claro, ya sabéis, nada de alcohol ni cigarrillos a menores de dieciocho.
No me digáis que no nos incentivaban a afanar —dijo encogiéndose de hombros.
El grupo volvió a reír.
—Bueno, pues me fui con mi cerveza y me senté en el parque a fumar un cigarrillo, cuando el jefe pasa por ahí en su coche patrulla con ese idiota de López.
Los miembros del grupo le miraban expectantes. Quien más quien menos se había visto alguna vez en aquella situación.
—¿A quién molestaba yo? Pues nada, se bajan del coche y me pillan. Vale, vale, ya sé que no son muy rápidos esos dos, pero en mi defensa diré que me pillaron meando al lado del banco.
Todos explotaron en risas y uno le lanzó una lata de cerveza vacía que le golpeó en el pecho. Nando la recogió y fingió que bebía antes de tirarla de nuevo hacia su público.
—Esos gorrinos no me dejaron ni subirme la bragueta. Me quitaron la cerveza, los cigarrillos, de los que luego darían cuenta ellos, y me subieron al coche.
Entonces se detuvo y los observó unos segundos. Las llamas de la hoguera bailando en sus ojos. La expresión de su rostro se había vuelto indescifrable, una mezcla entre asco y frustración.
—Recuerdo la bofetada del jefe. La primera. Esa fue la que más dolió, me quemaba la mejilla. Los puñetazos en el estómago me hicieron vomitar y como le salpiqué los zapatos me obligó a limpiárselos con la manga de mi jersey.
Ahora el grupo le escuchaba en silencio. Sus rostros ya no sonreían.
—Me llevaron a casa, le dijeron a mi padre que me pondrían una multa por hurto y por mear en un espacio público y me dejaron allí. —Sus ojos miraban al suelo —. Todos conocen a mi padre. Todos lo conocéis. Ellos también lo conocen. No tardó ni un segundo en soltar el cinturón.
Solo se escuchaba el canto de los grillos y el restallar de la madera que se quemaba en la hoguera .
—Yo solo era un crío, joder.
Rei avanzó hacia él y le colocó una mano sobre el hombro.
—¿Qué te hubiera gustado hacer en aquellos momentos?
Nando le miró triste y luego elevó las cejas.
—Matarlos. Matarlos a todos.
Rei se volvió y miró a Lorenzo entre el grupo.
—Era tu padre, Lorenzo. ¿Qué piensas de esto?
El hijo del jefe se encogió de hombros.
—Lo creo, ese cerdo es un auténtico cabronazo. Yo ayudaría a Nando a acabar con él sin ningún problema.