Chapter 29
Las reuniones nocturnas comenzaron a volverse más elaboradas.
En el lugar de la gran roca pusieron una butaca roja y cada mañana los muchachos se turnaban para cubrirla con flores frescas y dejarla lista para la noche.
La primera en usarla fue Amelia, después de que todos hubieran tomado la comunión y ya llevaran una buena dosis de alcohol en el cuerpo.
Rei ordenó a todos los miembros de La Comunidad sentarse en el suelo, alrededor de la butaca, y después fue hasta el grupo y sacó a Amelia del mismo para dirigirla y hacerla sentar en ella.
La noche era calurosa y las llamas de la hoguera teñían de naranja sus mejillas y dejaban ver las gotas de sudor que perlaban su frente.
—Amelia, vas a dejar salir tu dolor. Vas a compartir con todos nosotros qué te trajo aquí. Qué es aquello que te oprime, lo que te gustaría soltar para siempre.
Amelia cerró los ojos. Parecía concentrarse en su interior. Sus labios se apretaban y dejó salir las palabras con rabia.
—Mi padre.
Rei se colocó tras ella, a la espalda de la butaca y le colocó las manos sobre los hombros.
—¿Por qué?
—Me tiene esclavizada en la taberna. No quiere que salga nada más que para ir a estudiar, no quiere que esté con otras personas.
Es como si me quisiera solo para él. Me trata como a una niña.
Cuando termine el instituto no me dejará seguir estudiando y si es por él me encerrará en esa taberna para siempre.
Rei apretó las manos sobre sus hombros suavemente. El resto escuchaba a Amelia, algunos en silencio, otros asintiendo o murmurando con discreción que la entendían, que compartían su punto de vista.
—Pero hay algo más, ¿verdad? Hay algo que te cuesta dejar salir, ¿qué es?
Amelia seguía manteniendo los ojos cerrados. Ahora, además de los labios, apretaba sus menudos puños. Era como si algo en su interior se estuviera haciendo añicos.
—Rabia.
Rei asintió.
—Eso es, Amelia, es rabia lo que sientes. ¿Por qué?
—Cuando tenía dos años, mi madre no aguantó más a mi padre. Una noche se fue con lo puesto. Mi padre siempre me dice que ella me abandonó, pero no fue así.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos cerrados.
—Mi madre quiso volver a por mí. No pudo llevarme porque no tenía nada, pero en cuanto consiguió instalarse, un nuevo hogar, una nueva pareja que sí estaba dispuesto a cuidarme, ella volvió a por mí.
—Su rostro se contrajo, las palabras pugnaban por salir de su boca, los labios tensos—.
Pero tuvieron un accidente. Un conductor borracho les embistió y mi madre murió en el acto.
Mi padre siempre dice que es mentira, que no venía a buscarme, que simplemente conducían en esta dirección, pero yo sé que sí.
¡Sí volvía a por mí! Mi padre me lo quitó todo.
Me quitó a mi madre y me quiere quitar la libertad. ¡Lo aborrezco!
Prorrumpió en un llanto manso y continuo y Rei volvió a poner las manos sobre sus hombros. El resto guardaba silencio. Respetaban el dolor de la chica y ella había conseguido inocularles el odio que sentía por su propio padre.
—Cada palabra de nuestros padres, cada acto, tiene una consecuencia sobre nosotros.
Pero se acabó el tiempo de las mentiras.
Ellos sienten odio, miedo y quieren transmitírnoslo para mantenernos encadenados.
Se acabó. Ya no hay padres. —Dirigió una mirada al grupo—.
Nosotros somos los padres del futuro. No necesitamos a aquellos que se hacen llamar nuestros padres.
Son prescindibles, inútiles, innecesarios.
Luego puso la canción y avanzó la letra hasta llegar a un tramo. Se dirigió al grupo y con un gesto de las manos les conminó a cantar mientras él mismo lo hacía como quien repite una letanía.
“Vengan, madres y padres, a través de la tierra / Y no critiquen lo que no pueden comprender / Sus hijos e hijas no seguirán sus órdenes / Su antiguo camino envejece con rapidez / Por favor, salgan del nuevo, si no pueden brindar su apoyo / Porque los tiempos están cambiando. "