Los hijos rotos Chapter 28
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Chapter 28

Rei y Amelia eran los únicos que tenían un cuarto para ellos solos.

Esto no parecía importar al resto, que se repartía por el resto de las estancias sin un lugar fijo en el que dormir ni tampoco un acompañante.

Para ellos todo era de todos, lo mismo dormían en un sofá que en una cama o directamente sobre el suelo.

Hoy hacían el amor con uno, al día siguiente con otro o si la cosa salía así lo hacían con dos o tres personas  distintas.

No había reglas, ni padres, ni autoridad, todo era amor y aceptaban con naturalidad que era Rei quien les concedía tal libertad, con lo que asumían sin rencores que siendo como era el líder, él sí disfrutara de un lugar privado y una única pareja. Había sido su elección.

Amelia era virgen. Se lo había confesado a Rei tras la reunión de su primera noche, cuando él la condujo al cuarto y ella se recostó en la cama llena de nerviosismo y también de deseo.

Rei había sonreído. Se había sentado a su lado y sin decir nada había comenzado a pasar sus dedos sobre las acaloradas mejillas de la chica.

Sobre sus hombros, acariciando lentamente su piel en dirección a los codos, las muñecas, las manos.

Luego el pecho que subía y bajaba cubierto por el ligero vestido.

Y vuelta a empezar, hasta que Amelia se quedó dormida como un bebé.

Por la mañana se despertó avergonzada. Rei estaba acostado a su lado, aunque no dormía.

—Lo siento —dijo en voz baja.

—¿El qué? —preguntó él.

Amelia apenas se atrevía a mirarle.

—No te gusto, ¿verdad? —preguntó .

Rei se incorporó en la cama y la miró con fijeza a los ojos. El nerviosismo comenzó a serpentear por el cuerpo de la chica. Quizá le había desilusionado, quizá ya no la quisiera como reina. Un chico como él, inexorablemente, tendría mucha experiencia y ella no era más que una virgen tonta.

—Llevo toda mi vida esperándote —dijo él.

Le calzó las zapatillas blancas y la ayudó a incorporarse. Quedó de rodillas entre sus piernas. Fue acercando la cabeza hasta su vientre y la besó. Después se levantó, le dio la mano y la tomó de la cintura, sin apretar, para besarla en los labios.

Amelia notó cómo el deseo crecía dentro de ella. Sin embargo Rei se apartó.

—Tú eres especial. Un día nos uniremos, pero será en el momento que tiene que ser. Te deseo más de lo que imaginas, pero te amo lo suficiente como para esperar a que llegue el momento.

Amelia no comprendía, pero las palabras de Rei le bastaban. Ella también lo amaba lo suficiente como para esperar a que él le indicara cuándo sería el momento adecuado.